El rumbo a España
El tiempo era un buen amigo para pasar las penas, más cuando todo el mundo planeaba su vida. Estaban a nada de terminar su último año escolar y tanto Hanny como Mel y Adrien tenían más o menos claro lo que harían con sus vidas.
Hoy los mellizos habían celebrado sus dulces 16 y como buena familia que eran los Scott estuvieron hasta altas horas de la noche disfrutando.
Hanny había estado junto a ellos. Para ella, nada había cambiado y se mantuvo igual con su mellizo favorito, aunque para Cam había sido difícil después de lo que pasaron para san Valentín.
Por otro lado, Adrien se había decidido a hacer la mayor locura de su vida, una que ni su propio amigo podría entender y menos acompañar, puesto que ya él también se había decidido, de alguna forma, a hacer algo con la suya.
El silencio en la habitación de Cameron era casi incómodo. Afuera, la noche cubría la casa de los Hamptons con una calma engañosa, como si el mundo siguiera avanzando con normalidad. Pero para Cameron Scott, muchas cosas habían cambiado.
Estaba apoyado contra el borde del escritorio, mirando una mochila abierta que apenas comenzaba a llenarse.
Adrien lo observaba desde el otro lado del cuarto, con los brazos detrás de su cabeza.
—Me voy, Adrien —soltó Cameron de repente.
Las palabras cayeron como una piedra en el agua.
Adrien frunció el ceño.
—¿A dónde? ¿A la universidad con nosotros? ¿No que irías a Juilliard ?
Cameron negó lentamente con la cabeza. A veces pensaba que tanto golpe en la cabeza había dejado medio tonto a su amigo.
—No. A España.
El silencio volvió, más pesado esta vez.
—He estado moviendo hilos —continuó Cameron—. Volveré al centro de alto rendimiento en Madrid para inteligencia y ciberseguridad. No es algo público, pero aceptaron mi solicitud. Y. puedo seguir con Juilliard de manera remota total, ahí no aprenderé más de lo que ya sé—suspiró cansado, como si le costara decirlo en voz alta—. Hace tiempo era mi idea, solo que lo había pasado.
Adrien tardó unos segundos en procesarlo.
—¿Un centro de qué?—La verdad es que Adrien se había quedado con lo que había dicho Cam al principio. Aún no salía del estupor, lo que corroboraba la tesis del castaño.
—Inteligencia. Análisis de sistemas. Seguridad digital. Hackeo ético… y no tan ético. Perdón, Pero era ahí donde estuve la última vez.
Adrien lo miró como si intentara decidir si su mejor amigo hablaba en serio.
—¿Quieres decir que vas a convertirte oficialmente en un hacker y el arte será tu fachada?
—Algo más que eso.
Cameron levantó la mirada.
Sus ojos ya no tenían la confusión de las últimas semanas. Había algo distinto: determinación.
—Quiero ser más que un heredero o el niño dorado que ya ha vendido alguna de sus obras a varios por ahí. Quiero perfeccionarme como hacker… y como agente. Es momento de seguir mi destino y creo que lo estaba haciendo bien en España. Volver no fue lo mejor.
Adrien se quedó mudo.
Siempre había sabido que Cameron tenía una mente diferente. Cuando ellos apenas entendían cómo funcionaban los sistemas de las ecuaciones, Cameron ya estaba encontrando grietas en redes gubernamentales por puro aburrimiento, mientras hacía un croquis de una caja de seguridad que después pasaba a ser una obra maestra colgada en alguna pared. Lo conocía, sabía de las veces que se desaparecía para sus misiones. También había sido parte de uno de los tantos "campamentos" con los Scott y ahí entendió que no solo eran simples campamentos de verano: eran verdaderas pruebas para reconocer las aptitudes de cada uno y aunque a él no le gustó los hacía solo para estar con sus mellizos favoritos.
Pero esto…
Esto era otra cosa.
—España de nuevo... —suspiró finalmente derrotado—. ¿Estás seguro? Pensé que te quedarías por más tiempo.
Cameron asintió. Adrien volvió a suspirar lentamente, procesando la noticia.
—¿Es por ella? ¿O es por ti?
Cameron tardó unos segundos en responder. Miró por la ventana y se sinceró.
—Es por ambos.
Adrien no dijo nada.
—Necesito que Hanny deje de ser el centro de mi universo para poder encontrar mi propio eje —continuó Cameron con una honestidad que dolía—. Y necesito estar en un lugar donde nadie me mire con lástima porque la chica de sus sueños lo rechazó.
La habitación volvió a quedarse en silencio.
Adrien asintió lentamente.
Su mejor amigo estaba tomando una decisión que no tenía marcha atrás.
—Entonces es real… —murmuró—. Te vas al otro lado del océano.
Cameron cerró la mochila.
—Sí.
Adrien dejó escapar una risa suave, intentando disimular el nudo que se le estaba formando en la garganta.
—¿Y qué voy a hacer yo aquí con Mel?
Cameron levantó una ceja.
—¿Perdón?
—Sin ti para protegerme —continuó Adrien con dramatismo—, tu hermana me va a devorar vivo.
Cameron no pudo evitar sonreír.
Era la primera sonrisa real en semanas.
Se acercó y le puso una mano en el hombro.
—Sobrevivirás.
Adrien lo miró con escepticismo.
—Eres el mejor capitán que conozco —añadió Cameron—. Si puedes detener un disco a cien kilómetros por hora, puedes manejar a mi hermana.
Adrien soltó una risa breve.
Pero Cameron volvió a ponerse serio.
—Cuídala, Adrien.
—Siempre.
Cameron respiró hondo.
—Y cuida a Hanny… aunque no sea para mí.
Las palabras quedaron flotando entre ellos. Adrien lo miró fijamente durante unos segundos.
—Eres un idiota noble, ¿lo sabías?
Cameron soltó una pequeña risa.
—Lo sé.
Adrien lo abrazó entonces, con la fuerza de alguien que entiende que los caminos están a punto de separarse.
—Vas a meterte en algo grande, Cam —murmuró—. Lo sé.
—Eso espero.
—Solo… no te pierdas allá afuera.
Cameron lo soltó y tomó nuevamente la mochila.
—No me voy a perder.
Sus ojos brillaron con una intensidad nueva.
—Voy a encontrar quién soy realmente.
Adrien lo observó mientras se dirigía hacia la puerta y, en ese instante comprendió algo que le heló un poco la sangre.
Cameron ya no estaba huyendo.
Estaba evolucionando.
Esa noche, Cameron Scott empezó a empacar.
Doblando ropa, cerrando archivos, borrando rastros digitales.
Cada objeto que guardaba en la maleta era como enterrar una parte de su antigua vida.
El niño que buscaba ser el ojo izquierdo de su padre estaba muerto.
También lo estaba el chico que creía que el amor podía ser suficiente para sostener un mundo entero.
En su lugar nacía algo distinto.
Un hombre que aprendería a moverse entre códigos, secretos y sistemas invisibles.
Un hombre que operaría en las sombras.
Donde nadie pudiera ver sus heridas.
Donde los fuegos artificiales de San Valentín ya no pudieran quemarlo.
Cuando terminó de empacar, se sentó frente a su computadora por última vez.
Las pantallas iluminaron la habitación con tonos azulados.
Líneas de código corrieron frente a sus ojos con una familiaridad casi íntima.
Cameron abrió una carpeta protegida.
Dentro había decenas de archivos: accesos, llaves cifradas, rutas de servidores, mapas de redes que nadie fuera de ciertos círculos sabía que existían.
Dudó un segundo.
Luego empezó a borrar.
Uno por uno.
No porque no pudiera llevarlos consigo.
Sino porque entendía algo que su hermana Alma le había repetido desde que tenía uso de razón: un verdadero agente nunca arrastra cadenas del pasado.
Cuando la última carpeta desapareció, cerró la laptop.
El cuarto quedó en silencio otra vez y Cameron miró alrededor. Esa habitación había sido su refugio durante años.
El lugar donde soñó con campeonatos, donde planeó regalos para Hanny, donde discutió estrategias de hockey con Adrien hasta la madrugada. Dónde abrazó a su hermana cuando ella tenía pesadillas o las pesadillas lo abrumaba a él.
Ahora se sentía… pequeña.
—Adiós —murmuró para sí mismo.
No era una despedida dramática.
Solo un punto final.
Porque al otro lado del océano, en una ciudad donde los secretos del poder llevaban siglos escondidos entre piedra y sangre…
Madrid lo estaba esperando y Cameron Scott estaba listo para convertirse en alguien que ni siquiera sus amigos reconocerían del todo.