Despellejado

3181 Words
DYLAN Anoche regresé a casa más temprano de lo habitual, cumpliendo con la norma impuesta por mi padre. No fue solamente por su insistencia, sino porque Lucy también se había retirado antes de lo acostumbrado. Lucy vive bajo la constante presión de su madre, pero trata de justificarla de algún modo, entendiendo que, como madre soltera, ha tenido que enfrentar desafíos enormes. La única respuesta que alcancé a dar fue que comprendía su situación, pues yo también experimento la presión en mi hogar. Sé que, en algún momento, una gran responsabilidad recaerá sobre mí, y mi mayor anhelo es estar preparado para no defraudar a mi padre ni a mi hermana. Al día siguiente, me levanté temprano, decidido a darme una ducha y estar listo a tiempo. Al bajar, encontré a mi padre esperándonos, sentado frente a la mesa con un periódico en sus manos. Últimamente, ha estado en casa con más frecuencia, algo que, aunque me asombra, lo percibo como algo positivo para mi hermana. Ella ha estado más afectada por su ausencia, y quiero creer que mi padre ha sido alcanzado por el remordimiento y que ahora desea compensar los años perdidos. Sin embargo, para mí, siento que ya es tarde. Cuando me vio bajar antes de lo habitual, ni siquiera pronunció una palabra, simplemente miró su reloj e hizo un gesto que podría interpretarse de muchas maneras. Mi hermana bajó después, y disfrutamos del desayuno en una paz casi surreal. —Hoy llevaré a Laura al colegio —dijo mi padre de repente, iluminando los ojos de mi hermana con una alegría inocente. No puse objeciones, ya que la felicidad de Laura en ese momento era todo lo que realmente importaba. —De acuerdo —respondí con calma. Terminé mi desayuno, me despedí de Laura y subí a cepillarme los dientes. Tomé mi mochila, me detuve un momento frente al espejo, satisfecho con lo que veía, y salí de casa con un inexplicable sentimiento de contento. Tan pronto como llegué a la escuela, seguí mi rutina: esperar a Max para entrar juntos al aula. Sin embargo, para mi sorpresa, él bajó de un auto junto con la chica más guapa del condado. —¡Hola! —dijo ella con una sonrisa radiante, a lo que le respondí con el mismo entusiasmo. —¡¿Qué hay, viejo?! —saludó Max con su energía habitual. No pregunté por qué habían llegado juntos; la sorpresa había sido suficiente. Caminamos hacia la clase, con Lucy en el centro. Llevaba un vestido azul pastel que complementaba perfectamente su piel color miel. No podía dejar de admirar lo bien que se veía. —¡Quisiera, solo por un día, no venir a clases! —exclamó Lucy, dejando caer los brazos con un gesto cansado. —¡Eso tiene solución! —dijo Max con una sonrisa traviesa. —¿Estás hablando de…? —pregunté, curioso por su tono. —¡Exacto! —respondió Max, sonriendo con complicidad. —¡Vamos por Emma! —propuso. Los pasillos empezaban a vaciarse mientras sonaba la campana. Afortunadamente, divisamos a Emma en uno de los últimos corredores. Max fue en su búsqueda mientras Lucy y yo nos escondíamos en el pasillo de emergencia. Ella se recargó en mí con naturalidad, y yo disfruté de ser su soporte. En esos breves momentos, su aroma a sandía me envolvía, un olor que decidí guardar en mi memoria. Cuando Max regresó con Emma, salimos sigilosamente para no ser descubiertos. Llegamos al estacionamiento de los docentes sin hacer ruido, cuidando de no despertar al guardia que dormía plácidamente. Para ser sincero, he hecho cosas locas, pero, nunca me había atrevido a saltarme una clase. Esta era mi primera vez, y el solo hecho de hacerlo me llenaba de una emoción indescriptible. Había escuchado que siempre hay una primera vez para todo, y supongo que esta era la mía. Sentía la adrenalina fluir a cien por hora por mis venas, una sensación que era tanto asombrosa como aterradora. Al salir de la escuela, Max y yo nos dirigimos hacia mi auto mientras las chicas esperaban cerca. No teníamos un destino en mente; simplemente conduje por las calles de Los Ángeles, dejando que el asfalto nos llevara. Así fue como terminamos en el Fairplex. El lugar estaba lleno de colores y sonidos, y comenzamos a explorar con entusiasmo. Max y Emma no tardaron en perderse en su mundo de miradas y caricias, mientras que Lucy y yo compartíamos sonrisas tímidas y miradas ocasionales. Nos divertimos recorriendo los puestos, pero lo mejor de todo fueron los juegos mecánicos. Durante las subidas y bajadas, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho, especialmente cuando Lucy, nerviosa, me apretaba fuerte la mano. Esa sensación era igual a la emoción que sentí desde el día en que la conocí. Con la tarde ya avanzada, el hambre nos hizo buscar algo de comida. Decidimos llenar el estómago con la inevitable comida chatarra que nos ofrecía el lugar. Con las energías recargadas, nos encaminamos hacia la salida. En el camino nos topamos con un fotomatón, y ninguno pudo resistirse a la tentación de capturar esos momentos. Primero entramos los cuatro, llenando la pequeña cabina de risas y bromas. Luego, Max y yo tomamos turno, seguidos por las chicas. Finalmente, Lucy y yo nos encontramos solos en el diminuto espacio. Mi estómago se convirtió en un torbellino de mariposas mientras trataba de mantener la calma. Lucy, con su espíritu juguetón, comenzó a hacer muecas divertidas, cruzando los ojos y sacando la lengua. No pude evitar seguirle el juego, contagiado por su alegría. Cuando llegamos a la última foto, Lucy se inclinó y, para mi fortuna, plantó un beso suave en mi mejilla. Sentí una explosión en mi interior. Salimos de la cabina y apenas podía contener la sonrisa que se dibujó en mi rostro. —Debemos irnos si no queremos ser pillados —dijo Max, con la mano entrelazada con la de Emma. —¡Entonces, vámonos! —exclamó Lucy con una sonrisa entusiasta, tomando mi mano con firmeza y arrastrándome tras ella. Su cabello refulgía bajo el sol, bailando al compás del viento, al igual que mi corazón, que latía con la emoción de tocar su mano. Llegamos al colegio justo a tiempo. Desde las sombras, observé cómo los chicos descendían de mi auto y se sumergían en el bullicio de la escuela. Lucy, con su característico porte desenfadado y afortunado, encontró a su chofer esperándola. La vi a lo lejos subiéndose al coche, mientras un inesperado sonido me sobresaltó: la puerta del copiloto se abrió de golpe. Era Darla. —¿Dónde rayos fuiste con Max, Emma y la nueva? —inquirió con el ceño fruncido y una mirada que podía perforar acero. Yo, atrapado entre sus ojos furiosos y la imagen de Lucy alejándose, apenas logré balbucear una respuesta. —¡Relájate! Solo fuimos a dar una vuelta por la feria —intenté sonar casual, aunque las palabras parecían desvanecerse en el aire. Justo en ese instante, sentí el coche de Lucy pasar cerca. Nos cruzamos miradas fugazmente, y acto seguido, ella decidió mirar hacia otro lado, como si temiera una conexión que la expusiera. —Dylan, ¡te saltaste las clases! —la voz de Darla me sacudió. La tensión en su tono era evidente. —¡Oh, de veras, qué observadora! —respondí, intentando usar mi sarcasmo como escudo. —Tuve que mentirle al rector, decirle que estabas enfermo —soltó ella, claramente irritada. —¡No te pedí que lo hicieras! Además, ¿cómo sabes que estaba con ellos? —pregunté con la curiosidad del atrapado. —Porque vi, —enfatizó cada palabra con ácido— cuando entraste con Max y la nueva. Luego, de repente, ¡bum!, desapareciste. Encima, yo ya había saludado a Emma… ¡Qué conveniente, ¿no te parece?! —su exclamación coronó la escena. Darla siempre ha sido una de las chicas más atractivas e inteligentes de la escuela. Sin embargo, a menudo sus encantos quedan opacados por su actitud caprichosa y clasista, algo que me resulta frustrante sobre la sociedad en la que vivimos. A pesar de sus defectos, no tengo la intención de herir sus sentimientos, aunque esté bastante seguro de que Darla no siente un gran amor por mí. Nuestra relación de cuatro meses apenas ha sido seria, con momentos íntimos contados. Antes de mí, Darla salía con el amigo de Dante, Christopher, el chico estrella del equipo de fútbol y el epítome de la popularidad. Él la dejó por otra chica que subió los escalones sociales aún más rápido. En contraste, yo prefiero mantener un perfil bajo y su popularidad nunca me ha importado. —No necesitas gritar —respondí, sintiendo cómo la irritación se colaba en mi voz. —¡Siento que no me tomas en serio! —exclamó Darla, sus ojos llenos de una mezcla de rabia y desesperación—. Siento que soy solo un capricho para ti. ¿Por qué todo tiene que ser bajo tus términos? En parte, tenía razón. Nuestra relación había fluido, sin esfuerzo, desde el primer beso hasta donde estábamos ahora, sin necesidad de títulos o promesas serias. Estábamos aquí discutiendo sobre mi aparente desinterés, y no fue por la reciente aparición de Lucy, a quien apenas conocí ayer. Las discusiones con Darla siempre giraban en torno a mi falta de compromiso, pero eso no debe sorprenderle a nadie que entienda cómo soy. Me dejo llevar por quien quiera ofrecerme cariño, sin pensar mucho en las consecuencias. A pesar de llevar tiempo en la universidad, nunca he tenido una relación verdaderamente seria. He salido con varias chicas, algunas por diversión, y solo he tenido relaciones íntimas con cuatro, incluida Darla. Mientras Darla hablaba, me di cuenta de que era un buen momento para pedirle un tiempo. —Lo siento, no es mi intención hacerte sentir así —dije con voz temblorosa, sintiendo cómo cada palabra la hería—. Perdón, no quiero lastimarte… es mejor que nos demos un tiempo. Sabía que estas palabras podrían convertir mi imagen en un recuerdo amargo en su mente, un patán más en su vida. Pero prefería ser este minuto malo que le amargue el día a ser el hombre que le amargue la vida. —Por favor, ¡dime que no hablas en serio! —murmuró, sus ojos reflejando un cielo nublado por la tormenta de emociones. Su expresión dolida me golpeó, despertando una culpa que no podía ignorar. —Lo siento, pero hablo en serio —le respondí, sintiéndome dividido entre lo que creía correcto y el dolor que percibía en su rostro. —Pensé que contigo podría ser diferente, pero no hay mucha diferencia entre tú y ellos —dijo con un tono mordaz, señalando con la mirada hacia los chicos del equipo de fútbol que pasaban por ahí, sus ojos llenos de una decepción que me corroía por dentro. Salió de mi auto, con sus libros apretados contra el pecho como un escudo. Sus amigas, a lo lejos, me fulminaron con miradas de odio, justas en su juicio. Me sentí merecedor de ese desprecio. Tal vez piensen que soy un idiota. Y sí, lo soy ahora mismo para ella, pero en esta vida, todo se paga y algún día recibiré mi castigo, y ustedes serán testigos. Con el corazón pesado, salí hacia casa, dejando atrás el escenario de dolor. Al llegar, el sonido suave del piano me dio la bienvenida. Mientras las notas del piano resuenan en la casa, puedo sentir el eco del pasado lleno de amor y felicidad. Papá siempre tocaba para mamá, y la melodía que llenaba el aire no era otra que el “Adagio en Sol menor” de Tomaso Albinoni. Cada nota me transporta a aquellos días, una mezcla dulce-amarga que resuena tanto en las paredes de la casa vacía como en el latido de mi corazón. Caminé hacia la sala, impulsado por la música que me envolvía. Cada paso es un recuerdo de mi infancia donde el eco de mi madre resuena en mi mente. Allí estaba papá, sentado frente al piano, con Laura a su lado. Ella apoyaba la cabeza en su hombro, un gesto tierno que casi rompió la coraza que había construido alrededor de mis sentimientos. Papá tenía una lágrima solitaria que amenazaba por caer en su mejilla, reflejo perfecto del peso que llevó dentro. Me quedé a una distancia, permitiendo que Laura disfrutara ese momento tan buscado desde niña. Me retiré antes de dejar que las lágrimas me vencieran, subiendo a mi habitación donde, una vez más, mi orgullo ganó la batalla contra el llanto. A la mañana siguiente, la rutina me encontró despierto a la misma hora de siempre. El desayuno se desarrollaba en un silencio frágil cuando papá rompió el silencio con su voz firme. —¡Hoy te llevará mi chofer! —dijo autoritario, justo cuando el tenedor hacía su último viaje a mi boca. —No hace falta —repliqué, sorprendido por su intromisión. —Sí que hace falta. No quiero que vuelvas a enfermarte —respondió con un tono que sabía bien cómo estaba enterado. —¿Cómo lo supiste? —pregunté, buscando una respuesta que ya intuía. —Nunca olvides que eres mi hijo, Dylan. Siempre habrá quienes esperan que falles para tener de qué hablar —dijo con calma, recordándome nuestra condición. No quise prolongar la conversación, consciente de que Laura siempre se ponía nerviosa con nuestras discusiones. Asentí, recogí mis cosas y me dirigí a la salida. Me detuve un momento para despedirme de Laura, quien me regaló una sonrisa tímida, aparentemente ajena a las tensiones que habían teñido el desayuno. —¡Dylan! —llamó mi hermana, justo cuando estaba a punto de salir. —¿Qué ocurre, nena? —pregunté al ver su rostro preocupado. Sus ojos, idénticos a los de mamá, brillaban con una mezcla de esperanza y tristeza. Era imposible decirle que no. —Pronto será mi cumpleaños y me gustaría que tú y papá… traten de hacer las paces. ¡Creo que a mamá le encantaría! —confesó, con un ligero temblor en la voz. Un nudo se formó en mi garganta. El resentimiento hacia papá aún ardía, pero la súplica de mi hermana lo hacía soportable, al menos por ella. —Haré lo posible, de acuerdo —acepté finalmente. Al instante, sus ojos se iluminaron como el amanecer. Salí de casa y me subí al auto con Raúl, el chofer de papá. El trayecto a la escuela transcurrió sin incidentes. Estando en la escuela, sentía las miradas sobre mí, como si estuviera en el centro de atención sin saber por qué. Esa incómoda sensación se intensificó con la llegada de Emma. —Si antes la situación era complicada y solo el 15 % de la escuela lo sabía, ahora será mucho peor. Será mejor que te prepares —me advirtió Emma, saludándome de forma inusual. —¿Te refieres a las miradas y los murmullos? No tengo idea de qué hablas —contesté, confundido. Emma sacó su móvil y, al mostrármelo, entendí todo. Ahí estaba una noticia de la universidad, resaltando una imagen mía junto a mi padre. El titular rezaba: “El heredero falta a clases por un fuerte dolor de uña” y “Alivia su dolor con una buena dosis en el Fairplex en compañía de becarios”. Era humor sarcástico, con un toque clasista que no pasé por alto. No necesitaba investigar para saber quién estaba detrás de esto: Darla. —¡Wow, viejo! ¿Ya viste las noticias? Creo que nos hemos metido en problemas —exclamó Max, claramente preocupado. —¡Sí, ya las vi! —respondí, intentando mantener la calma. De repente, Emma alzó la mirada, sorprendida por algo. —¡chicos! Yo también me sorprendí al ver que Lucy estaba allí con su madre. El aire se cargó de tensión. Lucy, con solo girar la cabeza y mirarnos, nos transmitió un claro mensaje: mantente al margen. Al entrar en clase, la atmósfera seguía siendo densa. La maestra nos llamó a Max y a mí, indicándonos que debíamos ir a dirección. Aceptamos sin reparos, aunque la incertidumbre se escondía detrás de cada paso. Al llegar, encontramos a Emma, retraída en una silla, como si la sala hubiera absorbido sus colores. Lucy salió finalmente, con una expresión seria, que partía corazones. Su madre, emanando autoridad en su imponente atuendo oscuro y rojo, traspasó con su mirada. Era como ver a una versión más madura de Lucy, una presencia igualmente deslumbrante y sofocante. —Deberías elegir mejor a tus amigos y, preferiblemente, de tu misma clase social. Nos veremos en casa… tú también, Max, no le des preocupaciones a tu madre —habló la madre de Lucy con firmeza y sin dirigirme siquiera un vistazo. Sabía que esas palabras fueron por mí. Intenté recogerme en mí mismo, combatir esa sensación de incomodidad que erizaba mi piel. Lucy y su madre se alejaron, su silueta se desvanecía mientras yo bajaba la mirada, incapaz de mantener el contacto visual. Después de la charla obligatoria con el director, donde puso a nuestros padres al tanto de la situación, regresamos a clase. Claro, mi padre ya sabía todo. La campana anunció el fin de la clase y, como siempre, Max y yo nos dirigimos a la cafetería. Era casi un ritual compartir las charlas y risas del almuerzo junto a nuestro grupo. Sin embargo, este día se sentía diferente. Noté que las chicas nos observaban con más insistencia de lo habitual, pero no le di mucha importancia al principio. Y como de costumbre, los chicos nos molieron con sus comentarios y las bromas por la nota de Darla. Estábamos en medio de carcajadas, cuando David, con su insaciable sed de chismes, nos apuntó con una sonrisa traviesa. —¡Oigan, chicos! —exclamó, atrayendo toda nuestra atención como un imán—. ¡Hay otro chisme fresco sobre Lucy! Max apenas abrió la boca para preguntar, pero yo me adelanté, impulsado por la curiosidad. —¿Qué chisme? —inquirí, sin poder evitarlo. David se inclinó un poco hacia delante, como si compartiera un secreto de Estado. —Dante la invitó a salir para hacer las paces, ya saben, por el lío de la otra vez —murmuró—. ¡Y parece que ella aceptó! Sus palabras cayeron sobre mí como una cascada de agua helada. Sentí que mi pecho ardía y, al mismo tiempo, se contraía. Los celos, punzantes e inevitables, se enroscaron en mi interior. Pretendí seguir comiendo, pero el sabor se había esfumado de mi plato. Cada bocado se volvió insípido, casi insoportable. Y como si el destino disfrutara del drama, justo en ese instante, Lucy entró a la cafetería acompañada de Emma. Mi corazón, que ya latía al doble de su velocidad normal, hizo una pausa breve y poderosa, antes de reanudar su precipitado ritmo. “Si he de perderme, que sea en la eternidad de tu verde mirada.” Con amor, Dylan.
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