Bajo la tibia agua que caía de la ducha, profundizábamos un beso apasionado. Sus dedos entrelazados a los míos, hicieron presión y subieron mis brazos para dejarlos sobre sus hombros. Las soltó y rodó las suyas hasta mis caderas, hizo presión, me apegó más a él, seguido las rodó hacia la carne de mi trasero y apretándolo con fuerza me elevó, por consiguiente, apegó a la pared. Bajé el rostro hasta llegar a sus labios, los devoré con deseo, al mismo tiempo entró en mí llevándome al mismo paraíso. Mis uñas arañaron su espalda en cada embestida que pegó y las veces que me hizo venir. Al salir de la ducha nos cambiamos, fuimos a la habitación de los niños, los preparamos y bajamos. Ya habían pasado algunos meses que María José se había marchado de esta casa, pero ellos seguían preguntand

