Jamás te lastimaría

1216 Words
Los siete días que pasé con Tom fueron fríos y distantes, como el guion de un falso matrimonio. La luna de miel, que se suponía estaría llena de amor y alegría, se convirtió en una prisión en una suite lujosa, pero desprovista de cualquier rastro de confort o felicidad. Tom estaba ausente casi todo el tiempo, dejándome sola, enfrentándome a un vacío aterrador y a un tedio que me consumía lentamente. Los momentos más duros eran cuando su novia lo llamaba, y él, sin ningún reparo, le hablaba delante de mí, con una indiferencia glacial, sin la menor consideración por mis sentimientos. Cada palabra de amor y anhelo que le dedicaba me atravesaba el corazón, recordándome que no era más que una "esposa" indeseada, una sombra en su vida complicada. Me sentía humillada, sin valor… Pero, ¿por qué habría de importarle? Para él, yo no soy más que su "futura exmujer". Y mientras tanto, yo contaba los días para que saliera de mi vida de una vez por todas. Aun así, me aterraba la idea de un divorcio tan inmediato. Me preocupaba lo que la gente pudiera decir, las miradas críticas y los comentarios crueles. "¡Su esposo se divorció de ella a un mes de casarse!", imagino que murmurarían. ¿Sería esa mi historia? ¿Me mirarían con desprecio y burla? Aunque conservaba mi virginidad, sabía que no podría escapar del estigma que me seguiría. A veces pensaba en huir al extranjero, escapar de esta sociedad injusta, pero ¿podría realmente sobrevivir o solo traería más vergüenza a mi familia? Mis pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Tom, quien entró en la habitación con una expresión dura y sombría. Parecía contener sentimientos que no podía expresar, y esa tensión solo empeoraba las cosas entre nosotros. Estaba sentada en un camisón de seda, y mi presencia en la habitación parecía despertar deseos que él intentaba reprimir. —¡Qué aburrido!— murmuró, con una sonrisa irónica. —¿Cómo dices?— le pregunté, tratando de mantener la compostura. Me miró con sarcasmo y comentó: —¿Estás tratando de seducirme con esa pinta?—. Me observó de arriba a abajo con una mirada fría, aunque apreciativa. —¿Te resulta divertido? Lo miré con furia contenida, ofendida por su actitud, como si realmente intentara seducirlo. —¿De verdad crees que me visto para complacerte? Esto no es para ti—, le respondí con frialdad, apartando la mirada. Sonrió con burla, como si mis palabras no le afectaran en lo más mínimo. —Eres graciosa, Diana. Sentada aquí, fingiendo que no te importa lo que yo piense. Dentro de mí, un volcán de ira amenazaba con estallar, pero no quería darle el gusto. —Me visto como me da la gana, Tom, no según tus gustos. No eres el centro del universo. Respondió de inmediato: —Oh, claro, pero veo cuánto te esfuerzas en demostrar lo contrario. No te preocupes, no caigo tan fácil. Lo miré desafiante y le dije: —Eso es porque no eres un hombre. La sonrisa sarcástica desapareció de su rostro, y su expresión cambió como si mis palabras lo hubieran golpeado donde más le dolía. Se acercó lentamente, mirándome con ira contenida, tratando de digerir lo que acababa de decir. —¿Qué acabas de decir?—, murmuró con voz baja, pero cargada de enojo. Levanté las cejas, desafiándolo, y le respondí con frialdad: —Me escuchaste bien. Si fueras realmente un hombre, no te esconderías detrás del sarcasmo y la arrogancia, tratándome como a un enemigo o una herramienta para desquitarte de tu miserable vida. Dio un paso hacia mí, y aunque sentí miedo, no retrocedí. La rabia dentro de mí ardía, pero me negaba a mostrarle cualquier debilidad. Se lanzó hacia mí como un tigre, me sujetó con fuerza, y por un momento sentí como si me envolviera un puño de hierro. Una mirada de terror cruzó mi rostro, y temí que mi vida estuviera llegando a su fin. Me empujó hacia la cama, dejándome con el corazón al borde de la desesperación. Se acercó lentamente, lo suficiente para que pudiera sentir su respiración cuando susurró, en un tono frío y aterrador: —Ahora ya sabes quién es el hombre aquí, Diana. No creas que voy a dejar que me insultes sin consecuencias. Me quedé petrificada de miedo, sintiendo su aliento cerca de mí. Su mano sobre mi brazo me arrastraba a una realidad que no podía soportar. Quise hablar, pero las palabras me traicionaron. Todo mi cuerpo temblaba, y mi corazón latía tan fuerte que pensé que me desmayaría. Quería reaccionar, gritar, llorar, pero me sentía completamente indefensa. Todas mis emociones se entremezclaron: miedo, ira, humillación. Entonces, con una voz helada, me ordenó: —Tráeme un vaso de agua, o te enseñaré más sobre tus deberes maritales. Sin pensarlo, me apresuré a cumplir su demanda. Le llevé el agua como si fuera su sirvienta, mientras él se sentaba en la cama, recostado en las almohadas, como si estuviera en su propio reino. Cuando terminó, volví al borde de la cama y me senté, sintiéndome débil y avergonzada. Lo vi sonreír con ironía y me dijo: —Tengo sueño, pero no puedo dormir contigo aquí. Vacilé y respondí: —Pero… Me interrumpió con una sonrisa descarada: —Vamos, si quieres quedarte en mi cama, ya sabes lo que eso significa. Lo miré, atónita. —¡Ni lo sueñes!— le espeté. Él rió fríamente. —No me gusta que me lleven la contraria. Recuérdalo—. Luego, arrojó una almohada y añadió: —Vete al sofá. Te conviene más. Tom extendió una mano hacia mí, y me encogí en un rincón de la cama, aterrada, como si estuviera tratando de protegerme de un golpe inminente. Ver su mano acercarse me hizo recordar a mi padre y los golpes inesperados de mi infancia. —¡No! ¡No me pegues!— grité, con la voz temblorosa y el cuerpo sacudido por el miedo. Tom se detuvo de inmediato, como si mi grito lo hubiera sorprendido. Observé cómo su expresión cambiaba, de la ira a la confusión. Me miraba como si no supiera qué hacer. —¿Qué…?— susurró, en un tono que mezclaba sorpresa y desconcierto. —Yo… No iba a pegarte. Sus ojos buscaban alguna explicación en mi rostro, pero yo estaba atrapada en un profundo miedo, incapaz de confiar en sus palabras. No podía dejar de temblar, abrumada por el terror. —Diana…— dijo suavemente, dando un paso atrás y levantando las manos como para demostrar que no me haría daño. —Yo… No iba a pegarte. Nunca haría eso. Pero no lograba tranquilizarme. El miedo que había cargado desde mi infancia me paralizaba, y Tom parecía incapaz de entender lo que acababa de desatar. Salí de la habitación con lágrimas en los ojos, sintiéndome completamente derrotada. Pensé que era más fuerte que esto, pero me di cuenta de que seguía siendo frágil y vulnerable. Me dormí en el sofá de la sala, con lágrimas empapando la almohada. Después de un rato, sentí una manta cubrirme suavemente. Fingí estar dormida, pero sabía que era Tom. Quizá, a pesar de todo, había una pequeña parte de él que seguía siendo humana.
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