Mis sensaciones en ese momento era dolor en mi garganta reseca, mal sabor en la boca y el peso de una tonelada presionando mi pecho, qué difícil se me hacía respirar, incluso cuando bajé a toda prisa del auto y corrí hacia los paramédicos que sacaban una camilla rodante del interior de la casa. Sólo alcancé a mirar su pálida cara cuando uno de los camilleros terminó de cerrar la negra bolsa post mórtem antes de subir el cuerpo a la ambulancia. —¿Qué le ha pasado? —pregunté con los ojos ardiéndome por lágrimas sin derramar. Mi respiración era agitada, irregular, porque a veces hasta se me olvidaba hacerlo. —La señorita murió por heridas de arma blanca que le ocasionó alguna persona —dijo uno de los paramédicos terminando de meter la camilla en la ambulancia. —

