Capitulo 2

1481 Words
El guion de una nueva vida Madrid, España – Orfanato de Nuestra Señora de la Piedad Enero, 2010 El frío en los pasillos del orfanato no era solo por el crudo invierno que estaba asolando el continente. Era una humedad antigua que se pegaba a la piedra, a la ropa demasiado fina de los niños… y a los huesos. Un frío que no se quitaba con mantas. Para Macarena, con apenas cuatro años, el mundo cabía en una maleta vieja de cuero desgastado y en un vacío constante en el pecho. Un hueco donde deberían vivir recuerdos que no lograba alcanzar. No recordaba el antes. No recordaba cómo había llegado a ese orfanato. Solo sabía que, por las noches, los monstruos tenían forma de sombras y que a veces soñaba con luces muy brillantes y aplausos que no entendía a su tan corta edad. —Hoy es el día, pequeña —susurró la hermana Clara, tensando con demasiado esmero su cabello rubio, tan claro como la espiga del trigo—. Tienes que estar impecable. Los hombres que vienen a verte son importantes. Uno es un verdadero actor… hermoso e impresionante. Macarena no sabía qué significaba “hombre importante”. Pero si entendía eso de “hermoso” y también sabía lo que era un escenario. Cuando cerraba los ojos, veía focos encendidos y escuchaba una voz femenina que no lograba identificar, luces y candilejas o algo por el estilo y de un repente... Oscuridad. En la oficina principal, la temperatura parecía distinta. Antonio caminaba de un lado a otro, ajustándose los puños de su chaqueta de pana. Era un hombre de gestos amplios y una mirada que siempre parecía estar buscando el mejor ángulo para una fotografía. Había sido uno de los mejores agentes de la agencia. Había dirigido operaciones complicadas, había mirado a hombres peligrosos a los ojos sin pestañear… y, sin embargo, aquel encuentro lo tenía al borde del colapso. Ahora que se había casado con el amor de su vida y decidido formar una familia, los nervios de conocer a la pequeña traviesa —como le decían en el orfanato— estaban a punto de hacerlo explotar como si fuera una bomba de C4. —Cálmate, amor —dijo Newtt desde una silla de madera, cruzando las piernas con su elegancia natural—. Si sigues así, vas a desgastar el suelo antes de que conozcamos a nuestra hija. Newton sonrió. Sus ojos brillaban con esa mezcla de serenidad y emoción que solo poseen quienes han leído demasiados guiones y aun así creen en los finales felices. Antonio se detuvo frente a él. —He enfrentado cosas reales, Newtt. Armas reales. Decisiones que cambian destinos. Pero esto… esto no es un operativo. Es una vida. Y si algo sale mal… Newton se levantó y apoyó la palma en su mejilla con una ternura firme. —No va a salir mal. Ella nos eligió cuando vio nuestra foto. Y nosotros la elegimos antes de conocerla. La vida es el arte de soñar despierto, ¿recuerdas? Hoy empezamos a soñar con ella. La puerta se abrió. La hermana Clara entró de la mano de una niña pequeña, rígida como si cada paso fuese una prueba. Macarena se detuvo en seco al verlos. Sus ojos —azules, profundos, demasiado conscientes— recorrieron a los dos hombres. No sonrió. No lloró. Solo observó. El silencio se tensó. Antonio rompió cualquier protocolo y se arrodilló para quedar a su altura. —Hola —dijo con una voz cálida que algún día sería su refugio—. Me llamo Antonio. Y él es Newton. Hemos traído algo para ti. No era un peluche ni una muñeca. Era una pequeña claqueta de cine de madera. En el espacio del título, escrito con tiza blanca, se leía: “El comienzo de Macarena”. La niña extendió la mano y tocó la madera. Y entonces ocurrió. Un destello cruzó su mente: una mujer con una corona de diamantes inclinándose hacia ella, y una voz de hombre susurrando con urgencia: “Agáchate, mi cielo… ¡no mires hacia afuera!” El dolor fue inmediato. Un latido punzante en la sien. Newton dio un paso al frente y le ofreció una caja de lápices de colores. —Nos han dicho que te gusta dibujar —dijo con una sonrisa suave—. Queremos que nos ayudes a pintar el resto de nuestra historia. ¿Te animas? El dolor cedió. Macarena los miró con detenimiento. No sabía por qué, pero sentía que aquellos dos hombres eran distintos. Que no olían a despedida. Que no tenían mirada de tránsito. Por primera vez en meses, algo en su interior se relajó. —¿Son actores? —preguntó con voz diminuta. Antonio soltó una risa entrecortada, limpiándose una lágrima traicionera. —De los mejores. Pero nuestro mejor papel empieza hoy, contigo. Hubo una pausa. Una pregunta más grande que todas las demás tembló en el aire. —¿No me van a abandonar? Newton se arrodilló junto a Antonio. —Jamás, mi princesa. Desde hoy somos tu familia. Y entonces Macarena hizo lo que no había hecho con nadie en mucho tiempo: se lanzó a sus brazos. Fue un abrazo torpe, apretado, definitivo. —¿Vamos? —susurró. La voz de Antonio y el calor del abrazo de Newton habían decidido por ella. Antes de salir, la niña corrió hacia la hermana Clara y la abrazó con fuerza. —Nunca te olvidaré. Y voy a venir a verte… ¿cierto, papás? Ambos asintieron sin poder hablar. —Una familia hecha por Dios —murmuró la hermana Clara, secándose las lágrimas mientras los veía cruzar la puerta. El sol de invierno bañó sus rostros cuando atravesaron el umbral del orfanato. Macarena no miró atrás. No vio el coche n***o estacionado al final de la calle. No vio al hombre de traje gris anotando algo en un cuaderno mientras observaba cómo subían al taxi. La misión de proteger a la última heredera de una corona rota acababa de cambiar de manos. Un artista y un ex agente creían que estaban adoptando a una hija. No sabían que estaban refugiando a una futura reina. El taxi avanzó por las calles húmedas de Madrid mientras el cielo gris comenzaba a abrirse lentamente entre nubes. Macarena estaba sentada entre ambos hombres, sosteniendo la pequeña claqueta con un cuidado casi reverencial. Sus dedos seguían las letras escritas con tiza como si intentara memorizar cada trazo. Antonio no dejaba de mirarla de reojo. Había visto muchas cosas en su vida. Misiones clandestinas. Operativos que cambiaban gobiernos. Traiciones que destruían imperios. Pero jamás había sentido algo tan poderoso como el peso diminuto de la mano de aquella niña descansando sobre su brazo. Era una responsabilidad distinta. Más profunda, casi peligrosa. Porque esta vez el corazón estaba involucrado. —¿Te gusta Madrid? —preguntó Newton con suavidad. Macarena miró por la ventana. Los edificios altos, las personas caminando rápido, los autos, las luces… todo parecía nuevo y extraño. —No lo sé —respondió con sinceridad—. Nunca había salido. Antonio frunció el ceño apenas perceptible. ¿Nunca había salido desde que estaba ahí? Cuatro años… y nunca había visto el mundo más allá de los muros del orfanato. Se prometió en silencio cambiar eso. —Bueno —dijo Newton con un brillo travieso en los ojos—, entonces tenemos mucho trabajo que hacer. —¿Trabajo? —preguntó Macarena. —Claro —respondió Antonio—. Primero: helado. La niña parpadeó. —¿Helado en invierno? Newton se inclinó hacia ella conspirativamente. —Las mejores decisiones de la vida se toman rompiendo reglas absurdas. Por primera vez, Macarena sonrió. Fue una sonrisa pequeña. Pero suficiente para que ambos hombres sintieran que el mundo acababa de girar un poco más hacia la luz. Mientras tanto, a varias calles de distancia, el hombre del traje gris cerró su cuaderno. Sacó un teléfono antiguo y marcó un número. —La niña ha sido retirada del orfanato —dijo con voz neutra—. Dos hombres. Uno identificado como Newton Van Pelt, actor. El otro… Antonio Rodríguez. Hubo silencio al otro lado de la línea. Luego una voz grave respondió: —Perfecto. El hombre del traje gris miró hacia el cielo de Madrid. —¿Procedemos? La respuesta llegó fría como el acero. —No. —¿Entonces? —Observa...—Una pausa—. La princesa ha encontrado nuevos guardianes. El hombre cerró el teléfono. En el taxi, Macarena apoyó la cabeza contra el hombro de Newton sin darse cuenta. Antonio la cubrió con su abrigo. Ninguno de los dos sabía que, en ese preciso momento, acababan de entrar en una historia que llevaba siglos escribiéndose. Y que algún día, esa pequeña niña que comía helado en invierno… Tendría que reclamar un trono que el mundo creía desaparecido.
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