Cameron Scott
Mi última misión
Mi última misión está a la vuelta de la esquina y hoy estaba con mi amigo Agustín.
Era eso o ir a visitar a mis sobrinos y la verdad no quería tanto azúcar entre la loca de Mel y la desquiciada de Hanny.
—¿Tienes todo listo para la misión? No quiero que suceda lo mismo que con tu viaje anterior y casi.
—No seas melodramático, Agus. Ya todo está listo, no me precio de ser el mejor artista del país como dijo Klaus si no hago las cosas bien, amigo. Además, este de verdad será mi último trabajo.
—Tu novia te lo agradecerá, Cameron.
—¿Otra vez con eso?
—No me reclames, te las buscas intensas y en tiempo récord.
—Idiota. Pero te diré dos cositas: primero, Kate no es mi novia, es mi amiga con ventaja y segundo, siento que lo mío con ella ya no está funcionando.
—Y yo que pensaba que ya habías sentado cabeza ¿Has hablado con ella? Mira que ella ya anda con el vestido en el bolso y sabes a lo que me refiero.
—Ya te lo he dicho, Agus. Soy un alma libre, hermano. No estoy para eso del matrimonio.
—Pues ella piensa distinto, incluso la he escuchado hablar con tu mamá y creo que está esperando la roca en su dedo.
—Entonces se quedará esperando, pues en mis planes no está el amarrarme a nadie.
—Yo que tú se lo digo, esta misión es peligrosa y todo puede cambiar de la nada—ese es Connor que entra a la sala de operaciones, un tanto molesto y lo entiendo, ya todos pensaban que por fin yo, Cameron Scott había encontrado a mi media naranja.
Esta conversación se parece tanto a mí viaje anterior que la verdad me molestaba. Con Marcela fue lo mismo, ella creía que yo sería su mundo y yo quería seguir explorando, pero lo entendió...Y me costó a la vuelta una golpiza que me dejó peor que los del complejo de Backer.
Pero Kate... Ah... Sé que Kate es una buena chica, una buena compañera de la agencia y espectacular en la cama, pero hasta ahi llegaba la historia. La chispa se había acabado la última vez que estuvimos juntos y solo la mantuve por las apariencias.
—No me jodas, Connor, si tú y Cony tuvieron su historia rosita en medio del caos allá ustedes, en mi caso no existe la mujer que me eche la soga al cuello. Ni ahora, ni nunca. Ya se los había dicho y paren ya con su drama.
—¡Pues entonces dile!—me reclaman los dos y la verdad es que tienen razón. Haría las cosas bien.
—Está bien, prometo que hoy se lo diré, mi vuelo es a las diez, tengo el tiempo justo. ¿los cuadros ya están listos no?
—Todo listo, pasarás todo sin ningún problema, en Francia te estará esperando Antonio que aprovechando para ir a ver a su hija. A propósito, la vez anterior...
—No, no tuve el placer de ver a la pequeña Macarena ni tampoco a Newtt y la verdad preferiría involucrar a menos personas en esto esta vez. Ya saben, estos tipos del Club de los Cien tienen oídos en todas partes.
—Por esa misma razón, mantente discreto y no jodas la misión. Si tenemos razón, Apolo Brown saldrá de su nido y podremos atraparlo.
—Si papi .
—Déjate de eso, idiota, para eso tienes a Adam, que no está muy contento tampoco porque te mandemos en esta misión.
—Prometo que lo haré bien, no hay misión que se me resista. Ni mujer... ¿cómo saben y llegó con una francesita?
—Idiota.
—Mejor, guarda esto. Aquí tienes tus papeles, una vez en Francia, has todo como Cameron Scott y al igual que la otra vez, cuando viajes a España te transformas en Robert Sullivan.
—Entendido, jefe.
—Deja de llamarme así, ese es mi suegro, aunque ahora esté de permiso él sigue siendo la cabeza de esta organización.
—Amo que Mary lo tenga cortito, después de esa estúpida actuación no le quedó de otra.
—Y que adoptaran a ese pequeño lo obligó a mantenerse en las oficinas centrales.
—Creo que fue lo mejor, así no me jode las pelotas.
—No hables así de mi suegrito— me reclama Connor, golpeando mi espalda.
—Idiota, ya verás que cuando encuentres a esa persona querrás más de uno igualito a ella o igualita a tí—me molesta Agus.
—Dios, que él señor no te escuche.
—De verdad que eres un imbécil de tomo y lomo.
—Ya se los dije, yo no me voy a amarrar a nadie, no quiero hijos ni nadie que me espere, quiero disfrutar de mi juventud.
—Ya tienes veinticuatro, tan pendejo no eres, Cam— pff otra vez siento que he tenido esta conversación.
—Estoy en la plenitud de la vida — me doy varias vueltas y poso como modelo. mientras me río para que ellos me sigan la corriente, pero igual fruncen el ceño—. Ya dejen de preocuparse, prometo dejar todo claro con Kate antes de irme.
Espero que estén a la noche en la casa. Ya saben que no me gustan las despedidas en el aeropuerto.
—Creo que está vez no te puedo acompañar, hermano. Yo no iré. Tengo cosas que hacer con mi hermosa esposa y mis hijos.
—En mi caso, ahí estaré, pendejo. Tu hermana y tus amigas ya deben tener todo listo y preparado para ir a despedirte, aunque no quieras.
—Odio eso, pero nada. Nos vemos en la casa, iré por unas cosas antes de tener a todo el regimiento besuqueándome.
Me despedí de esos dos y fui a mi pequeño ático en Astoria. Mi lugar de paz y tranquilidad en medio de todas las locuras que he hecho en mi vida.
Y claro, que había hecho muchas. Lo vivido y lo comido en mis cortos 24 era una mezcla de mitos y leyendas que había creado a mi alrededor para que nadie supiera que en la realidad prefería la soledad. En fin, ya pasaría.
—Hogar, dulce hogar.
—¡Llegaste!
—¿Qué... Qué haces aquí?
Kate estaba frente a mí, vestida solo con una de mis camisas. La tela blanca le caía hasta la mitad de los muslos y, con cada pequeño movimiento, dejaba ver más de lo que mi autocontrol podía soportar. Sostenía una copa de vino entre los dedos, girándola con una calma que contrastaba con la tormenta que despertaba en mí.
La luz tenue del departamento se reflejaba en su piel y en su cabello, y por un momento me quedé mirándola como si fuera la única cosa real en el mundo.
—Quería verte antes de que viajaras —dijo con suavidad—. Es que no sé por qué no te puedo acompañar. Me encantaría estar contigo en París y quizás...
No la dejé terminar.
La tomé por la cintura y la atraje hacia mí con una urgencia que llevaba horas creciendo dentro de mi pecho y ahora, dentro de mí pantalón. No quería escuchar esa palabra prohibida, esa posibilidad de distancia que ya estaba pesando demasiado entre nosotros.
La besé.
Primero fue un beso profundo, casi desesperado, como si en él pudiera robarle el aire que estaba a punto de llevarse con su despedida. Kate dejó escapar un pequeño suspiro contra mis labios y la copa quedó olvidada en la mesa más cercana.
Sus brazos se deslizaron alrededor de mi cuello.
—Siempre haces eso… —murmuró contra mi boca, respirando agitada—. No me dejas terminar.
—Porque sé lo que ibas a decir —respondí, rozando su frente con la mía—. Y no quiero escucharlo esta noche.
Sus ojos se suavizaron. Había una mezcla peligrosa de ternura y deseo en ellos.
—Entonces no hablemos —susurró.
La levanté en brazos como si no pesara nada y la llevé hasta la cama. La camisa que llevaba puesta se abrió un poco más cuando la dejé caer sobre las sábanas, y el contraste entre la tela y su piel me hizo perder el último rastro de paciencia.
Me incliné sobre ella, besando su cuello lentamente, disfrutando cómo se estremecía bajo mis labios. Sus manos se deslizaron por mi espalda, aferrándose a mí como si temiera que desapareciera.
—No te vayas mucho tiempo… —dijo en voz baja.
Le levanté el rostro con suavidad.
—No podría aunque quisiera.
Kate sonrió, esa sonrisa capaz de derribar cualquier defensa, menos la mía.
Lo que siguió fue un lenguaje sin palabras: caricias lentas, besos que recorrían la piel con calma y una cercanía tan intensa que por momentos parecía que el mundo entero se reducía a ese cuarto.
La tarde avanzó entre risas suaves, susurros y promesas que ninguno de los dos estaba seguro de poder cumplir, pero que en ese instante se sentían completamente verdaderas.
—Ah... Así, sigue así...
Mi m*****o la embestía con precisión milimétrica, en un ritmo constante, pero fuerte. A Kate le gustaba el sexo dulce, nada de morder, comer y esas otras cositas que me encantaba hacer y creo que por eso la chispa se estaba acabando.
—¡No aguanto más!
Por suerte, porque yo tampoco estaba en tan buenas condiciones.
Cuando finalmente quedamos en silencio, Kate descansaba sobre mi pecho, dibujando círculos distraídos con los dedos y yo ya volvía a pensar en la misión.
Una vez que se quedó dormida, me levanté, saqué el condón, lo boté al basurero y me serví una copa de vino. Desnudo como estaba, miré por el inmenso ventanal.
—Esto se acaba hoy.
Después de ducharme y colocarme mi ropa, le escribí una nota.
"Gracias por todo, pero esto ya no tiene futuro. Deja la llave en conserjería, no me obligues a pedir que cambien la chapa. Te deseo lo mejor.
Cam."
Tomé mi bolso y cerré la puerta sin mirar atrás.
Antes de subirme a mi moto les envié un mensaje a mis amigos.
"He cumplido la primera etapa de mi misión. Ya la corté, no hubo llanto ni pataleo, pero he vuelto al mercado. Preparando mi llegada al aeropuerto. No voy a casa. Les hablo cuando esté en Francia"
Esta sería mi última misión de verdad. Ya no quería ser el agente y seguir peleando. Si todo salía bien, los últimos del Club de los Cien caerán y sobre todo ese idiota de Apolo Brown.