Cuando Leila escuchó las palabras de Cael, arqueó una ceja con expresión divertida. —Pues yo no noté ni una pizca de celibato en ti durante nuestra estancia en aquella posada del reino conquistado de Astoria... —Leila dejó caer las palabras con deliberada lentitud. El rubor en el rostro de Cael se intensificó hasta alcanzar tonos imposibles, mientras Ofelia se sonrojaba discretamente por entender entrelineas lo que quería decir la loba, por eso sus mejillas se tiñeron de un suave rosa. Endrian carraspeó incómodamente, intentando disimular una sonrisa. Y, en medio de la tensión del momento, Jim tiró suavemente de la falda de su hermana, con sus ojos grandes llenos de inocente curiosidad: —¿Qué es eso de celibato, Lia? Nunca me has dicho esa palabra —preguntó con genuina inocencia, mientr

