Ese último tiempo Adriana había estado como más dulcificada. Seguían teniendo sexo, por supuesto. Pero en ocasiones bajaba con comida, pizza, pollo frito, helado o lo que fuera y le daba de comer en la boca. Luego veían alguna película. A veces ella empezaba a tocarle el pene y ante su negativa (y mucho esfuerzo mental para que no se le parase) lo inyectaba con el afrodisíaco ese y tenía sexo con él. Pero mucho más pausado, con menos frenesí. Le daba besos dulces en la cara, en el pecho. Él no entendía bien que estaba pasando o que quería ella ya de él. Dante no tenía idea, pues había perdido la concepción del tiempo, de que él contrato que había firmado como guardaespaldas por tres meses se estaba acabando y que ella, a su modo, se estaba despidiendo. La noche anterior a dejarlo ir, l

