Román Viktor y yo nos sentamos en silencio mientras esperamos la llegada del tercer m*****o de nuestro grupo. —Mierda,— gruño, pasándome una mano por la cara. No puedo dejar de pensar en Tatyana y en lo que me estaba ocultando. Lo del teléfono es impresionante y casi comprensible—seguro que solo intentaba mantenerse en contacto con sus amigos—pero ¿no decirme nada sobre el tipo que incendió su apartamento? Aprieto mis Korolev hasta que los nudillos se me ponen blancos. —¿Algo va mal?— pregunta Viktor. Está de pie detrás de mí, admirando el emblema de la calavera y la víbora que adorna el centro de la estantería. —Todo. —Es bueno saber que seguimos en la misma página,— se ríe. Lo veo empezar a caminar de un lado a otro, pero sigue volviendo al emblema. —Nunca me has dicho qué hay de

