—¿Y si es cruel?— me repetía en silencio. ¿Cómo escapar de este destino?
El día de la boda fue una mezcla de confusión y emociones encontradas. Todos a mi alrededor sonreían, celebraban… y yo, en mi interior, tenía una tormenta de preguntas sin respuesta. No había visto a mi esposo, ni siquiera sabía cómo era, lo cual me parecía surrealista. ¿Cómo iba a comprometerme con alguien a quien jamás había visto? ¿Cómo iba a compartir mi vida con un completo desconocido sin haber intercambiado una sola palabra?
¿Cómo puede alguien casarse y no aparecer en el día más importante de su vida? ¿Será indiferencia o habrá algo más detrás de todo esto?
Después de la ceremonia, un coche n***o y lujoso vino a recogerme. Me sentí como una novia siendo llevada hacia un destino incierto. El conductor apenas hablaba, y el silencio se sentía pesado. Miraba la carretera oscura a través de la ventanilla, pensando en lo que me esperaba. Todo era tan misterioso, como si me adentrara en un ritual extraño en un mundo que no comprendía.
Al llegar a un hotel de lujo, bajé del auto sola, sintiéndome una extraña en un lugar ajeno. No había nadie que me guiara o me tomara de la mano; parecía que estaba vagando en una vida que no era la mía. El personal del hotel me dio la bienvenida con amabilidad y me condujo a una suite decorada con flores y una fragancia que pretendía calmarme, aunque yo solo sentía inquietud.
¿Y mi marido? Aún no había dado señales de vida, y cada minuto que pasaba hacía que todo esto se sintiera aún más extraño. Me dejaron sola en la suite y el tiempo empezó a arrastrarse lentamente. Solo me acompañaban el silencio y mis pensamientos inquietos. Después de horas de espera, el hambre comenzó a hacerse presente, pero antes de pensar en comer, necesitaba quitarme el vestido pesado que había llevado todo el día.
Estaba en eso, quitándome el vestido, cuando escuché que la puerta se abría de golpe. Me giré rápidamente y ahí estaba él, un joven alto y sorprendentemente atractivo. Su expresión era tranquila pero firme, y sus ojos tenían una mirada profunda. Su cabello dorado caía ligeramente sobre su frente y su sonrisa, aunque leve, era una mezcla de misterio y confianza.
Apareció tan de repente, como en una escena de película para la que no estaba preparada. Me quedé inmóvil, con los pies firmemente plantados en el suelo, aunque mi corazón latía como loco. ¿Quién es? ¿Será él mi esposo? ¿Es el hombre con quien se supone que voy a compartir mi vida?
Su mirada se dirigió hacia mí y, por un segundo, pareció tan sorprendido como yo. Sus ojos buscaban respuestas y se notaba una especie de conflicto en su interior.
—¡Maldita sea! Tu padre es un mentiroso —dijo, pasándose las manos por el cabello con evidente frustración. Su voz sonaba tensa, enojada, como si no esperara verme ahí. Dio unos pasos tambaleantes hacia adelante, sin creer lo que estaba pasando. Me quedé en silencio, sorprendida, con la tensión creciendo dentro de mí. ¿Quién era este hombre y por qué parecía tan molesto?
Se quedó frente a mí, mirándome intensamente, como intentando entender algo. Era innegablemente guapo, sus ojos profundos reflejaban ira y confusión, y respiraba agitado. A pesar de lo extraño de la situación, había algo en él que me atraía, como si estuviera bajo un hechizo.
—Yo… no quería este matrimonio… —murmuró, como si hablara más consigo mismo que conmigo—. Estaba enamorado de otra mujer. Fue mi abuelo quien me obligó. Y no sabía que serías tan… joven.
Sentí un golpe en el pecho. Sus palabras me atravesaron como una bala; no esperaba escuchar algo así en un momento como este. No sabía qué decir; todo esto me parecía una pesadilla. Sin embargo, su atractivo y ese aire enigmático que lo rodeaba me hacían imposible apartar la mirada.
Tragué saliva y murmuré apenas:
—Yo tampoco elegí esto… No sabía que serías tú.
Él volvió a mirarme, su expresión oscilando entre la ira y la reflexión.
—Entonces, eres una víctima como yo. Nos metieron en esto sin preguntarnos, y tu padre me mintió sobre todo.
Pese a su evidente disgusto, había algo en su mirada que me intrigaba. Él permaneció allí, observándome, como intentando comprender la situación. Al cabo de unos segundos, se volvió hacia la ventana, respiró profundamente y dijo en un tono más suave:
—Lo siento… No debería estar aquí. Todo esto fue un error desde el principio.
Sus palabras, aunque secas, tenían una sinceridad que despertó en mí una compasión inesperada. Entendí que este matrimonio no había sido su elección, igual que no había sido la mía. Éramos piezas en un juego mucho más grande del que sabíamos poco o nada.
—¿Por qué no te negaste? —le pregunté, intentando entender sus motivos.
Soltó una risa amarga.
—No puedo decirle que no a mi abuelo. Él controla mi vida, mis decisiones… Llevo años cumpliendo sus órdenes. Aunque ame a otra persona, tengo que hacer lo que él quiere.
Lo miré, sorprendida, intentando asimilar sus palabras. No solo estaba atrapado en este matrimonio, sino que vivía bajo el peso de tradiciones familiares implacables. Sentí una empatía inesperada; nuestras circunstancias, aunque diferentes, nos habían obligado a un mismo destino.
Se acercó, y pude ver tristeza y confusión en sus ojos.
—¿Sabes? Nada de esto fue mi elección. Mi abuelo planeó todo. A mí me lo dijeron hace solo unas semanas. ¿Y tú? ¿Desde cuándo lo sabías?
—Hace apenas dos días… No tuve tiempo de procesarlo —respondí en voz baja.
Él asintió, como si comprendiera.
—Así que los dos somos piezas de un matrimonio arreglado… —dijo, casi para sí mismo.
Mientras lo escuchaba, algo empezó a cambiar dentro de mí. A pesar de su enojo y su rechazo, sentí que no era una mala persona. Quizás él también llevaba una carga pesada. Era indiscutiblemente atractivo, pero lo que más me atrapaba era el misterio y la profundidad que se escondían en él. Me sentía, contra todo pronóstico, extrañamente atraída.
—Sabes, no esperaba que fueras así… —me dijo, mirándome como si quisiera descubrir algo más—. Eres más joven de lo que imaginaba, pero… hay algo en ti.
Se acercó más, hasta que pude sentir su aliento. Su proximidad me confundía y mi corazón latía con fuerza. La tensión en el aire era densa, y lo que dijo después me sorprendió aún más de lo que podía anticipar.
Se rió con sarcasmo y agregó:
—No te preocupes, nunca te tocaré. Me da asco imaginarme con una niña.
Sentí sus palabras como una bofetada. Me hirieron profundamente, despertando en mí una mezcla de rabia y humillación. ¿Cómo se atrevía a decir eso? Su desprecio me hacía sentir como si no fuera nada ante sus ojos.