1 Ciudad Roja
Hoy cumplía veintiún años.
Y, aun así, tenía la absurda sensación de que algo iba a salir mal.
No era una premonición clara.
No era una voz en mi cabeza ni una imagen fugaz que pudiera señalar como advertencia.
Era… otra cosa.
Una incomodidad persistente.
Como una piedra pequeña dentro del zapato que, no importa cuánto ignores, siempre termina recordándote que está ahí.
Molestando.
Insistiendo.
Esperando.
—Vamos, Sam —dijo Travis desde el asiento del copiloto—. Es tu cumpleaños, no un funeral.
Rodé los ojos, apoyando la frente contra la ventanilla del auto.
El vidrio estaba frío.
Demasiado frío para una tarde como esa.
La ciudad pasaba frente a mí en fragmentos: edificios altos, calles llenas, gente caminando con prisa. Todo se veía… apagado.
Gris.
Como si alguien hubiera bajado la saturación del mundo.
Como si algo invisible estuviera drenando el color.
Solo un punto rompía esa monotonía.
El semáforo más adelante.
Rojo.
Intenso.
Vivo.
No supe por qué, pero no pude dejar de mirarlo.
Algo en ese color… me sostenía.
Me llamaba.
Me incomodaba.
—Estoy bien —mentí, apartando la mirada—. Solo no me gustan las sorpresas.
Travis rió.
Esa risa fácil, sin complicaciones, que siempre había tenido desde que éramos niños.
Él era así.
Simple.
Constante.
Seguro.
Todo lo que yo no me sentía ese día.
—Relájate —dijo—. No es una sorpresa enorme. Bueno… tal vez un poco.
Suspiré.
—Eso no ayuda.
El parque de diversiones apareció a lo lejos como un espejismo absurdo.
Luces encendidas antes de que cayera la noche.
Música demasiado alta.
Gente riendo más fuerte de lo necesario.
Por un segundo, me quedé mirando ese lugar como si no terminara de encajar con el resto de la ciudad.
Como si perteneciera a otro mundo.
Uno más ligero.
Más simple.
Me pregunté cuándo había dejado de sentir que esos lugares me pertenecían.
—Feliz cumpleaños número veintiuno —anunció Travis al estacionar—. Legalmente adulta, oficialmente vieja.
—Gracias —respondí al bajar del auto—. Qué regalo tan inspirador.
El aire era distinto ahí.
Más denso.
O tal vez solo era mi imaginación.
Caminamos entre juegos mecánicos y puestos de comida.
El olor a azúcar quemada se mezclaba con aceite viejo y algodón de azúcar.
Niños corriendo.
Parejas riendo.
Música que no terminaba de sincronizarse con nada.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Y, aun así…
algo no encajaba.
A cada paso sentía una presión ligera en el pecho.
Como si la ciudad estuviera… atenta.
Observando.
Esperando.
Fue entonces cuando lo vi.
El puesto.
Era pequeño.
Casi invisible entre tanto color y ruido.
Un toldo oscuro.
Cortinas de cuentas que apenas se movían con el viento.
Y un cartel escrito a mano:
Lectura de cartas.
—No —dijo Travis de inmediato, sin siquiera mirarme—. Ni se te ocurra.
Sonreí levemente.
—¿Por qué no?
—Porque esas cosas son estafas.
—Y porque te da miedo —añadí, ladeando la cabeza.
Él bufó.
—Sam, vamos. No tienes por qué entrar ahí.
Pero ya estaba caminando.
No sé qué esperaba encontrar.
Tal vez nada.
Tal vez solo una distracción.
Tal vez una forma de callar esa sensación en mi pecho.
Lo único que sabía… era que mis pies se movían solos.
Como si algo más estuviera decidiendo por mí.
Empujándome.
Guiándome.
Corrí la cortina de cuentas.
El sonido fue seco.
Demasiado fuerte para un gesto tan pequeño.
El interior era más oscuro de lo que esperaba.
Más silencioso.
El ruido del parque quedó atrás, como si hubiera cruzado una frontera invisible.
La mujer alzó la vista apenas entré.
Era mayor.
Cabello gris.
Piel marcada por el tiempo.
Pero sus ojos…
sus ojos no eran viejos.
Eran demasiado atentos.
Demasiado presentes.
No sonrió.
—Tú… —murmuró.
Antes de que pudiera reaccionar, tomó mis manos.
Su contacto fue frío.
Antinatural.
Como tocar algo que no debería estar vivo.
—Oiga—, intenté soltarme—. ¿Qué hace?
Sus dedos se tensaron.
Más fuerte.
—Ainara.
El nombre golpeó mi pecho como algo físico.
Doloroso.
Incorrecto.
—No —respondí de inmediato—. Mi nombre es Samantha. Sam.
La mujer negó lentamente.
Como si yo fuera la que estaba equivocada.
—Te equivocas, niña. Tú eres Ainara.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿De qué está hablando?
Sus ojos brillaron.
No era locura.
Era urgencia.
—Hace muchos años, Candice se enamoró de un mortal —dijo—. De esa unión nacieron dos niñas: Ainara y Ainhoa.
El aire se volvió pesado.
Difícil de respirar.
—La Alta Comisión de Magia no lo permitió —continuó—. Después de que nacieran… desaparecieron.
Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.
—Nunca volvieron a saber de ellas.
—Esto es ridículo —dije, tirando de mis manos—. Suélteme.
—Debes encontrar a tu hermana —siguió, ignorándome—. Y liberar a tu madre.
Algo en su voz…
no pedía.
Advertía.
Logré soltarme.
Retrocedí.
El mundo volvió de golpe cuando crucé la cortina.
El ruido.
La música.
La gente.
El aire golpeando mi rostro como si acabara de salir de debajo del agua.
—¡Ainara! —gritó la mujer detrás de mí—. ¡Antes de que sea demasiado tarde!
—¡Sam!
Travis me sujetó por los hombros.
—Oye, ¿estás bien? Estás blanca… ¿qué te dijo esa bruja?
Tragué saliva.
Mi cuerpo todavía no reaccionaba del todo.
—Nada —mentí—. Está loca.
—Te lo dije —resopló—. ¿Vamos al siguiente juego?
Negué con la cabeza.
Más rápido de lo necesario.
—Llévame a casa. No me siento bien.
No discutió.
Nunca lo hacía cuando hablaba en ese tono.
El camino de regreso fue silencioso.
Demasiado.
Miré mis manos una y otra vez.
Esperando ver algo.
Una marca.
Una señal.
Un hilo invisible.
Pero no había nada.
Solo mis dedos temblando.
—Siento haber arruinado la tarde —murmuré cuando se detuvo frente a mi casa.
Travis negó.
—No arruinaste nada.
Buscó algo en su bolsillo.
Sacó una pequeña caja.
—Además… te debía esto. Feliz cumpleaños.
Sonreí.
Por inercia.
Como si fuera lo correcto.
Tomé el regalo.
Pero no lo abrí.
No todavía.
Porque algo dentro de mí…
susurraba.
Una verdad incómoda.
Persistente.
Imposible de ignorar.
Nada se había arruinado.
Al contrario.
Algo acababa de empezar.
Levanté la mirada hacia la ciudad.
Las luces.
Las calles.
Las sombras.
Y por un segundo…
tuve la extraña sensación de que todo me estaba mirando de vuelta.
En silencio.
Esperando.
Como si supiera algo que yo aún no.