Casi al amanecer Linda se sentó en la cama de golpe, empapada en sudor frío, con el pecho agitado y la respiración cortada. Sus manos buscaban a tientas las sábanas como si aún pudiera detener el colapso que acababa de presenciar en sueños. Había tenido una pesadilla extraña: el restaurante se derrumbaba ante sus ojos, los platos estrella quedaban destrozados en el suelo y, en un rincón envuelto en sombras, Ricardo Salinas reía con crueldad. Al girar la cabeza, veía la silueta de Rebeca susurrándole al oído. ―Te lo dije… no confíes en él. Tardó varios segundos en reconocer que estaba en su habitación y no en medio del desastre. El sol apenas despuntaba por la ventana, dibujando líneas anaranjadas sobre las paredes. Esa sensación de presagio aún le palpitaba en el estómago, como si la n

