El cristal tembló en la mano de Linda. Durante un momento, pareció que realmente podría hundírselo en la carne. Pero algo dentro de ella, una chispa de lucidez, la obligó a soltarlo. La copa rota cayó al suelo, rebotando entre fragmentos de vidrio. La ira, sin embargo, no se extinguió. Con movimientos rápidos, casi feroces, Linda agarró un pequeño cazo de consomé caliente que descansaba en la mesa y, sin pensarlo dos veces, se lo arrojó a Ricardo en pleno rostro. La sala estalló en gritos. El líquido resbaló por su cabello engominado, chorreando sobre su traje impecable. La sonrisa arrogante de Ricardo se desfiguró al instante, transformándose en una máscara de ira y asombro. Linda retrocedió, el pecho agitado, saboreando por un segundo una efímera victoria. Hasta que se giró... Y lo

