Capitulo 01
Alaia Olavarría
Chelmsford me recibía con un aire gélido que calaba hasta los huesos, pero no me importaba. Era mi primera vez en esta ciudad y estaba absolutamente fascinada.
Caminar por las calles con sus fachadas victorianas y sus farolas de luz cálida, me hacía sentir dentro de una película de época.
Entré al hotel Savoy con los brazos cargados de bolsas de compras; me había dejado llevar en las boutiques de Bond Street. Había comprado un par de vestidos de seda, lencería fina y algunos detalles que, según yo, dejarían a Tristan con la boca abierta en la cena de clausura de su conferencia. Me sentía vibrante, llena de una energía que solo el viaje y la novedad pueden darte
—Ene maitea, qué cansancio... —susurré para mis adentros mientras esperaba el ascensor, sintiendo el peso de las bolsas en mis dedos.
Subí a la cuarta planta tarareando una melodía suave, sintiéndome ligera, casi feliz. Al llegar frente a la suite 402, saqué la tarjeta magnética con cierta torpeza. La deslicé por la ranura y, en cuanto escuché el clic mecánico de la cerradura, empujé la puerta con el hombro, esperando encontrar a Tristan revisando sus notas o quizás pidiendo algo de cenar.
Pero el sonido que me recibió no fue el silencio acogedor de una habitación de lujo
Fue un jadeo. Un sonido agudo, rítmico, cargado de una urgencia animal que me detuvo el corazón en seco.
Mis manos se aflojaron de inmediato. Las bolsas cayeron al suelo con un golpe seco que resonó en el pasillo, pero yo ni siquiera parpadeé. Mis ojos se clavaron en la cama king size, donde la pulcritud de las sábanas blancas había sido reemplazada por un caos de cuerpos. Tristan, mi prometido, el hombre que me juraba respeto y que decía que "esperaría mi momento" porque yo era una mujer para atesorar, estaba allí. Sus manos apretaban con fuerza las caderas de Sarah, su secretaria, quien estaba montada sobre él, con la espalda arqueada y la blusa abierta de par en par, dejando que él devorara su piel.
—¡¿Pero qué diablos está pasando aquí?! —el grito salió de mi garganta como un desgarro.
El efecto fue instantáneo. Tristan se quedó lívido, como si la muerte misma hubiera entrado por la puerta. Sarah soltó un chillido ahogado y rodó hacia el otro lado de la cama, intentando cubrirse con las sábanas revueltas en un gesto inútil de modestia.
—¡Alaia! ¡No, espera! —Tristan saltó de la cama tropezando con sus propios pantalones, que estaban enredados en sus tobillos. Su rostro, usualmente perfecto y controlado, era ahora una máscara de pánico y sudor.
—¡Se supone que vine a acompañarte a una conferencia! —exclamé, sintiendo cómo la sangre me hervía en las venas, quemándome por dentro—. Se supone que estabas trabajando, que tenías reuniones importantes... ¡y resulta que te estás acostando con tu maldita secretaria en nuestra propia cama! ¡¿Qué diablos te pasa, Tristan?! ¡¿Un año de mentiras para esto?!
—¡Cariño, escúchame! Fue un error, la situación se salió de control, yo no quería... —él se acercó a mí, intentando subirse los pantalones con una mano mientras estiraba la otra hacia mi brazo, con esa expresión de cachorro apaleado que siempre usaba para manipularme.
No lo dejé terminar. En cuanto estuvo a mi alcance, descargué toda mi furia en una bofetada que resonó en toda la suite. El impacto de mi palma contra su mejilla fue tan fuerte que su cabeza giró hacia un lado. El silencio que siguió fue sepulcral, solo interrumpido por los sollozos nerviosos de Sarah al fondo.
—No me toques —le advertí con una voz que temblaba de puro odio—. No te atrevas a volver a decir mi nombre. Eres una basura, Tristan.
—Alaia, por favor, déjame explicarte... —balbuceó él, con la marca roja de mis dedos encendiéndose en su piel blanca.
—Me importa un bledo tu explicación —espeté.
Me di la vuelta, ignorando las bolsas que seguían tiradas en la entrada. No quería nada que estuviera en esa habitación. No quería nada que tuviera su rastro o el olor de esa traición.
Salí de la suite y caminé por el pasillo con la cabeza en alto, aunque por dentro sentía que me desmoronaba.
Bajé por el ascensor sintiendo una mezcla extraña de náuseas y una adrenalina salvaje. Me sentía estúpida por haber sido tan ciega, por haberme esforzado tanto en ser la "hija perfecta" y la "prometida ideal", guardándome para un hombre que no valía ni un segundo de mi tiempo.
Al salir del hotel, el frío de la noche londinense me golpeó la cara, pero esta vez me sentí despierta.
Crucé la calle sin rumbo fijo, con los ojos empañados pero la mandíbula apretada. No iba a llorar por él. No se lo merecía. Caminé un par de manzanas hasta que vi las luces de neón de un club llamado The Iron Rose. El nombre me atrajo; yo me sentía así, como una rosa que acababa de descubrir sus espinas.
Entré al club y fui directa a la barra. El ambiente era oscuro, sofisticado, cargado de un perfume caro y un bajo que retumbaba en mi pecho. Pedí un whisky doble y me lo tomé de un trago.
El fuego bajó por mi garganta, dándome el valor que nunca supe que poseía.—Otro —le dije al barman.
—A este paso, el fuego te va a consumir antes de que empiece la noche —dijo una voz profunda a mi derecha.
Me giré lentamente, con el calor del alcohol empezando a nublar mis sentidos. Sentado a unos centímetros de mí, había un hombre que parecía esculpido en mármol. Era alto, de hombros anchos que llenaban un traje azul oscuro a medida. Su cabello era castaño rubio, peinado hacia atrás con una elegancia que gritaba dinero antiguo y poder absoluto. Pero fueron sus ojos los que me paralizaron: eran de un marrón claro, casi miel, pero con unas sutiles tonalidades verdes que los hacían brillar bajo las luces del club. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida, y su mirada era tan intensa, tan dominante, que sentí que podía ver a través de mi vestido de seda.
—Tal vez eso es exactamente lo que quiero —respondí, desafiándolo con la mirada. No sabía quién era, pero su presencia me hacía sentir pequeña y poderosa a la vez.
Él no sonreía, pero sus ojos se entrecerraron con un interés depredador. Noté que, bajo el puño de su camisa perfectamente almidonada, asomaba la punta de un tatuaje oscuro que subía por su brazo.
—¿Bailas, pequeña? —preguntó, extendiendo una mano grande, de dedos largos y seguros.
Acepté sin dudar. Me llevó a la pista de baile, donde la música se volvía más envolvente, más lenta y cargada de bajos profundos. En cuanto sus manos se posaron en mi cintura, sentí una descarga eléctrica que me recorrió la columna.
Tristan siempre me tocaba con una delicadeza aburrida; este hombre me sujetaba como si fuera su propiedad. Me pegó a su cuerpo musculoso, y yo, movida por el despecho y el whisky, rodeé su cuello con mis brazos.
Podía sentir la dureza de su pecho contra mis pechos, el calor que emanaba de él. Mientras nos movíamos al ritmo de la música, su mano bajó un poco más, rozando la curva de mi cadera, delineando mis formas con una lentitud que me hacía jadear. Le eché la culpa al alcohol, intenté decirme que era la traición lo que me tenía así, pero la realidad era que nunca me había sentido tan deseada, tan mujer.
Su aroma a sándalo y tabaco caro me mareaba más que el whisky.—Tiemblas —susurró cerca de mi oído, y su aliento caliente me hizo cerrar los ojos.
—Es el frío —mentí, aunque estaba ardiendo.
Él soltó una risa ronca, una vibración que sentí en mi propio pecho. Me tomó de la mano y, sin decir una palabra, me guio fuera de la pista hacia la zona VIP, un área restringida donde los sillones de terciopelo n***o ofrecían una privacidad peligrosa. Nos sentamos y él pidió una botella de champagne.
—¿Por qué una mujer como tú está sola en un lugar como este, buscando quemarse? —preguntó, acortando la distancia entre nosotros.
Me quedé mirándolo. Su rostro era perfecto, pero tenía una mirada que intimidaba, una autoridad que parecía natural en él. Estuve a punto de hablarle de Tristan, de la secretaria, de la suite 402, pero me detuve. No quería ser la víctima.
Quería ser la mujer que él veía ahora.
Me acerqué un poco más y, con una valentía que no reconocía, extendí mi mano para acariciar su mandíbula. Su piel era suave pero firme, y sentí la ligera fricción de su barba perfectamente recortada. El contacto hizo que mi corazón se desbocara. Él no se apartó; al contrario, se inclinó hacia mí hasta que nuestras narices se rozaron. La cercanía era insoportable y deliciosa al mismo tiempo.
—No estoy sola —susurré contra sus labios—. Estoy contigo.
Y entonces me besó. Fue un beso voraz, dominante, que me hizo olvidar mi nombre, mi pasado y mi compromiso roto. Sus labios eran expertos, moviéndose con una urgencia que me hizo soltar un pequeño gemido. Mi lengua se entrelazó con la suya, y por un momento, Londres desapareció. Solo existía el sabor de él y la presión de sus manos en mi espalda, atrayéndome más hacia su regazo.
—Necesito más de ti —gruñó él entre besos, su voz cargada de una pasión cruda—. Vayamos a un lugar más... privado.
Me tomó de la mano y me guio hacia los baños VIP de mármol n***o. Al entrar, el sonido de la música se volvió un eco lejano, pero aún podía escuchar las risas y las voces de la gente fuera, en el pasillo. Esa cercanía, el riesgo de ser descubiertos, me inyectó una dosis de adrenalina que me hizo sentir eléctrica. Me sentía una chica rebelde, una mujer que acababa de romper todas las cadenas de su educación perfecta. Me encantaba lo que estaba por hacer.
En cuanto cerró la puerta con llave, me acorraló contra la pared fría. Me besó de nuevo, bajando por mi cuello mientras sus manos subían por mis muslos, levantando la seda de mi vestido. Me giró con un movimiento firme y me obligó a apoyarme en el lavabo de mármol. El contraste entre la piedra helada y su cuerpo caliente detrás de mí me hizo jadear.—Mírame en el espejo —ordenó con esa voz autoritaria.
Me vi: el cabello castaño cobrizo desordenado, los ojos brillantes de deseo y una expresión que nunca había visto en mí misma. Él bajó mis bragas y, sin más preámbulos, se posicionó detrás de mí. Lo sentí, grande y firme, presionando contra mi entrada virgen. En un impulso poderoso, se hundió en mí de un solo golpe.
Un grito de dolor y sorpresa escapó de mis labios, rebotando en los azulejos negros.
Me tensé, aferrándome al borde del lavabo con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Podía escuchar a alguien pasar por el pasillo exterior, una risa femenina, y eso me hizo apretar los dientes.
La adrenalina de lo prohibido empezó a transformar el dolor en una pulsación vibrante.
Él se detuvo, con su respiración golpeando mi nuca.—Maldita sea... eres virgen —gruñó, y pude sentir la sorpresa en su voz, incluso un rastro de duda.
—No te detengas —le supliqué, girando la cabeza para buscar sus labios—. Por favor, no pares ahora. Hazme tuya.
Él soltó un suspiro atormentado y volvió a moverse, pero esta vez con una lentitud que me hacía agonizar de placer.
Cada embestida era profunda, reclamándome, marcándome. Su mano bajó, buscando mi clítoris, y empezó a estimularlo con una destreza que me hizo arquear la espalda y soltar gemidos que ya no intentaba ocultar.
—Bai... hala, mesedez... —gemí en euskera, perdiéndome en la sensación de su cuerpo llenándome, de sus manos posesivas en mis caderas.
—Dime qué quieres —me exigió, besando mi hombro mientras sus embestidas se volvían más rápidas, más rítmicas—. Dime que eres mía.
El clímax me golpeó como una explosión de luz, haciéndome temblar violentamente contra el mármol. Al mismo tiempo, sentí cómo él llegaba a su propio límite, derramándose dentro de mí con un gruñido profundo que vibró en todo mi ser.
Nos quedamos allí unos segundos, unidos por el sudor y el jadeo, mientras el mundo exterior seguía su curso al otro lado de la puerta Lentamente, él se retiró y me ayudó a ponerme en pie. Me sentía otra.
Me arreglé el vestido con manos temblorosas, evitando mirar el rastro de sangre en el lavabo que confirmaba que mi antigua vida había muerto en ese baño.—¿Cómo te llamas? —preguntó él mientras se ajustaba el traje con una calma imponente.
Me miré al espejo, reconociendo a la mujer rebelde que acababa de nacer. Me sentía culpable por haber engañado a mi prometido, pero al mismo tiempo sentía una liberación que me embriagaba
—Eso no importa —dije con firmeza, recuperando mi porte de economista—. Esto fue una noche de olvido. Para los dos.
Él soltó una media sonrisa, una que me hizo temblar. Sus ojos marrones claros me estudiaron un segundo más antes de asentir.
—Como desees, pequeña. Pero el destino rara vez acepta el olvido como respuesta.
Salí del baño sin mirar atrás, sintiéndome como una extraña en mi propio cuerpo. Regresé al hotel, reservé una habitación aparte y me encerré. Mientras el agua de la ducha corría sobre mí, no podía dejar de pensar en él, en su fuerza y en cómo me había hecho sentir.