La distancia y el velo de París
La noticia llegó una mañana de otoño.
Alma Di Rossi, la mejor amiga de Dana y Newtt desde sus tiempos de juventud en Los Ángeles y ahora radicada en Nueva York, atravesaba un tercer embarazo sumamente complicado. La lealtad de Dana no conocía límites; Alma la había ayudado en sus momentos más oscuros, y ahora Dana debía cruzar el océano para ser su soporte.
Ese día Dana había recibido la noticia y, aunque tenía miedo, se decidió por viajar junto a su otra amiga y clienta, la afamada diseñadora Aitana. Tomó sus cosas y se fue a casa; debía hablar con todos.
Estacionó su auto, tomó el maletín y entró en la casa.
La recibieron sus pequeños diablillos.
—¡Mamiiiii!
—¡Ninaaaa!
—Hola, mis tesoros —los abrazó y les dio un sonoro beso en las mejillas.
Antonio la miró con cara de duda. Debe ser porque es muy temprano, pensó él, pero había muchas cosas por hacer.
—Dichosos los ojos que te ven, preciosa.
—Hola, Antonio. ¿Newtt?
—En su escritorio. Está revisando algunos presupuestos.
—Ya no… —salió la estrella multicolor vestido en ropa deportiva y con el cabello revuelto.
Todos sabían que odiaba la contabilidad de la oficina, pero hacía el esfuerzo, y eso se agradecía.
—¿A qué hora se van?
—¿Qué? —preguntó Antonio.
—Alma está hospitalizada. Ya me llamó Jex y me imaginé que esta vez irías corriendo tras tu amiga.
—¡Mierda! Déjame ir a armar la maleta de Tommy —dijo Antonio, dejando lo que hacía.
Dana cayó en cuenta de algo. Ni siquiera había pensado en llevarse a Tomás, pero ellos sí.
Para Antonio y Newton era evidente: si Dana viajaba, el niño también.
—Gracias…
Newton la miró con atención. Era como que supiera lo que estaba pasando por su cabecita.
—¿Estás bien?
—Obvio que no. Pero Alma tiene razón… y aunque no sea la mejor forma, esta es la oportunidad para que Tommy conozca a su familia. Y mi amiga me necesita.
Antonio regresó con una camiseta del niño en la mano y esa voz mandona que tanto los hacía reír.
—Está bien. Pero a la primera de cambios con ese insulso te tomas el primer vuelo de vuelta.
—Lo prometo.
—Mami, ¿dónde vamos?
—Vamos a Nueva York, cariño. A ver a tu tía Alma.
Los ojos del niño se iluminaron.
—¡Yeyyy! ¡Por fin volvedé a mi preciosa Sophie!
Salió corriendo hacia su habitación.
Los adultos se quedaron en silencio.
—Ja, ja… creo que le salió competencia a Di Rossi —dijo Newton.
—Ay, Dios… no digas estupideces, Newtt.
Pero la risa duró poco.
Porque alguien más estaba escuchando.
Para Macarena, que estaba a punto de cumplir ocho años, la noticia fue un golpe devastador.
Tommy y ella eran inseparables.
Ella era su brújula.
Él era su sombra.
Dana se acercó a ella.
—Mi cielo… te prometo que pronto volveremos. Esto es un viaje de emergencia. Pero no dudes que no te voy a dejar sola con estos dos.
—Dana… —gruñó Newtt con la voz ligeramente temblorosa.
—Lo sé, Nina. Es solo que Tommy es un tanto difícil.
—Lo sé —respondió Dana—. Y aunque eso me asusta, hay veces en la vida que uno debe enfrentar a sus fantasmas del pasado… y ese momento me ha llegado.
Maca sintió un pequeño dolor en el pecho.
Las palabras de Dana resonaron dentro de ella.
¿Algún día podría hacer lo mismo?
¿Enfrentar sus propios fantasmas?
Esa pregunta llevaba días rondando su cabeza.
Desde que había visto algo en el escritorio de Antonio.
Un folleto.
Entre varios destinos.
Uno había capturado su atención.
París.
No sabía por qué.
Pero algo en su interior había vibrado con esa palabra.
Como si la ciudad la estuviera llamando desde muy lejos.
Cuando todo estuvo listo, la familia de cinco subió a la SUV.
Los adultos hablaban para darle ánimos a Dana mientras se dirigían al aeropuerto.
En el asiento trasero, Maca y Tommy miraban por la ventana.
Jugaban al veo-veo, intentando ignorar el peso del momento.
Ese día, el aeropuerto de Barajas se sintió más frío que nunca. Tomás se aferraba a la chaqueta de Macarena, con los ojos empañados pero intentando ser valiente, tal como ella le había enseñado en sus juegos de espías. Aún era pequeño y viajar solo con su madre era extraño.
—¿Me olvidarás? —preguntó con la voz quebrada.
En su mano apretaba un pequeño visor de diapositivas que Maca le había regalado, lleno de fotos de sus aventuras juntos.
Macarena se arrodilló frente a él.
—Nunca, Tommy.
Le tomó los hombros con seriedad.
—Escúchame bien. Esto es solo un cambio de locación. Como en las películas.
El niño la miró con atención.
—Tú vas a estar en Estados Unidos aprendiendo cosas increíbles… y yo estaré aquí preparándome para ser la mejor directora.
Tomás tragó saliva.
—¿Y el guión?
Maca sonrió.
—El guión sigue siendo el mismo.
Le tocó la frente suavemente.
—Tú y yo contra el mundo.
El niño asintió.
Entonces Maca se quitó una pulsera de cuero que siempre llevaba y la colocó en la muñeca de Tomás.
—Si te sientes solo, tócala. Es nuestra señal de radio. Siempre estaré escuchando.
Dana abrazó a Macarena con fuerza. Había algo de urgencia en su mirada. Dolor por la separación y algo más... Nerviosismo.
Como si estuviera poniendo a su hijo en problemas en otro continente.
—Total, están a un pasaje de avión —dijo Newton, tomando la mano de su hija y besando sus nudillos.
—Si ellos nos necesitan, viajaremos —sentenció Antonio.
Ambos asintieron.
A lo lejos, un hombre de traje gris observaba la escena. Su mirada era fría. Calculadora.
—Por suerte no eran ellos los que viajaban —murmuró.
Hablaba del hombre que acompañaba a Dana y esa mujer en ese viaje. Un mafioso con demasiadas conexiones.
—Esta gente con la que se relacionan no me gusta para nada.
Pero no podía intervenir. No mientras ese hombre no se acercara a la niña. Eso no estaba en sus órdenes ni en sus planes.
Guardó su celular y caminó por el pasillo.
Sin notar que alguien lo observaba.
Macarena...
La niña lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente. Sus ojos azules se estrecharon.
—Ya seré más grande para enfrentarte, señor de gris —susurró.
—¿Qué dices, mi pequeña? —preguntó Antonio. Ella parpadeó.
Volvió a ser solo una niña.
—Nada, papi. Solo que quiero comer papas chauchas y chuletón.
Antonio rió.
—Pues vamos a cenar donde Manolo.
Mientras salían del aeropuerto, Macarena miró el cielo gris de Madrid.
Algo estaba cambiando.
No solo porque Tomás se había ido a Nueva York.
Había otra sensación. Una especie de telón invisible moviéndose lentamente sobre su vida. Un velo. Uno que comenzaba a levantarse...muy lejos de allí.
En una ciudad donde las luces nunca dormían.
París.