El bullicio no se hizo esperar. El plató se convirtió en una colmena efervescente de voces, pasos apresurados y utensilios tintineando sobre las superficies metálicas. Todos los participantes corrieron a sus estaciones asignadas, ansiosos por descubrir qué ingredientes les tocarían. En la estación once, Linda y Luciano permanecieron en un silencio áspero y frágil, como si el más leve roce de palabras pudiera desencadenar una tormenta. Un asistente se acercó con una caja de madera marcada con el número 11 y la colocó entre ellos sin hacer preguntas. Al abrirla, el aroma de productos frescos escapó como un suspiro liberado, ají dulce, yuca, plátanos, legumbres variadas y un queso criollo de olor penetrante y tentador. Ingredientes humildes, pero rebosantes de posibilidades y, sin

