Al día siguiente, el titilar frenético de las luces sobre el gigantesco plató provocaba un efecto hipnótico, casi ceremonial, como si cada destello marcara el compás de un ritual antiguo. Subían y bajaban en intensidad, formando una ola multicolor que lamía cada rincón del set, reflejándose sobre el acero de los fogones, las mesas pulidas y los cuchillos relucientes. En el corazón de aquel galpón acondicionado con precisión quirúrgica para la filmación, se reunían los cien concursantes restantes. Cada uno cargaba más que una maleta de cuchillos, traían en sus espaldas una mezcla de sueños, miedos y la desesperada esperanza de convertirse en la próxima estrella de la gastronomía nacional. Más aún, de coronarse como el ganador absoluto de El Último Chef en Pie. Desde fuera, la escena

