Luciano vio ese ademán y le ardió el estómago como si hubiera tragado carbón encendido. Contuvo el impulso de apartarlo de un empujón. Prefería tragarse el orgullo antes que dar a Linda —ni a nadie— una escena de celos que pudiera estropear aún más su imagen. Sin embargo, la incomodidad se reflejaba en su expresión, filtrándose en la rigidez de su mandíbula y el apretón sutil de sus puños. Al fondo, Rebeca, recién llegada, también presenciaba la situación con una sonrisita ladina, apenas curvada, que sabía a victoria. No necesitaba intervenir; la tensión creciente entre Tomás y Luciano le satisfacía más de lo que deseaba admitir. Si Linda encontraba en Tomás un apoyo, tanto mejor para mantener a Luciano lejos de ella. Mientras Tomás hablaba efusivamente con Linda sobre maridajes y planes

