La noche se cernía sobre Mérida con el rumor de una llovizna anunciada por las nubes bajas y el aire impregnado con el aroma denso del musgo húmedo y la neblina que reptaba entre los árboles. Luciano terminaba otra extenuante jornada en Selecto Paladar, su cuerpo adolorido, y la mente saturada tras los altibajos de su relación con Rebeca. Mientras se secaba el sudor de la frente y guardaba sus cuchillos en el maletín, un pensamiento no dejaba de atormentarlo. El tiempo se le escurría entre los dedos como arena mojada. Debía encontrar una forma de escapar de la opresión en la que se había sumido. Las luces de la cocina estaban atenuadas, y solo quedaban unos cuantos focos encendidos para el personal de limpieza. Se disponía a apagar su teléfono y desconectarse del mundo cuando este

