Tatyana
Mi cabeza es empujada hacia atrás y los labios de Román se deslizan sobre los míos.
Encajan a la perfección. Tan perfectamente que no puedo evitar hacer lo más estúpido que he hecho en toda mi vida.
Le devuelvo el beso.
Sé que no debería, pero no puedo detenerme. No quiero detenerme. Él desliza sus dedos en mi cabello y todo mi ser se derrite en su agarre.
Su boca sabe increíble. Su deseo es tan abrumador que no puedo soportarlo. Intento resistirme, pero no puedo igualar su fuerza. Mi cuerpo estalla. No puedo respirar. Su lengua se desliza en mi boca. Estoy bajo su control.
—¡Oh!— Un suave gemido se escapa de mi garganta cuando la enorme mano de Román baja por mi columna y se aferra a mi trasero. Él devora ese gemido… y los que le siguen.
Me levanta y jadeo un poco más fuerte. Pero él solo me besa con más intensidad.
—¿Te gusta, ángel?— gruñe mientras me levanta. —¿Cómo te sostengo? ¿Cómo te devoro? ¿Cómo te deseo?
Un gemido agudo es lo único que consigo responder. Me quedo inerte. Pero eso no es lo que Román quiere.
—No. No te contengas conmigo.
Con un gruñido profundo, comienza a llevarme por la oficina. Es como si no pesara nada. Aun así, envuelvo mis piernas alrededor de su cintura y me aferro con fuerza hasta que chocamos contra una pared. Pero no nos quedamos allí mucho tiempo. Tras una ráfaga de besos intensos y ardientes, se da la vuelta y me lleva a través del piso de la oficina hasta chocar contra la siguiente pared.
—Román,— jadeo, deslizando mis manos por su cabello mientras él se presiona contra mí.
Siento su dura erección crecer contra mi cuerpo ansioso. Mis ojos se van hacia atrás.
—Aún puedes decirme que me detenga,— jadea Román, separando sus labios de los míos.
Esos ojos verde esmeralda arden, cubriéndome con un fuego intenso que eriza cada vello de mi cuerpo.
—No lo hagas,— susurro, mi pecho colapsando ante la desesperación de mi deseo.
Esto está tan mal… pero se siente tan jodidamente bien… y merezco sentirme bien… aunque sea una vez.
Eso es todo.
No habrá más dudas al respecto.
Al menos, eso me digo mientras los fuertes dedos de Román se clavan en mi trasero. Sin piedad, separa mis mejillas. El fuego crece. La presión en mi centro alcanza niveles críticos. Necesito ser satisfecha.
Por una vez en mi jodida vida, necesito ser satisfecha.
—¡Román!— grito de nuevo, justo cuando la parte trasera de mis piernas choca contra el borde de su escritorio. —Con cuidado… por favor…
—Mmm, lo siento, ángel,— gruñe. —Pero no voy a tener cuidado. Así no es como follo.
—¿Follar?
La pregunta es demasiado suave como para oírse por encima del sonido de su chaqueta al caer cuando me deja en el escritorio para desvestirse.
—Quédate ahí,— ordena.
Todo lo que puedo hacer es obedecer. Estoy demasiado aturdida para hacer otra cosa.
La magnitud de lo que está a punto de suceder no se me escapa. Pero no importa lo asustada que esté. Mi cuerpo grita por ser devorado. Quiero ser engullida por completo.
La chaqueta de Román cae al suelo y los tres primeros botones de su camisa blanca se desprenden. Tengo mi primer vistazo a su poderoso pecho… y a los oscuros tatuajes que lo cubren.
Contengo la respiración mientras enrolla las mangas, revelando antebrazos gruesos y venosos cubiertos con más tatuajes negros. Trago saliva. Mi pecho se inclina hacia él.
Ya no tengo el control—ni siquiera sé si alguna vez lo tuve. He sido hipnotizada. Seducida. Atrapada. Llámalo como quieras, no importa. Esto va a suceder. Quiero que suceda.
Necesito que suceda.
Cuando Román me roba otro beso, sus dientes muerden mi labio y suelto un gemido, mitad dolor, mitad éxtasis. Nadie me ha besado así antes. Nadie me ha excitado así. Es absolutamente una locura.
E irresistiblemente adictivo.
Le devuelvo el beso mientras apoya un brazo junto a mí en el escritorio y con la otra mano desabrocha su cinturón. Este sisea y chasquea al ser arrancado de su cintura y arrojado al suelo sin cuidado.
—Oh Cielos…
Es todo lo que puedo decir cuando veo por primera vez el bulto que presiona su cremallera. Es enorme.
Es demasiado grande.
Empiezo a dudar. No hay manera de que pueda con eso. No para mi primera vez.
Estoy a punto de decir algo cuando Román agarra la parte trasera de mi cabeza de nuevo y me roba otro beso. Aplasta sus labios contra los míos y desliza sus dedos por mi garganta, sobre mi clavícula y hasta mi pecho.
Cuando acaricia mi pecho, siento como si todo mi ser estuviera acurrucado en su mano.
—¿Crees que puedes manejarme, ángel?
Gimo, desesperada por decir lo único que tiene sentido. No. Pero en su lugar, lo único que puedo susurrar es: —No soy un ángel.
Es la triste verdad. A pesar de mi inocencia s****l, he pasado por demasiado como para ser considerada pura.
—No. Sí lo eres,— gruñe Román, pellizcando suavemente mi pezón a través de la delgada tela de mi vestido. —Y eso es perfecto. Porque voy a quemar esas alas hasta hacerlas cenizas, y caerás en mi reino.
—¿Tu reino?
—Soy el diablo, nena. Bienvenida al infierno. Creo que te va a gustar aquí. De hecho, me aseguraré de que así sea…
Su mano se posa en mi rodilla y sube mi vestido por los muslos, dejando al descubierto mis bragas. Lo único que pienso es: gracias al cielo que son negras. De lo contrario, vería lo húmeda que ya estoy… como si no pudiera sentir lo duros que están mis pezones.
—¿Qué vas a hacerme?— susurro, temblando de emoción mientras los gruesos dedos de Román recorren mi cintura, colándose bajo la tira de mis bragas para rozar mi hueso de la cadera.
—Como te dije, pequeña cervatilla… Lo que yo quiera.