—Vamos, Diana, levántate. El suelo es helado. Empujé su mano con una mezcla de desafío y tristeza. —Déjame en paz. Mi corazón latía con un temblor silencioso. Tenía miedo de lo que él pudiera decirme. Sentía que estaba rota, como una estatua hecha pedazos, al descubrir la amargura que había escondida en nuestra relación. Él había profanado mi confianza. Profanado el amor que sentía por él. Profanado nuestros hermosos recuerdos. ¿Por qué me hizo esto? ¿Por qué me trajo aquí, donde está su novia, con la intención de que la conociera? ¡No lo soporto! La herida en mi pecho es tan profunda y pesada como el mar. Él rompió el silencio entre nosotros. —Diana, mi amor. No es lo que piensas… Lo miré brevemente. No soporto sus excusas. —Tom, tienes que decidir entre ella y yo. Se quedó en un

