El amanecer en la mansión de El Último Chef en Pie, que usualmente brindaba un breve remanso antes del caos televisivo, amaneció cargado de nubes espesas, como un presagio inevitable. La tensión era tan densa que parecía colarse por las rendijas de las puertas, expandiéndose como vapor hirviente por cada pasillo. Los concursantes, rotos en sus vínculos, se desplazaban con cautela, evitando cruzarse con “el otro bando”. La pelea en la jaula, organizada supuestamente para “liberar tensiones”, había dejado heridas abiertas. Las risas de días pasados se habían convertido en silencios suspicaces, y hasta los sonidos de las tazas sobre el mármol parecían más fríos que antes. Aquel lunes, más que inicio de semana, era campo de batalla psicológico. El desayuno se tomaba por turnos. Varios

