La humillación de Luciano quedó patente. Un intenso calor se adueñó de su rostro, y notó las miradas de sus compañeros, atónitos e incapaces de interceder. Nadie quería ganarse la ira de Rebeca Villamizar.
—Limpiaré todo de inmediato —afirmó Luciano, intentando sonar servicial y suplicante a la vez. Su dignidad pendía de un hilo, pero prefería eso a perder el empleo con el que siempre había soñado.
—Claro que lo harás —concedió Rebeca con un tono glacial—. Pero eso no resuelve el daño. ¿Quién me pagará el traje? ¿Mi tiempo perdido? Este lugar no puede operar con gente tan… torpe.
La última palabra fue un puñal directo. El silencio volvió a reinar unos segundos hasta que Remigio Altamirano irrumpió en la escena, alarmado por el revuelo.
Al verlo, Rebeca suavizó su postura solo un poco, intentando preservar su apariencia de mujer intachable. Remigio, con su porte imponente y el cabello entrecano, era la otra mitad de este emporio gastronómico. Sin embargo, él solía tener un temple más conciliador que su esposa.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó, recorriendo con la mirada los restos del pastel esparcidos por el suelo y la desastrosa imagen de su esposa cubierta de glaseado.
—Este joven —Rebeca señaló con el dedo a Luciano— arruinó mi atuendo y puso en riesgo la reputación del restaurante. Debe haber un límite para la incompetencia, ¿no crees?
Los ojos de Remigio se posaron en Luciano, quien inclinó la cabeza en señal de disculpa y respeto. Se notaba que el muchacho estaba a punto de disculparse por décima vez, pero el empresario alzó la mano para detenerlo.
—Fue un accidente, Rebeca —afirmó con un tono mesurado—. Y no vamos a desperdiciar a uno de nuestros chefs más prometedores por un… incidente. Montenegro, limpia esto y asegúrate de cubrir cualquier gasto que la señora Villamizar haya tenido que afrontar por culpa de tu descuido.
Luciano inspiró una bocanada de aire, aliviado. No lo despedían. Al menos, no de inmediato.
Rebeca apretó los labios con visible molestia. No era lo que ella esperaba. Tenía la convicción de que el puesto de Luciano pendía de un hilo y, sin embargo, ahí estaba Remigio, dándole otra oportunidad. Aunque, pensándolo bien, si lo dejaba permanecer, tal vez habría otro modo de demostrarle que, en el mundo de Altamirano Gourmet, ella no olvidaba ni perdonaba con facilidad.
El joven chef bajó la mirada en señal de obediencia, pero, por un instante fugaz, sus ojos revelaron un destello de orgullo herido. Un pequeño desafío que Rebeca alcanzó a percibir. Fue algo mínimo, un segundo de rebeldía antes de que él volviera a agachar la cabeza. Pero para ella, bastó para entender que no se trataba simplemente de un novato sumiso. Había algo más profundo ahí, algo que podía ser peligroso y, a la vez, potencialmente útil.
Las siguientes horas se convirtieron en un suplicio para Luciano. Se pasó la mañana entera limpiando los restos de pastel en la entrada, reemplazando la alfombra manchada y escuchando las risas ahogadas de algunos de sus compañeros, que comentaban en voz baja la escena. Entre cepillos y paños, luchó contra la rabia, recordando las palabras frías de Rebeca, que retumbaban en su cabeza una y otra vez.
—Maldita mujer —murmuró para sí, echando un vistazo discreto a la sala VIP, donde Rebeca solía instalarse—. Algún día, cuando sea reconocido, le demostraré que no soy ningún torpe.
En la cocina reinaba la tensión. Muchos empleados intuían que Rebeca exigiría castigos más severos para Luciano, pero Remigio, en un inusual acto de clemencia, había decidido no llevar el asunto más lejos. Aun así, todos temían que la situación no quedara ahí.
Mientras tanto, Rebeca se encontraba sentada en la zona más exclusiva del restaurante, con una copa de vino blanco enfrente y su traje ya cambiado por otro de tono azul plomo. En su rostro, el gesto imperturbable que la caracterizaba. Podría parecer relajada, pero su mente funcionaba a toda velocidad, dándole vueltas a lo sucedido. Se preguntaba por qué Remigio había protegido a ese muchacho. ¿Acaso le veía potencial? ¿O era simplemente un capricho de su marido, que odiaba los despidos repentinos?
Pese al incidente, los clientes seguían llegando, atraídos por la fama de la cocina de Altamirano Gourmet. Los meseros, ansiosos por retomar la normalidad, se afanaban en hacer su trabajo con el mayor cuidado, temiendo que un simple tropiezo provocara otra catástrofe que alimentara la ira de Rebeca.
Finalmente, Luciano logró terminar de limpiar el lugar de los hechos, se cambió de ropa y volvió a la cocina para continuar con sus labores pendientes. Cada vez que pasaba por la puerta de la sala VIP, sentía un escalofrío recorrerle la espalda. Aquella mujer no era de las que olvidaban fácilmente.
—Tú puedes, Montenegro —se dijo en voz baja—. Has trabajado duro para estar aquí. No dejes que un error te arrebate tu sueño.
Pero, mientras se llenaba de valor, un pensamiento se le coló en la mente: la imagen de Rebeca, con el glaseado pegado a su rostro y sus ojos furiosos clavados en él. Parecía un ser de otro mundo, un peligro latente. Aun así, Luciano no podía negar que, en su elegancia y porte distante, había algo que ejercía una extraña fascinación, casi un magnetismo que le producía rechazo y, al mismo tiempo, curiosidad.
Entretanto, en la sala VIP, Rebeca bebió un sorbo de vino y deslizó su mirada por la reluciente cristalería. Con un movimiento suave, se acomodó el cabello detrás de la oreja. Un empleado se acercó para preguntarle si deseaba algo más, pero ella simplemente negó con la cabeza, algo ausente.
Le parecía insólito haber sido humillada frente a sus propios empleados y que la situación concluyera con una disculpa y un simple "limpia el desastre". Pero, por otro lado, sentía la adrenalina de quien ha descubierto un nuevo objetivo.
El joven chef Montenegro no era como los demás: se disculpaba, sí, pero sus ojos escondían un brillo que la intrigaba. Ese brillo podía convertirse en fuego si ella lo avivaba de la manera correcta.
—Veremos de qué estás hecho, Luciano Montenegro —murmuró, apenas moviendo los labios. Luego tomó otro sorbo de vino, deleitándose con la idea de un nuevo juego de poder que tal vez se estaba incubando sin que nadie lo notara.
Mientras el sol seguía su ascenso en el cielo merideño, la ciudad continuaba con su actividad normal. Autos, motos y autobuses circulaban, la gente se movía, y la vida parecía ignorar el conflicto que acababa de gestarse en el interior de Altamirano Gourmet. Pero, para quienes presenciaron la escena, la tensión era palpable. Muchos comentarían el tema al final del turno, especulando si Luciano aguantaría la presión o si, por el contrario, se marcharía con la cola entre las piernas.
El sabor del pecado apenas comenzaba a palparse en el aire, y, sin embargo, ambos protagonistas ignoraban hasta qué punto sus destinos habían quedado ligados para siempre.
Rebeca y Luciano, dos polos opuestos, habían cruzado sus caminos de la peor manera posible, sentando las bases de una relación que, con el tiempo, se tornaría cada vez más compleja, más intensa y… más peligrosa.
Porque en el mundo de Altamirano Gourmet, donde se prepara con esmero cada plato para deleitar a los paladares más exigentes, se estaba cocinando algo mucho más oscuro, un plato en el que la traición, la ambición y el deseo serían ingredientes inevitables.
Mientras uno luchaba por hacerse un nombre y conservar su dignidad, la otra jugaba con ventaja, anhelando imponer su voluntad sin tolerar la más mínima insubordinación. Lo que ninguno de los dos sabía era que, en ocasiones, el poder y la pasión pueden entrelazarse de formas tan imprevisibles como peligrosas.
Y así, tras la humillación y el escándalo silencioso, se alzaba el telón de una historia cuyo desenlace, todavía lejano, marcaría un antes y un después en la familia Altamirano y en todos los que gravitaran a su alrededor. Porque, cuando el pecado se saborea por primera vez, no hay vuelta atrás, y el anhelo de probar más puede acabar devorándolo todo.