Más tarde, el ambiente en la sede principal de Altamirano Gourmet se percibía denso. La tensión entre la gerencia y el personal no dejaba de crecer, especialmente porque los rumores sobre las victorias de Selecto Paladar corrían de boca en boca. Se decía que habían organizado eventos con críticos de renombre, que sus menús estaban revolucionando la cocina local… Todo apuntaba a un éxodo de clientes hacia el nuevo lugar de moda.
Luciano, tras su descanso, se dirigió a la zona trasera del establecimiento. Aún pensaba en lo que había visto en la plaza cuando se encontró de frente con Rebeca Villamizar. Ella también parecía alterada por lo ocurrido con Ricardo, pero lo último que haría sería demostrar flaqueza ante uno de sus empleados.
—Montenegro —lo llamó con su tono habitual—. ¿Sigues aquí dando vueltas?
—Terminé mi descanso hace un rato, señora —respondió él, tratando de sonar neutral—. Estoy por retomar mis tareas en la cocina.
Ella lo miró con una sonrisa sarcástica en los labios.
—Espero que no vuelvas a repetir accidentes torpes como el de la vez pasada. Ya sabes que las reinas no toleramos que alguien arruine nuestra corona.
Luciano se mordió la lengua para no responder con algo que pudiera costarle el empleo. Aun así, dejó escapar una pizca de ironía.
—Tranquila, señora. Aprendí la lección. Mantendré las cajas lejos de su augusta presencia.
Los ojos de Rebeca brillaron con molestia. Se aproximó un paso más, haciendo resonar sus tacones sobre el piso de azulejos.
—No te equivoques, Montenegro. Estás aquí porque Remigio cree que tienes talento. Pero cualquiera puede ser sustituido. —Hizo una breve pausa—. Y, a propósito de tu “talento”, harás una limpieza profunda este domingo en la cocina. Quiero todo reluciente: pisos, encimeras, hornos… hasta la última baldosa. Tus compañeros estarán libres, pero tú te encargarás de eso.
—¿Disculpe? —Luciano frunció el ceño—. Creo que ese tipo de tareas no me corresponden. Yo soy uno de los chefs…
—Aquí las órdenes las doy yo —sentenció ella, con un matiz afilado—. ¿O prefieres que hable con Remigio sobre tu incompetencia y tus aires de grandeza? Si no te gusta, la puerta está abierta.
Luciano contuvo el impulso de protestar. Sabía que no podía arriesgarse a enfrentarla abiertamente, no cuando cada día de experiencia en Altamirano Gourmet era vital para su carrera. Se obligó a bajar la mirada, aunque por dentro ardía de rabia.
—Está bien. Lo haré.
La sonrisa de Rebeca se ensanchó, satisfecha.
—Perfecto. Y procura no olvidarlo. El domingo, a primera hora.
Sin más, se dio media vuelta y continuó su camino, dejando atrás a un Luciano que sentía cómo su orgullo se resquebrajaba de nuevo. El recuerdo del accidente con las cajas de pastel volvía a su mente, pero ahora no era solo culpa: era un profundo resentimiento contra esa mujer que parecía disfrutar humillándolo.
Ya casi terminaba la jornada cuando Luciano entró en la cocina de Altamirano Gourmet, inundada por el aroma de salsas reduciéndose a fuego lento y el constante repiqueteo de utensilios sobre ollas y sartenes. Allí, un par de chefs veteranos conversaban animadamente, recordando viejos tiempos. Luciano, con disimulo, se quedó escuchando parte de la charla mientras preparaba unos vegetales.
—¿Te acuerdas de la niña Linda? —comentó uno de los cocineros, un hombre mayor con bigotes canosos—. Siempre se la pasaba corriendo por aquí, experimentando con especias que robaba de la despensa de su padre.
—Cómo olvidarlo —respondió su compañero—. Más de una vez tuve que sacarla de la cocina para evitar que se lastimara. Nunca hacía caso, era muy rebelde. Pero, eso sí, tenía un talento nato. Solo con oler un plato, adivinaba los ingredientes principales.
—Dicen que ahora, después de estudiar en el extranjero, vendrá a renovar la carta. Quién sabe si vuelve convertida en una princesa mimada. A veces los estudios en Europa se le suben a la cabeza a la gente.
El primer cocinero negó con la cabeza.
—Linda siempre fue distinta. Puede que tenga un carácter fuerte, pero jamás la vi subestimar a nadie. Algo me dice que traerá buenas noticias para el restaurante. Y la verdad, falta nos hace. Selecto Paladar nos está comiendo terreno.
Luciano no estaba acostumbrado a escuchar el nombre de Linda con tanta admiración. Al parecer, no era la típica heredera que vivía de fiestas y lujos. Se preguntó cómo sería verla desenvolverse entre los fogones.
En ese momento, uno de los cocineros jóvenes soltó un comentario sarcástico:
—Seguro vuelve hecha una reina, haciendo competencia a la señora Rebeca. Imagínate, la reina madre y la princesa peleándose por ver quién manda más.
Las risas no tardaron en aparecer, aunque algunos de los más veteranos prefirieron no bromear con eso. Conocían demasiado bien el carácter irascible de Rebeca.
Luciano siguió cortando vegetales, pensativo. ¿Realmente Linda sería la salvación de Altamirano Gourmet? ¿O terminaría siendo un obstáculo más, como su madrastra?
Tras la conversación sobre Linda, uno de los cocineros mayores se acercó a Luciano con gesto serio. Era un hombre con arrugas marcadas en el rostro y manos curtidas por años de sostener ollas y cuchillos. Lo miró con preocupación.
—Muchacho, un consejo: no provoques a la señora Rebeca más de lo necesario. Es una mujer que no olvida ofensas. Yo la he visto hacerles la vida imposible a buenos empleados solo por contradecirla. Si te toma entre ceja y ceja, olvídate de tener futuro aquí.
Luciano tragó saliva. Aunque ya lo había intuido, escuchar esa advertencia de un veterano confirmaba que su situación era delicada. Respiró hondo y le agradeció con un leve asentimiento.
—Lo tendré en cuenta.
Aun así, su orgullo se revolvía. No era fácil tragarse los desplantes de Rebeca, pero parecía la única opción si quería aprender en el corazón de la alta cocina merideña.
Mientras terminaba sus labores, sintió un escalofrío. Volteó la cabeza y vio a Rebeca en el pasillo que conducía a la oficina principal, mirándolo con una intensidad extraña. No supo describir si era rabia, curiosidad o cierta atracción malsana. Fue un segundo apenas, pero ella no apartó la vista de inmediato.
Al percatarse de que él la había visto, Rebeca se giró con brusquedad y se fue, dejando a Luciano con el corazón latiendo demasiado rápido en su pecho.
¿Acaso era pura hostilidad? ¿Había algo más?
Prefirió concentrarse en la receta que debía terminar, aunque la imagen de esos ojos implacables lo acompañó durante el resto de la tarde.
Esa misma noche, Remigio y Rebeca discutían en privado lo ocurrido con Ricardo Salinas. Él, con gesto preocupado, le comentó a su esposa que había escuchado un rumor inquietante: algunos inversionistas extranjeros podrían estar tentados a invertir en Selecto Paladar.
Esa inyección de capital podría convertir a la competencia en un gigante, con más recursos para marketing y fichajes de chefs reconocidos.
—Esto no pinta bien, Rebeca —decía Remigio, mirando por la ventana de su despacho, que daba a la ciudad iluminada—. Si consiguen el respaldo de esos inversionistas, podrían expandirse rápido. Más rápido de lo que podamos reaccionar.
—Debemos defender lo nuestro —sentenció ella con frialdad—. Deja que yo me ocupe de algunas negociaciones discretas. No podemos permitir que Altamirano Gourmet pierda su lugar.
—Sí, claro. —Remigio se llevó la mano a la frente, con expresión de cansancio—. Pronto llegará Linda, y espero que con su ayuda logremos un renacimiento de nuestra marca.
Por un instante, Rebeca no dijo nada. Solo fijó la vista en su marido y, en su interior, sintió la punzada de rabia que siempre le producían las alabanzas a Linda. Aun así, se guardó la reacción, porque lo último que necesitaba era que Remigio sospechara de sus verdaderas intenciones.
En cambio, asintió con lentitud, aparentando concordar.
La jornada terminó con un ambiente enrarecido. Altamirano Gourmet cerró sus puertas al público, y los empleados se fueron retirando uno a uno.
Luciano se quedó un rato más en la cocina, revisando los apuntes de las recetas que debía perfeccionar. No podía evitar pensar en lo humillante que sería presentarse el domingo para limpiar la cocina como si fuera un simple conserje. Pero, al mismo tiempo, sabía que esa era la realidad de enfrentarse a Rebeca Villamizar.
Cuando finalmente salió, la noche ya había cubierto la ciudad.
La Plaza de Milla estaba tenuemente iluminada por las farolas, y algunos vendedores ambulantes recogían sus puestos. El violín del músico callejero había desaparecido, reemplazado por el canto de los grillos.
Respiró el aire fresco y miró hacia el edificio donde se ubicaba Selecto Paladar. Las luces seguían encendidas, y en su fachada se percibía actividad, como si los planes para el siguiente día no descansaran.
"Están trabajando duro", pensó con algo de inquietud.
La reina en las sombras
Por su parte, Rebeca Villamizar se acomodó en el asiento trasero de su camioneta negra, que la recogería para llevarla de regreso a la Mansión Altamirano.
Antes de que el chofer arrancara, echó un último vistazo a la sede del restaurante, preguntándose cuánto tiempo podría sostener este juego sin que Remigio o Linda se dieran cuenta de sus verdaderos objetivos.
Sonrió de medio lado, recordando la forma en que Luciano la había mirado durante el día, con un rencor y una chispa de rebeldía que la divertían y la irritaban por igual.
Con un suave movimiento, la camioneta se puso en marcha, alejándose de la plaza y llevándose con ella los secretos y maquinaciones que poco a poco iban ensombreciendo la reputación de Altamirano Gourmet.
Desde la distancia, parecía todo tranquilo, con la ciudad sumida en la paz nocturna.
Pero en realidad, las sombras se cernían cada vez con más fuerza sobre la familia Altamirano y sus negocios.