Tatyana
Da el primer paso, pero al ver que no lo sigo, sus hipnóticos ojos verdes me observan con una ardiente curiosidad.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunto con ingenuidad.
Con la espalda apoyada contra la puerta abierta, Román se inclina hasta que sus labios quedan a centímetros de mi oído.
—Lo que queramos.
En ese instante, mis rodillas ceden. Pero Román está preparado. Me sujeta por el codo y evita que me derrumbe.
—¿Estás segura de que estás bien? —pregunta.
—Sí —murmuro, obligándome a concentrarme. Pero sus manos vuelven a mí, y una presión abrasadora se apodera de mi centro. Es lo único en lo que puedo pensar. Lo único que necesito satisfacer—. Estoy bien.
Sacudo las señales de advertencia y me aferro a la verdad en el corazón del asunto.
Para esto salí esta noche. Lo necesito. Solo una cosa buena, aunque venga envuelta en mil banderas rojas. He tenido la vida demasiado difícil durante demasiado tiempo. Ya es hora de darme un gusto… uno duro y largo que realmente me haga sentir bien... no es que sepa exactamente cómo se siente algo así…
—Estás más que bien —dice Román—. Pero no lo decía en ese sentido. ¿Estás borracha?
—No —resoplo. Negando con la cabeza, enderezo la espalda—. No soy tan ligera.
Los ojos verdes de Román recorren mi cuerpo.
—A mí me pareces bastante ligera.
—Eso pasa cuando no tienes suficiente dinero para... —me detengo. No. No reveles demasiado. Nadie quiere escuchar tus desgracias, y menos un hombre como él. Deja que la noche te lleve a donde quiera. Déjalo a él llevarte. Deja el miedo afuera. Diviértete por una vez. Este hombre te protegió. Muéstrale lo agradecida que estás—. Perdón, yo…
—No, continúa —insiste Román.
Pero eso es lo último que quiero hacer. Así que decido ponerlo a prueba, por más tonta que parezca la idea.
—¿Por qué te interesa cuánto peso? —desvío el tema, deslizándome en aguas peligrosas—. ¿Planeas levantarme?
Eso lo hace reír. Pero su risa no es traviesa. Es algo mucho más… carnal.
—Creí que eso era obvio.
—Yo... —No sé cómo responder a eso. Esto está sucediendo de verdad—. ¿Lo dices en sentido figurado o literal?
—¿Te refieres a levantarte? —pregunta divertido.
—Sí.
—Digamos que ambos —voltea la cabeza hacia el pasillo tenuemente iluminado que se extiende tras la puerta—. Si te levantara ahora mismo, ¿gritarías y patalearías?
—Yo… no sé qué haría.
—¿Porque nunca te ha pasado antes?
No estaba preparada para que me desarmara así. No hay malicia en su comentario, pero mi inexperiencia siempre ha sido un punto sensible.
—Me han cargado muchos chicos —declaro, tontamente.
—Oh, ahora lo haces a propósito para darme celos.
Da un paso adelante, y por instinto me deslizo bajo su brazo. Pero una parte muy ruidosa de mí sigue luchando por rendirse.
¿No era para esto esta noche? ¿Para divertirme con un tipo rico? Solo que, con mi suerte, resulta ser tan deslumbrante que no puedo pensar con claridad.
—Yo... puedo caminar —intento recuperarme, sin querer que piense que no me interesa. Después de todo, perder mi virginidad así no sería lo peor del mundo… No es que me aferre a ella. Es solo que nunca había conocido a alguien que valiera la pena considerarlo.
¿Pero es Román alguien que valga la pena? Es difícil saberlo. E imposible juzgarlo con certeza.
Todo lo que puedo hacer es apartarme y observar cómo él cruza la puerta, su imponente cuerpo desplazando el aire a su paso mientras se adentra en la oscuridad.
—Entonces sígueme, cervatilla —dice él, echando un vistazo por encima del hombro para que pueda ver el brillo en sus profundos ojos verdes.
Levanta la mano y chasquea los dedos. Las luces se encienden, y un suave resplandor cálido llena el pasillo. No espera por mí. Tengo que apresurarme para alcanzarlo.
Mierda. Debo haber perdido la cabeza.
Luchando por aclararme la garganta, avanzo torpemente hasta su lado, bañándome en el fresco aroma de su colonia ártica.
—Si tu nombre no es Pakhan, ¿por qué respondiste a él? —pregunto, rompiendo el tenso silencio.
—Es un título. —Inclina la cabeza y me observa con suspicacia—. ¿De verdad no sabes lo que significa?
—No. ¿Por qué debería?
Román aprieta la mandíbula y fija la vista al frente.
—Es un título de la mafia rusa. Soy un jefe de la Bratva, el jefe máximo. Es un nombre que indica respeto, como cuando los italianos llaman a su líder ‘padrino’ o algo así.
Observo los músculos tensándose en el costado de su rostro.
¿Bratva? ¿Mafia?
Mi corazón da una pirueta antes de caer al vacío.
No, gracias.
Ya he lidiado con suficiente crimen para toda una vida. Cuando vives en las calles, conoces a toda clase de sabandijas. Escorias como el viejo Dimitri, que creen que pueden hacer lo que quieran solo porque la sociedad no se preocupa ni por mí ni por ellos.
Una ráfaga de ira atraviesa mi pecho. Siempre he odiado a los criminales. Me han hecho la vida más difícil de lo que ya es, y eso que ya ha sido bastante dura por sí sola.
Miro por encima del hombro justo cuando la pesada puerta negra se cierra con un quejido tras nosotros. Está demasiado lejos para alcanzarla, a menos que este jefe mafioso esté dispuesto a dejarme ir.
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
Esto es tan típico de mi suerte.
—Yo debería...
—Aquí. —Román toma mi mano, y me giro justo cuando abre otra puerta.
—Wow… —musito, quedándome inmóvil—. ¿Dónde… dónde estamos?
—Mi oficina.
—Es enorme.
Pero “enorme” es quedarse corta. La nueva habitación ocupa la esquina del edificio y es aún más grande que la pista de baile de abajo.
—Una oficina digna de un jefe —comenta Román.
—Un jefe de la mafia.
—Un jefe de la Bratva —me corrige con naturalidad—. ¿Quieres ese trago?
Sigo con la mirada a Román mientras se dirige a un imponente escritorio de roble. Es el centro de la majestuosa decoración, pero ni siquiera es el mueble más impresionante. Tampoco lo es la regia silla de cuero detrás de él, ni los profundos sofás, ni las mesas de centro, ni el bar privado en el rincón más apartado.
No. Lo que realmente atrapa mi atención es la estantería. Cubre toda la pared trasera y se eleva hasta el techo, que es altísimo. Pero aún más intrigante es el panel decorado que ocupa el espacio justo detrás de la gran silla de cuero.
Hojas doradas adornan la oscura madera, enmarcando un escudo dorado con una serpiente negra y amenazante. La víbora se desliza entre las cuencas de un cráneo dorado, cuya mandíbula abierta parece atrapada en un grito eterno. En el centro, entre los dientes resquebrajados, está la misma cerradura ornamentada que vi en la puerta exterior.
Un escalofrío recorre la vasta sala. Mis manos empiezan a temblar.
—Tatyana. —La voz de Román me saca de mi trance—. ¿Quieres un trago? Al menos toma agua. Pareces pálida.
—Yo… siempre me veo así —respondo, con la garganta tan seca que cruje.
—Es la lucha rusa —bromea Román, acercándose con un vaso alto.
—Yo… eh… gracias. —Tomo el vaso y me bebo el agua de un solo trago. Dios, tenía más sed de la que pensaba—. Espera, ¿cómo supiste que soy rusa?
—Está escrito en todo tu rostro.