Román Toso y saboreo sangre. —Maldición… Un dolor abrasador me atraviesa el cráneo, amenazando con partirlo en dos. Parpadeo y trato de enfocar la vista, pero no puedo moverme. Cuerdas gruesas se clavan en la piel alrededor de mis muñecas, tobillos y brazos. —Me alegra ver que sigues despierto,— se burla Ivan. El motor del coche ruge y pasamos sobre un bache. El dolor estalla por todo mi cuerpo. —Pensé que te había matado por accidente. No podemos permitirnos eso… a menos que quieras hacerlo tú mismo… Ríe, y siento la granada encajada contra mi hombro. Poco a poco, recuerdo cómo la metió bajo mi pecho al cargarme en el maletero. Luego, con la palanca de seguridad presionada contra el suelo, sacó el pasador. Si me muevo siquiera un centímetro, todo habrá terminado. Mierda. Después de

