Román —Eres una mentirosa —le digo mientras me pongo la camisa y observo a la pequeña diablilla sonrojada con toda la curiosidad del mundo. Está sentada al borde del escritorio, avergonzada mientras vuelve a ponerse el sujetador. Sus bonitos ojos azules han evitado los míos desde que terminamos, pero ahora me miran de golpe, abiertos y salvajes por el miedo. —¿Qué? ¿Cómo? —traga saliva. Pero una sonrisa se dibuja en mis labios al ver el sutil amago de un gruñido en los suyos. Esta chica es una luchadora. Y es mía. —Esos ojos tuyos —asiento, ladeando la mandíbula— gritan inocencia. Pero esa boca hace las cosas más sucias. —Yo… —Su sujetador encaja en su lugar y ella salta del escritorio, pero está demasiado débil para moverse tan rápido, y tengo que dar un paso adelante y sujetarla

