DYLAN. En cuanto estuve listo, bajé las escaleras con un nudo en el estómago, dirigiéndome al comedor. Como ya era costumbre, el desayuno se serviría una vez más ante el semblante ausente de papá y la tristeza de Laura. Me senté frente a ella, que picoteaba su comida con desinterés, la mirada perdida en su plato. Su estado de ánimo era un espejo del mío. —Hola, bodoque —dije, tratando de sonar animado, llamando su atención. Laura levantó la vista, frunciendo el ceño, un débil atisbo de su carácter habitual. —Quedamos en que ya no me dirías así. Ya no soy una bebé. —Para mí lo eres —repuse con una sonrisa, sirviéndome jugo—. ¿Qué te parece si hoy yo te llevo al cole? Ella volvió a hundirse en su desgana, negando con la cabeza. —No tienes tu auto. Papá no te ha levantado el castigo.

