La biblioteca real quedó en completo silencio mientras Aleksander observaba con intensidad a la joven de cabello cobrizo frente a él. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, se entrecerraron con una mezcla de sorpresa y sospecha al escuchar a la sirvienta privada del rey Acaz leer. La voz de ella fluía como agua clara sobre las letras, revelando una educación que desentonaba con sus ropas sencillas de prisionera y su supuesto origen. Aunque sus dedos temblaban sutilmente al pasar las páginas del antiguo tomo, su voz se mantenía firme y clara, traicionando años de práctica. El rey de Velaluna, quien había esperado encontrar torpeza y tropiezos en su lectura, se removió incómodo en su asiento antes de levantar una mano para detenerla. —Suficiente —cortó el aire con su voz autoritaria—.

