La tarde siguiente llegó con una tensión que se filtraba hasta en el vapor del café. Altamirano Gourmet abrió sus puertas temprano, con el silencio solemne de un templo antes de una ceremonia. Linda vestía de blanco, el cabello trenzado con firmeza, los ojos encendidos de determinación. El salón estaba perfectamente arreglado: vajilla pulida, cubertería alineada, cristales brillantes. Todo relucía. Todo parecía en su lugar. Pero dentro de cada m*****o del equipo, la inquietud era un cuchillo escondido bajo la piel. En la cocina, Tatiana fue la primera en hablar. —¿Vamos a cambiar el menú? Linda negó con la cabeza. —No. Vamos a hacerlo mejor. Un silencio denso. Luego, Manuel asintió. Germán bajó la mirada. Y entonces, como una corriente que enciende los motores, todos comenzaron a move

