Primero fue el frío. Luego el vértigo. Y después, la rabia que se encendió lenta, como un fósforo rozando la caja. Una imagen. Una frase letal. "No necesitas buscar más al traidor, lo tienes a tu lado." La foto era un disparo directo al corazón: Luciano, de pie, estrechando la mano de Ricardo Salinas frente a la elegante fachada de una mansión. Ninguna ambigüedad. Ninguna excusa visible. El estrépito de la cuchara al caer contra el suelo de cerámica reverberó como una sentencia. Linda no podía respirar. El peso del dolor y la desconfianza le apretaba el pecho, como si la salsa hirviendo también hubiera salpicado su alma. Luciano, al ver su palidez súbita, se acercó rápido, alarmado. —¿Linda? ¿Te sientes bien? Ella no respondió. Solo alzó la mano temblorosa, mostrándole la pantalla.

