Capítulo 24 — Saúl Han pasado nueve meses desde que Laura volvió a casa, y todavía me cuesta creer la calma que reina en nuestra vida. No es una calma vacía, sino una paz llena de risas, de voces, de sonidos cotidianos que antes me dolían y ahora me sanan. El simple ruido de los niños corriendo por el pasillo me llena el alma. Hoy es domingo, y el sol entra por la ventana del comedor. Laura está en la cocina, con el cabello recogido en un moño y una camisa vieja que le queda grande. Canta bajito mientras revuelve el chocolate caliente. Los niños discuten por quién pondrá más nubes de nata en su taza. —¡Yo primero! —grita Izan. —¡No, yo! —responde Quique. Ashier, el más pequeño, se ríe y mete el dedo en la nata, provocando una guerra blanca. —¡Eh! —dice Laura fingiendo seriedad—.

