El hombre se tropezó, cayó sobre el fango y, aun así, no dejó de escaparse. Se arrastró como si lo persiguiera el demonio, mientras la gente se apartaba y miraba la escena entre murmullos de terror. Hundió los dedos, dejó surcos, reptó por encima de los deshechos que los habitantes de la aldea tiraban a la calle. Gimiendo, se giró para mirar al joven que caminaba detrás de él.
Con las manos en los bolsillos, Astaz pisaba sobre el barro y dejaba huellas firmes y precisas. La gente se apartaba de la capa roja como si estuviera hecha de sangre. Se apartaba de él como si transportara la peste. Se apartaba de la oscuridad que había en sus ojos como si una mirada pudiera enviarlos al infierno.
El hombre continuó arrastrándose hacia atrás, murmurando cosas inentendibles. El joven sonrió. Hizo un movimiento con la mano y un grito resonó en toda la aldea. La esposa de la víctima, a un lado, temblaba. Tapaba los ojos de sus hijos.
Astaz estaba cansado de perseguirlo. Con otro movimiento de la mano, le rompió los huesos de los dedos, uno por uno, despacio. Había más que desprecio en sus ojos. Detrás de su sonrisa, mientras lo observaba retorcerse y llorar, había un odio muy profundo.
...
La novela estará disponible en Amazon