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El Peso de las Manzanas
El bosque respiraba a su alrededor. Eva Viloria sentía cada exhalación en la humedad que se pegaba a su piel, en el olor a tierra mojada y hojas podridas que subía desde el suelo. Caminaba sin rumbo, dejando que las ramas le arañaran los brazos, pequeños dolores que la mantenían anclada al presente. El viento jugueteaba con sus cabellos oscuros, deshaciendo la trenza que Rosa le había hecho esa mañana, y Eva no hizo nada por detenerlo. Que se deshiciera todo. Que se deshiciera ella.
Todo en su vida había estado marcado por una sola palabra que no pronunciaba en voz alta pero que latía en su sangre como un segundo corazón: destino.
Desde que tenía memoria, Carol había sido el sol alrededor del cual giraba la familia Viloria. Bella, talentosa, perfecta. La primera hija, la heredera de una tradición que Eva solo observaba desde la distancia, agradecida y culpable a partes iguales. A los dieciséis años, Carol había cumplido con lo esperado. Se había casado con Marcos Sued, el primogénito de ese clan envuelto en secretos que los Viloria no mencionaban en las cenas pero que determinaban cada decisión importante. Mientras tanto, Eva creció en la libertad relativa que sus padres le permitían —demasiada libertad, a veces pensaba, libertad que olía a abandono, a "no eres lo suficientemente importante para sacrificar".
Eva se detuvo junto a un roble viejo, apoyando la frente contra la corteza áspera. Quince años. Tenía quince años y ya sentía que su vida había sido escrita por otras manos.
Al fondo, cerca del arroyo donde el agua canturreaba sobre las piedras, escuchó la risa de Mónica. Su hermana menor, la bendición tardía, la inocente. Jugaba con Rosa, sumergiendo los pies en el agua helada de octubre, y Eva sonrió a pesar de sí misma. Rosa. Su Rosa, con su pelo siempre desordenado y su capacidad para leer el silencio de Eva como si fuera braille. Pero incluso Rosa, con toda su lealtad incondicional, no podía entender el torbellino que Eva cargaba esa mañana. Nadie podía. Aún no.
La carta había llegado con el correo de las diez. Un sobre de papel pergamino, amarillento, con el sello de los Sued impreso en cera negra. Eva lo había abierto en el umbral de la puerta, con las manos temblando tanto que había necesitado tres intentos para romper el lacre. Las palabras eran breves, quirúrgicas: "El tiempo se agota. Es hora de que cumplas tu parte."
No había necesitado leerlo dos veces. Como segunda hija, había permitido soñar que las tradiciones la pasarían por alto, que sería invisible para ese pacto antiguo que unía a los Viloria con los Sued como cadenas invisibles. Pero el destino, ese enemigo silencioso, había llamado a su puerta.
—¿Qué te pasa? —La voz de Rosa llegó desde atrás, cercana de repente. Eva se giró, intentando borrar la expresión de su rostro, pero era inútil. Rosa la conocía desde los cinco años, cuando compartían secretos en el jardín de las azaleas—. Llevas media hora caminando como si fueras un fantasma. Y no me vengas con que es "nada importante", porque ese tono de voz tuya solo lo usas cuando estás a punto de llorar o de matar a alguien.
Eva intentó sonreír. El gesto le salió torcido, casi doloroso.
—Es complicado —dijo, y la frustración de no poder explicarlo todo le cerró la garganta.
—¿Tiene que ver con los Sued? —Rosa se acercó más, bajando la voz. Incluso pronunciar ese apellido en voz alta era peligroso, como invocar un espíritu—. Eva, si te están presionando para...
Un crujido seco interrumpió la pregunta. Ambas se giraron simultáneamente, los instintos de presa despertando en sus cuerpos. De entre las sombras de los sauces llorones emergió una figura alta, envuelta en un abrigo oscuro que absorbía la luz del bosque. Stefan Sued.
Eva sintió que el suelo se inclinaba ligeramente bajo sus pies. No lo había visto desde la boda de Carol, dos años atrás, pero el tiempo parecía haberlo esculpido con intención más cruel. Más alto, más delgado, con ese cabello n***o que caía sobre su frente de manera desordenada, desafiando la pulcritud de su porte. Pero eran los ojos lo que la inmovilizaba. Grises, fríos, con algo que Eva no supo definir —¿tristeza? ¿resignación?— nadando en sus profundidades.
—Señorita Viloria —dijo Stefan, y su voz tenía esa cualidad particular de quien ha sido educado para mandar pero prefieren observar—. Necesito hablar con usted.
Rosa dio un paso atrás, instintivamente. Eva vio cómo su mano buscaba la de ella, protectora, pero Eva ya no estaba allí. Estaba en ese espacio extraño donde el miedo y la curiosidad se confunden, donde sabes que algo va a cambiar tu vida para siempre y no puedes hacer nada para detenerlo.
—Claro —respondió Eva, y sorprendió a ambos con la firmeza de su tono. Cruzó los brazos sobre el pecho, ocultando las manos que temblaban—. ¿De qué se trata?
Stefan miró a Rosa. No fue un gesto grosero, simplemente una evaluación rápida, clínica. Eva entendió la señal.
—Rosa, ¿puedes quedarte con Mónica? Volveré pronto.
—Eva... —Rosa dudó, sus ojos saltando entre ambos—. No estás obligada a...
—Volveré pronto —repitió Eva, y esta vez fue ella quien apretó la mano de su amiga, transmitiendo un mensaje que no podía verbalizar: Confía en mí. Necesito saber.
Cuando los pasos de Rosa se perdieron entre los árboles, Stefan sacó algo de su chaqueta. No era la carta que Eva esperaba, sino un sobre más pequeño, de papel n***o mate que parecía absorber la luz del bosque.
—Esto es para usted —dijo, extendiéndoselo.
Eva lo tomó. El papel era extraño, cálido al tacto, como si hubiera estado cerca del cuerpo de él. Dentro había un anillo. Oro sencillo, sin gemas, con un grabado que no pudo distinguir en la penumbra. Y una nota, escritura angular, masculina: "El pacto se honra con la sangre. Estás lista."
El mundo se contrajo hasta reducirse al círculo dorado en su palma.
—¿Qué significa esto? —Su voz sonó extraña, distante, como si hablara desde el fondo de un pozo.
Stefan suspiró. Fue un sonido breve, casi imperceptible, pero Eva lo atrapó. Por un instante, algo cruzó su rostro —cansancio, quizás, o esa misma resignación que ella había vislumbrado en sus ojos— antes de que la máscara de compostura volviera a su lugar.
—Significa que es hora de que tome su lugar en esta historia —dijo—. Lo que ocurra después... —Hizo una pausa, y Eva tuvo la extraña sensación de que estaba eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Dependerá de usted.
—No quiero ser parte de esto —Eva cerró el puño alrededor del anillo, sintiendo cómo los bordes se clavaban en su piel—. No elegí este destino.
—Ninguno de nosotros lo hizo —Stefan tomó el anillo de su mano con un movimiento suave, casi reverente, pero mantuvo la nota—. Pero a veces... —Otra pausa, más larga esta vez. Eva vio cómo sus dedos acariciaban inconscientemente el papel n***o—. A veces, lo que no elegimos se convierte en lo que somos.
Se alejó sin despedida, fundiéndose entre los árboles como si nunca hubiera estado allí. Eva se quedó inmóvil, con el corazón golpeando contra sus costillas, preguntándose si había imaginado todo. Pero no. En su mano quedaba la marca roja del anillo, y en el aire persistía el olor a tabaco y cuero viejo que Stefan Sued llevaba consigo.
Su vida, se dio cuenta con una claridad que le cortó el aliento, nunca volvería a ser la misma.