Se alejó de mí despacio, como si lo que había dicho fuera un comentario casual, y empezó a quitarse el uniforme con una indiferencia que me dejó helada. Me quedé ahí, inmóvil, intentando controlar el torbellino de emociones que me invadían. El silencio llenaba el cuarto y sus palabras aún retumbaban en mi cabeza.
Luego de cambiarse de ropa, se acomodó en la silla con una seguridad exasperante, cruzando una pierna sobre la otra, con una sonrisa apenas perceptible. No me miraba, pero estaba claro que disfrutaba mostrándome que tenía el control de la situación.
Cuando logré reponerme, decidí que no le daría el gusto de humillarme así. Aunque las circunstancias me llevaron a esta situación, no pienso ser una víctima sumisa. Me acerqué un poco más y, con voz tranquila pero firme, le dije:
—Podrás ser guapo, podrás ser poderoso, pero eso no significa que voy a aceptar que me trates así. Que no te guste no te da derecho a insultarme.
Él me miró despacio, inclinó un poco la cabeza y me observó en silencio, como si estuviera descubriendo una parte de mí que no esperaba.
—¿Así que te parezco guapo? —preguntó con una sonrisa ladina.
Sentí el calor subir a mi rostro y me di cuenta de que me había dejado llevar por mis palabras. Pero esta vez no pensaba retroceder. Me recompuse rápidamente y respondí con firmeza:
—Una cosa es la belleza y otra la personalidad. Puedes ser guapo, pero eso no significa nada cuando estás lleno de arrogancia y crueldad. Así que no te creas la gran cosa, quizás estarás acostumbrado a que las mujeres tiren la baba por ti, pero lo siento, cariño, ese no es mi caso.
Sus ojos se iluminaron, como si mis palabras le provocaran algún tipo de desafío. Se levantó lentamente de la silla y caminó hacia mí, cada paso cargado de una energía contenida.
Cuando se detuvo frente a mí, me miró directo a los ojos y dijo:
—Parece que te había entendido mal… No eres la chica ingenua que yo creía. Después de todo hay algo dentro de esa cabeza hueca.
Mi respiración se detuvo un segundo. Sus ojos me penetraban y sentía una mezcla de tensión y rabia hirviendo en mi interior. Sabía que estaba jugando con mis emociones, pero me negaba a mostrarme débil.
Con firmeza, le respondí:
—Desde el principio te equivocaste. Puede que no me hayas conocido bien, pero no soy quien tú pensabas.
Se quedó callado un momento, luego esbozó una sonrisa y dijo:
—Me llamo Thomas, pero puedes decirme Tom. Parece que no me he presentado como corresponde.
Se apartó un poco, dándome espacio para recuperar el aliento. Se sentó en el borde de la cama, aflojándose lentamente la corbata, y en un tono más suave añadió:
—Escucha, Diana… No quiero hacerte daño, pero no creo que este matrimonio dure. Es la verdad y no me quedes viendo con esa cara de desconcierto.
Sus palabras fueron como un golpe. Aunque lo presentía, no estaba lista para escucharlo tan directo. Que tipo tan extraño que es.
—Voy a pedir el divorcio dentro de un mes —continuó con determinación—, solo para que no te veas involucrada en las intrigas de mi familia. No quiero que pagues por los planes de mi abuelo. Después de un mes, tú podrás retomar tu vida, y yo la mía. Creo que es un trato justo.
Me quedé en silencio, procesando lo que decía. Parte de mí se sintió aliviada al saber que no intentaría forzarme a permanecer en una relación que no deseaba, pero también sentía una punzada de molestia. ¿Para qué casarse si iba a terminar tan rápido?
Le lancé una mirada de confusión y desapego:
—¿Y esa es la única solución que ves? ¿Divorciarnos en un mes, como si nada hubiera pasado?
Asintió lentamente.
—Sé que no es justo, pero no quiero que te quedes atrapada en mi mundo. Mi vida es complicada y hay alguien más en ella de quien no puedo despedirme. Esta es la manera en que puedo darte una oportunidad para empezar de nuevo.
Me sentí dividida entre la ofensa y la comprensión. Yo tampoco quería este matrimonio, pero su manera de tomar decisiones y hablarme como si fuera solo una ficha en su juego me hacía sentir pequeña.
Le pregunté, manteniendo la calma pero sin perder firmeza:
—¿Y tú? ¿Crees que tu vida seguirá igual después de divorciarte de mí?
Él se detuvo un momento, sorprendido por la pregunta, y luego respondió:
—No lo sé… Quizá no sea lo mismo, pero al menos seré libre de decidir mi propio camino. Eso es lo que necesito ahora.
Lo miré con una intensidad que buscaba penetrar su aparente calma y le dije:
—Si esa es tu decisión, está bien. Pero quiero que sepas que no soy una víctima pasiva y que saldré de esto más fuerte de lo que imaginas.
Sin mirarme, tomó una almohada de la cama y la arrojó despreocupadamente hacia mi lado, diciendo en un tono tranquilo, como si el tema ya no fuera relevante:
—Puedes dormir en la sala.
Por un momento, me sentí invisible, como si no mereciera ni una mínima consideración. Su indiferencia, ese trato casi despectivo, me hizo sentir humillada, pero me contuve. No le daría el placer de verme flaquear.
Miré la almohada a mi lado, luego alcé la cabeza y lo miré con serenidad:
—No te preocupes, estaré bien.
Con calma, tomé la almohada y caminé hacia la sala con la espalda recta, proyectando una fuerza que ocultaba mi rabia interna. Sabía que estaba en una situación incómoda, pero no permitiría que me viera derrotada.
Al entrar a la sala, cerré la puerta tras de mí, me senté en el sofá y respiré profundo. La frustración y la confusión me abrumaban, pero sentía que esta situación, por dura que fuera, no me quebraría.