Capítulo cuarto.
Lily.
Después de su salida triunfal del edificio, el día pasó volando para Lily. Tanto que la jornada volvía a empezar.
Le dolía la cabeza, demasiado. Culpable el alcohol, culpable el hombre que la hacía estar sentada a las siete de la mañana con un café en las manos, pensando qué demonios haría con su vida.
Si dejaba este trabajo probablemente sería despedida, perdiéndose el merecido ascenso que estaba a un paso de conseguir, perdiendo la carrera y la estabilidad económica que le costó tanto sacrificio.
Maximilian no se merecía eso de ella, no se merecía nada por más que su mente y cuerpo estuvieran en una lucha continua desde su reencuentro.
Ahora, por otro lado, si continuaba probablemente perdería algo más que la cordura, e iría a parar a un psiquiátrico.
Negó con la cabeza, dando un largo suspiro.
-¿Problemas mañaneros?.
Lily carcajeo, observando a un Oliver adormilado, entrando a la cocina en boxer.
-Y no de esos con los que me gusta lidiar.
-La vida es una perra, Artesania Azteca. - Le sonrió, a través de la botella de juego que se estaba empinando. - ¿Preparada para contarme que demonios sucedio contigo ayer?.
Rodó los ojos para clavarlos en su mejor amigo.
-¿Preparado para decirme que tal la noche con Margot?.
Una microexpresión entristecida pasó por su rostro.
-Touche, maldita bruja malvada. - Le sonrió, parándose del asiento, mostrando que tan malvada podía ser. - Si esta pasando lo que creo que esta pasando, te diria que vayas a tu closet, te pongas el conjunto mas escandaloso que tengas y le muestres a ese cabron el mujeron que se ha perdido por idiota.
Ya se encontraba por la mitad del pasillo, rumbo a su habitación, cuando las palabras de su amigo la hicieron detenerse. Solo por un segundo.
Detenerse a apreciar lo bien que se conocían, tanto que Oliver podía descifrar por donde venían los tiros sin ella musitar ni una sola palabra.
Agradeció a la vida por haberlo encontrado, por haberlos unido. Mientras continuaba el camino a su cuarto, preparada para acatar el consejo dado por el pelirrojo.
….
Se habia vestido para mata, colocandose un vestido de color escarlata que hacia demasiado contaste con su cabello n***o. Llevaba unos tacones elegantes de colo n***o, los cuales estilizaban, si fuera posible, aún más sus piernas.
Maquillaje sutil y ya estaba lista para comerse el mundo con elegancia, salió de su habitación, no había rastros de Oliver ni de su coche cuando se metió en el garaje buscando el suyo propio.
Condujo con lentitud, disfrutando la brisa que comenzaba a tornarse cálida, corroborando la hora en el reloj del salpicadero. Llegó justo a tiempo, estacionando el coche en el elegante lugar que Nina Black podía permitirse para su boda.
Suspirando, sabiendo quien se encontraba dentro, se miró en el espejo retrovisor. Llenándose de un valor que no tenía, intentando disipar el sentimiento instalado en la boca de su estómago.
Tú puedes con esto, eres fuerte.
Bajo del coche, caminando con seguridad en dirección a las puertas acristaladas, cuando las abrió todas las miradas se clavaron en ella, no sintió vergüenza. Simplemente se enfocó en el rostro dulce de Nina, que ya se dirigía hacia ella con una sonrisa radiante.
—Te estábamos esperando. - La tomó por sorpresa, dándole un abrazo efusivo. — Te ves guapísima.
Lily no supo qué contestar, su mente viajando a la velocidad de la luz pensando en cosas que jamás le gustaría admitir. Nina Black sería la cuñada que cualquier persona desearía tener, aun no la conocía del todo, pero podía intuirlo.
—Gracias, tu también te ves guapísima,
No le respondió, se limitó a enganchar su brazo con el suyo arrastrandola a la acumulacion de personas al fondo del salon.
No miré la dirección de Maximilian, pero sabía con exactitud donde se encontraba. Por raro que sonara, podía sentirlo, sentir el poder de su mirada intentando mirar más allá de su carne, de su piel, de la ropa que tenía puesta.
—Te presento a mi prometido, Maykol .- El susodicho le regaló un asentimiento. — Mi cuñado Evans,
Un guaperas de orbes grisáceos le lanzó una mirada que podía describirse como sensual, acercándose a ella con chulería, tomándole la mano con delicadeza para depositar un cálido beso.
—Un gusto conocerte…
—Liliana.
Le sonrió, sintiendo la presencia que se acercaba por su derecha. Como una sombra imponente, furiosa.
—Latina, ¿Verdad?.
Lily ladeo la cabeza, haciendo de su sonrisa una mueca brillante.
—Brasileña, ¿Como?.
Los orbes del hombre brillaron con picardía, una picardía que le hizo cosquillas, leves, en el estómago,
—Ustedes tienen un no se que, reconocible.
—¿Hemos venido a flirtear o trabajar?.
Voz cortante, imponente. Un cuerpo magnético que se colocó a su lado haciéndola pasar saliva.
Miró en su dirección, encontrando sus orbes verdosos ardiendo con un fuego irreconocible.
—No seas grosero, Max. - Una mujer apareció detrás de la espalda de Maximilian, una mujer hermosa que la mató con una mirada desafiante. — Discúlpalo.
Le sonrió, no había nada de simpatía en el gesto. Más bien malicia mientras posaba sus manos en el antebrazo musculoso del hombre que la hacía sentir una montaña rusa de emociones.
Una punzada de celos la sacudió.
—Lily te presento a Mahia, mi cuñada.
La voz de Nina estaba llena de rechazo , Liliana alzó la ceja, al parecer no había una buena relación ahí.
—Me gustaría discutir unos asuntos con la Señorita Hernandez, si nos disculpan. - Se sacudió el agarre de la mujer, la cual lo miro con el ceño fruncido. — Nina, puedes pedir que traigan los postres, iremos en un momento.
Liliana no le sacó la mirada de encima, demasiado sorprendida como para hablar, demasiado avergonzada para mirar a las personas que los rodeaban.
No despegaron sus miradas, tampoco hablaron hasta que los presentes se encontraban del otro lado del salón, mirando por encima del hombro disimuladamente.
—¿A qué estás jugando?.
Fue un susurro entre dientes, cargado de ira,
Estaba loca, loca de remate. Loca por excitarse al ver los músculos tensos de él, la mandíbula apretada.
Disimulo todo eso, cruzándose de brazos.
—¿De qué estás hablando?.
Frunció el ceño.
—Vienes aquí, vestida de esta manera. - La miró de arriba hacia abajo, por donde sus orbes pasaron el cuerpo se encendió con fuego. — Y te dejas admirar por un gilipollas.
—¿Vestida de qué manera, imbécil?.
Consciente de las miradas furtivas, finge una sonrisa, admirando como poco a poco los ojos de Maximilian se encendían más.
—De la manera en la que me haces volver loco, de la manera en la que haces que idiotas como Evan babeen el suelo que pisas.
Alzó una ceja, apretando los puños.
Se encontraba en un dilema, por un lado estaba furiosa de escuchar sus palabras, por el otro satisfecha de hacerle sentir celos, celos que ella misma sentía ahora mismo, intuyendo la relación que podría tener con la cuñada de su hermana.
—¿Realmente me estás reprochando?, hace cinco minutos tenias a una mujer colgada del brazo. Te lo recuerdo.
—No es nada mio, Liliana y tampoco tengo interés de que lo sea, Lo único que quiero ahora mismo es una oportunidad. - Se acercó un paso, invadiendo su espacio personal. — Te tengo una propuesta.
El estómago le dio un vuelvo, la respiración se aceleró.
Sabía que no tenía que preguntar, pero la curiosidad y el deseo podían más que la razón.
—¿Qué propuesta?.
La mirada de él se intensificó, mirándola de una forma tan profunda, sensual, que su piel se erizo,
—Dame este mes, este mes para tenerte. Te prometo que después te dejaré en paz, cada uno continuará con su vida, si eso es lo que tu deseas.
—¿Qué?.
Maximilian sonrió, sonrió de una forma depredadora.
—Un mes Liliana, llamalo aventura, llamalo sexo. - Se inclinó hacia ella, pegando la boca cálida a su oído. — Dame un mes para volver a enamorarte.
Su voz ronca recorrió cada parte, cada célula, cada terminación nerviosa,yendo a parar al centro de sus piernas.
Olvido como se respiraba, olvido al mundo a su alrededor, por más que intento no pudo encontrar su voz.
Anclada en su lugar, solo pudo apreciar como Maximilian separaba su cuerpo del de ella, sintió frío.
—Te dejaré pensarlo, escríbeme cuando tengas la respuesta.
Tomó su mano, dejando una tarjeta entre los dedos inertes, antes de marcharse uniéndose a la muchedumbre que había presenciado todo el acto.
¿Qué demonios se suponía que haría ahora?