El amor no es tan bonito como lo pintan.
Cam se había vuelto uno de los mejores Hacker de la ciudad y ya estaba apoyando a su familia y al FBI con algunos casos. El más importante fue el de su amiga Dani, la fiel asistente de su hermano y que atravesaba por un momento difícil.
Cuando logró hacer lo que nadie pudo, Jack, el jefe de seguridad de Scott y asociados lo reclutó y se transformó en una pieza fundamental del operativo.
En medio de su trabajo, no pudo estar en contacto con Adrien para contarle todo lo que estaban haciendo, menos porque Jack le había prohibido sacar a la luz lo que sabía.
Fue ahí que conoció a la agencia. Una elite de agentes y guardaespaldas que trabajaban por el mundo, al igual que el amigo de Hanny y sus propios hermanos.
Con apenas 14 años empezaría una nueva etapa en su vida, al igual que su hermana y Hanny. Pero este sería el primer año separado de su amigo, que por decisión de sus padres, pasaría sus vacaciones en Emiratos árabes, dónde ellos trabajaban, las que se prolongaron por casi un año.
Ambos amigos se extrañaban y en cada momento que tenía y. descanso, Cam le hacía video llamadas a Adrien o viceversa. Fuera la hora que fuera.
—De verdad que este lugar ya se ha hecho tedioso— le contaba Adrien a Cam, mientras comía papitas fritas y bebia una bebida de cola ahora que estaban juntos —. No aguanto otro día más. Y por allá ¿cómo están las cosas?
—Pues aquí todo normal — intentó aguantar contarle, mordiéndose la lengua porque ganas tenía de decirle — y si a cosas te refieres a Mel, ella sigue igual de insoportable.
—Gracias por tu apoyo, hermano. A propósito, estaré de vuelta unos días antes de San Valentín. ¿Tu crees?
—No pierdes nada y creo que me has dado una idea...
Así pasó el tiempo y cuando Adrien se encontró con que su amigo estaba en otro continente, Cam le contó una verdad a medias. Por suerte para él, Adrien le dijo que entendía que se le pasará el pequeño detalle de que estaba en España y cuando Cam volvió de su entrenamiento le dijo toda la verdad.
—Me las vas a pagar, idiota.
—Si te lo decía capaz y viajabas y te quedabas conmigo, sé que me extrañas más que a mi hermana.
—Pendejo...
Pero volviendo a la idea de Cam, la atmósfera de San Valentín en la ciudad siempre le había parecido a Cameron el escenario perfecto para lo que llevaba años planeando. A sus quince años, ya no era el niño de cinco que miraba embobado, sino un joven decidido, cuya galantería se había refinado con el tiempo.
Había alquilado la terraza del restaurante favorito de la familia, aunque Gia jamás le habría cobrado, pero el insistió, llenándola de orquídeas blancas —las favoritas de Hanny— y luces tenues que imitaban las estrellas.
Hanny llegó luciendo espectacular, con un vestido de seda color esmeralda que hacía que su piel de ébano brillara bajo los faroles. Ella sonreía, pero era esa sonrisa de hermana mayor, orgullosa y cariñosa, que Cameron siempre intentaba ignorar.
—Cam, esto es demasiado... —susurró ella, mirando la mesa dispuesta para dos—. Eres el mejor amigo que una chica podría pedir.
Cameron sintió un pinchazo ante la palabra "amigo", pero no retrocedió. Durante la cena, él fue el caballero perfecto. Hablaron de Juilliard, del hockey y de los sueños compartidos. Cuando el postre llegó, Cameron supo que era el momento. Se levantó, rodeó la mesa y le tomó las manos.
—Hanny, sabes que esto no es solo por nuestra amistad —dijo con voz firme, aunque su corazón golpeaba sus costillas como un palo de hockey contra el hielo—. Te he amado desde que tengo memoria. Y no quiero seguir siendo solo el niño que te sigue a todas partes.
Sin darle tiempo a reaccionar, Cameron se inclinó y la besó.
Para él, fue el Big Bang. Una explosión de fuegos artificiales que iluminó cada rincón oscuro de su incertidumbre. Sintió que el mundo se detenía, que el hielo de la pista se derretía y que, finalmente, había llegado a casa. Fue un beso cargado de años de espera, de promesas silenciosas y de una devoción absoluta.
Pero cuando se separó, buscando en los ojos de Hanny el mismo incendio, solo encontró una calma devastadora.
Hanny no estaba enojada; estaba triste. Sus ojos, profundos y sabios, lo miraban con una compasión que dolió más que cualquier rechazo a gritos.
—Cam... —su voz se quebró ligeramente—. Lo siento.
El silencio que siguió fue más ruidoso que la explosión del beso.
—Ese beso... —continuó Hanny, acariciándole la mejilla con una ternura que a Cameron le supo a ceniza—. Ese beso me acaba de confirmar lo que siempre he sabido en el fondo. Te quiero, Cameron Scott. Te quiero más que a casi nadie en este mundo. Pero te quiero con el alma de una hermana.
Cameron retrocedió un paso, sintiendo que el aire de la terraza se volvía gélido.
—No digas eso —pidió él en un susurro.
—Tengo que decirlo. Eres y serás para siempre mi mejor amigo, Cam. Mi compañero de vida, el hermano que elegí. Pero mi corazón no late así por ti. Lo siento mucho, de verdad.
Esa noche, el niño dorado de los Scott regresó a casa con el alma rota. En la sala, Adrien lo esperaba, probablemente huyendo de alguna burla de Mel, pero al ver la cara de su mejor amigo, el defensa inamovible se levantó de un salto.
—¿Cam? ¿Qué pasó?
Cameron solo pudo negar con la cabeza, mientras las palabras de Hanny se repetían en su mente como una sentencia de cadena perpetua en la friendzone.
Un mes después del desastroso San Valentín, el brillo del niño dorado se había opacado. Cameron seguía siendo el buen jugador en el hielo, pero su juego se había vuelto errático, frío y mecánico. Ya no jugaba por la gloria, sino por el olvido.
Adrien encontró a Cameron en el pequeño gimnasio privado de la casa de los Scott, golpeando un saco de boxeo con una fuerza que amenazaba con romper las cadenas.
—Vas a destrozarte los nudillos, Cam —dijo Adrien, lanzándole una botella de agua fría—. Y dudo que el saco tenga la culpa de lo que pasó con Hanny.
Cameron se detuvo, jadeando, el sudor empapando su camiseta. Se dejó caer en un banco, con la mirada perdida en el suelo.
—Duele, Adrien. Pensé que el hockey me enseñaría a recibir golpes, pero este... este no se quita con hielo.
Adrien se sentó a su lado, dejando de lado por un momento su propia frustración con Mel.
—Lo sé. Pero Hanny fue honesta. Peor habría sido que te siguiera la corriente por lástima. Eres un Scott, no necesitas que nadie te quiera por compromiso.
Cameron guardó silencio un largo rato. Luego, levantó la vista con una determinación nueva, una que Adrien no había visto nunca. Ya no era la chispa del niño que buscaba aprobación; era el fuego de un proyecto de hombre que buscaba un propósito.