Luciano, en medio del huracán, ocupaba una posición miserable. Compartía habitación con Estrella, quien aprovechaba cada momento para presionarlo. —No seas tibio, Luciano, toma partido. Si no lo haces, la gente creerá que apoyas a esa tipa —le dijo una noche, rozando su brazo con una caricia calculada. Luciano dudó, su mirada vagó hacia el suelo, temía el rechazo, temía la soledad. Linda ya no le dirigía la palabra como antes, y Estrella tenía poder, así que, con la garganta cerrada, asintió. —Está bien... te acompañaré. Estrella lo recompensó con un beso inesperado, frío, forzado, justo frente a la cámara que pasaba por allí. Fue un acto teatral, Luciano sintió que se traicionaba a sí mismo, y Linda, desde el corredor, vio el gesto. Su mandíbula se tensó, y bajó la mirada, mor

