No podía quedarse con la duda. Con extrema cautela, como si sus propios pasos pudieran despertar los demonios que aún dormían, deslizó la mano hacia el teléfono de Tomás, que reposaba en la mesita de noche, apenas iluminado por la tenue luz ámbar de la lámpara. Sabía el patrón de su huella dactilar; él mismo se lo había mostrado alguna vez, en un gesto de aparente confianza que ahora le parecía una ironía cruel. Con un leve cosquilleo de culpa, lo desbloqueó. Las notificaciones parecían inofensivas, chats laborales, correos anodinos, mensajes casuales, todo cuidadosamente limpio. Pero algo dentro de ella le gritaba que debía ir más allá. Era como si el silencio del teléfono escondiera un grito agudo y profundo. Revisó los chats archivados. Y allí lo encontró. Andrea. Linda sin

