Enrique
Mierda.
Me quedé helado y estiré la mano para estrechársela como si no pasara nada. Pero internamente, mi mente se puso en marcha, corriendo a cien kilómetros por hora. Esta era la dulce potranca a la que follé anoche. En un club nocturno lleno de gente.
Sí, ese soy yo. Asqueroso y repugnante me podrías llamar. Pero no cambiaré, nunca.
¿Excepto que ahora va a ser mi hijastra?
Mierda, no.
Pero no tenía sentido decirlo delante de la multitud. Además, soy un maestro del disfraz. No muestro mis emociones a menos que sea absolutamente necesario.
Así que extendiendo el puño, tomé esa dulce mano entre las mías y la estreché como si no nos conociéramos.
—Enrique Humbser—, fue mi suave respuesta.
Lisa se sonrojó por nada en particular. O tal vez por nuestro contacto. Y mierda, pero me excitó, porque la chica es tan jodidamente hermosa.
Anoche no debería haber pasado nada. Era una forma de desahogarme antes de montar otro espectáculo para la mujer con la que me casaría en unas semanas. Y soy un hombre cachondo las 24 horas del día. Incluso a los cuarenta y cinco, mi v***a necesita un entrenamiento al menos una vez al día.
Y mierda, anoche sí que lo conseguí.
Con la zorra hija de mi prometida, nada menos.
Maldita sea.
—¿Por qué tan formal?— Ana arrulló, sonriendo falsamente. —Ahora vamos a ser familia. Al menos deberían abrazarse.
Lisa parecía que prefería correr hacia otro lado antes que abrazarme. Al menos no delante de su madre. Porque la noche anterior, ella había lanzado sus brazos alrededor de mí mientras gritaba, ese ano perforado tan profundo.
Maldita sea.
Mierda fue tan ardiente, mierda, tan jodidamente ardiente.
La noche anterior había sido una de las mejores experiencias de mi vida. A pesar de estar cachondísimo, no había ido al bar a ligar, la verdad es que no. Ese antro ni siquiera era el tipo de lugar que normalmente me gusta. Había demasiadas chicas de silicona y tipos cutres con el pelo engominado y músculos de gimnasio.
Pero me había aburrido después de un viaje de trabajo de mierda que no había ido bien. Recién llegada del aeropuerto, estaba demasiado ido como para decirle al chófer que me dejara en el garito exclusivo para socios de clase alta que suelo frecuentar. Así que, tras un corto paseo desde mi apartamento, acabé en un antro oscuro y abarrotado.
La zona VIP había sido ridículamente barata, con moqueta desgastada y cursis tumbonas de terciopelo morado. ¿De verdad? Tenían que despedir a su decorador de interiores inmediatamente.
Al menos me dio la oportunidad de estirar las piernas y observar el resto del lugar. Pero no tardé en arrepentirme de haber puesto un pie en aquel agujero de mierda. El club estaba lleno de cabezas musculosas salpicadas de chicas delgadas como palos que prácticamente se caían de las operaciones de tetas falsas. Sí, muy pesado en el mal sentido.
Pero entonces la vi.
Guapa, natural y con curvas, Lisa era más bibliotecaria que la típica chica fiestera. Su pelo castaño rizado rodeaba una cara demasiado dulce para un lugar llamado ClubX. Pero esos enormes senos y gruesas caderas me hacían querer probar. Dios, vaya que me hacían querer probar.
Y cuando se acercó, fue como un sueño hecho realidad. Mi v***a se puso tiesa cuando abrió la boca. Pero entonces me invitó a bailar y prácticamente me partí de risa. ¿Bailar? Ja. ¿Qué era esto, una graduación? El único tipo de baile que haría con una chica así sería entre las sábanas. Duro y rápido. Profundo y áspero.
Sí, no soy exactamente un buen tipo.
Ni de lejos.
Porque en unas semanas, me iba a casar con Ana. Anillo en dedo, y toda esa mierda. No era exactamente el amor de mi vida, ni mucho menos. Pero incluso si era más un acuerdo de negocios que una atracción, debería haberlo guardado en mis pantalones.
Pero a la mierda con eso. No había tenido un coño en semanas, y Lisa era un melocotón maduro inscrito con la palabra tentación.
Al observar a la mujer, tuve la vaga idea de invitarla al baño del club, pero se había vuelto a relamer los labios, con los pezones asomando a través de la tela. Así que el baño estaba descartado. Aquí estaba muy bien, muchas gracias.
Porque en un instante, la había arrastrado sobre mi v***a como un perro hambriento, haciéndola follar encima de mi con bailarinas girando en el suelo. Separé aquellos gruesos muslos y follé directamente su culo, gimiendo por el tierno apretón.
Y aunque ahora mi futura hijastra me miraba fijamente, intentando claramente actuar como si no pasara nada, no había remordimiento alguno. ¿Me sentía mal? No. En todo caso, me sentí jodidamente poderoso y seguro de mí mismo, observando una vez más aquel cuerpo curvilíneo.
Mi único problema real era no arrastrarla para que me diera más de lo que le había dado anoche. Su culo estaba tan apretado y había respondido como un sueño húmedo a la follada profunda. Mierda. Sólo de pensarlo, mi carne se puso dura de nuevo, allí mismo con su madre y su tía a unos metros de distancia.
A la mierda mi vida.
Si pudiera volver a saborearla.
Si tan sólo pudiera tenerla en privado.
Pero la cosa es que Lisa se estaba volviendo loca. Su fachada se estaba desmoronando, y necesitaba ponerle fin.
—No, no te preocupes, Ana—, gruñí por lo bajo. —Tendremos mucho tiempo para abrazos cuando nos conozcamos mejor.
Intenté que pareciera que no era para tanto. Pero mierda, mi v***a quería tocar a la deliciosa muchacha. El vestido púrpura encendió mi imaginación con la forma en que se estiraba sobre el pecho, poniendo esas tetas grandes y jugosas en plena exhibición. Mierda. Me dolían literalmente las pelotas.
Metí las manos en los bolsillos de mis pantalones y al menos traté de ocultar cómo mi v***a se estaba llenando rápidamente con sólo mirar a Lisa. Con un monstruo como el que tenía, era muy difícil. En estos pantalones, prácticamente se podía ver mi erección desde el espacio exterior.
—Bien. Nada de abrazos—, proclamó Ana. —Sentémonos, es hora de beber champán—, gritó.
Y mientras miraba, la tía guio a Lisa lejos, con los brazos entrelazados. Pero no podía permitirme parecer distraído. Este era mi almuerzo de compromiso. Me iba a casar con Ana, la madre. No con la hija.
Porque necesito las conexiones de Ana. Estoy expandiendo mi imperio a la capital. Así que sí, como promotor multimillonario, me caso con una de las mejores agentes inmobiliarias por su rolodex. ¿Despiadado? ¿Movimiento cretino? ¿Divorcio en el futuro? Puedes apostarlo, tan pronto como tenga todos los ligues que prometió.
Porque sí, esto no es real, no realmente. Ni siquiera hemos dormido juntos. Es idea de Ana. Cree que tomar el esperma de un hombre en su cuerpo la hará envejecer más rápido. Cuando me lo dijo, prácticamente estalle de risa por la estupidez de esta mujer .
—No te rías—, dijo ella malhumorada. —En serio, el esperma no es bueno para una mujer madura.
Entonces solté una carcajada, prácticamente doblado.
—¿Quién lo dice?—, fue mi respuesta.
—Mi médico—, dijo Ana aireadamente, agitando vagamente la mano. —El dice que debo evitar el semen porque me dará arrugas.
¿Me estás tomando el pelo? Incluso yo, como recién llegado a la ciudad, reconocía a un charlatán cuando lo veía.
Pero Ana era inflexible.
—No hasta que nos casemos—, dijo con firmeza. —Entonces puedes hacer lo q quieras—, reiteró, mirando entre mis pantalones.
Normalmente, no dejo que las mujeres me digan que no. Es a mi manera o nada.
Pero en este caso, realmente no importaba. Después de todo, era sólo una farsa de matrimonio. Lo conseguiría en otra parte, por lo tanto, la sucia follada de anoche.
Pero, oh mierda. Después de probar el culo prieto y las caderas gruesas de Lisa, todo lo que quería era más. Un culo gigante con forma de corazón en mi cama, unos pechos que pudiera apretar como muñecos de estrés y un cuerpo abundante que fluyera como la seda sobre mis sábanas.
Después de un polvo, Lisa ya me tenía codicioso como un cerdo.
Pero seguíamos en mi comida de compromiso, y sin sitio adonde ir. Ana volvió a reírse, sonriéndome para que la viera.
—Enrique—, ronroneó. —Tengo que mantener este cuerpo bonito y apretado para la luna de miel—. Volvió a reír levemente, con un perfume pesado como el veneno. Ese olor no se parecía en nada al suave y delicado aroma de Lisa, en el que podía hundir la nariz mientras le llenaba de mi.
Mierda, me había metido en un buen lío.
Pero mi prometida estaba en racha, completamente despistada.
—Estoy deseando mudarme a tu casa después de la boda—, me dijo Ana, apretándome el brazo con una mano enrojecida. —Mi amiga decoradora ya tiene algunas ideas geniales sobre cómo refrescar tu piso de soltero.
Maldije en silencio. Mi "piso de soltero" estaba bien como estaba. Madera oscura, televisor enorme, todo masculino e imponente. Mierda, las cosas ya estaban empeorando. Pero nos divorciaríamos antes de que pudiera poner sus garras en mi casa, así que no era para tanto, ¿verdad? Respira, dijo mi subconsciente. Respira.
Y de alguna manera lo logré. No hace falta decir que el almuerzo fue una farsa. Yo estaba allí, pero no estaba allí, sonriendo y asintiendo como un estúpido muñeco Ken. Y todo el tiempo, Ana se sentó a mi lado, charlando sin parar, sobre todo acerca de la próxima boda y la luna de miel que había planeado.
Debería haberle prestado atención, pero aquella voz me entraba por un oído y me salía por el otro. Porque con Lisa sentada al otro lado de la mesa, no podía dejar de pensar en volver a hundir mi v***a en ella.
Sí, así es. En mi propia comida de compromiso, estaba pensando en el culo de mi hijastra.
Por Dios.
Estoy en la mierda.
Pero mierda, la chiquilla no ayudaba. Porque todo lo que hacía era condenadamente sensual. La morena pidió una ración tanto de pescado como de pollo, y devoró su comida con un apetito intenso que era arrebatador. Cada vez que abría la boca y deslizaba el tenedor entre aquellos labios brillantes, pensaba en darle mi v***a y entrenar aquella garganta virgen para que me tragara.
Mierda.
Esto era una puta tortura.
Madura un poco, me gruñí a mí mismo antes de pedir un whisky doble. Que te crezca un par de pelotas y te adaptes a la puta realidad.
Afortunadamente, la comida estaba a punto de terminar.
—¿Postre, señor?
Un camarero de cuello rígido apareció junto a mi hombro con un pequeño menú cuadrado. Había un montón de cosas ricas, como eclairs de chocolate con pistacho picado y helado de vainilla y avellanas. Pero no me apetecía comer nada más.
—No, gracias—, fue mi gruñido.
Pero Lisa no se contuvo en absoluto. La hermosa morena escudriñó la letra pequeña antes de dedicar al camarero una sonrisa radiante.
—Sí, tarta de queso con terciopelo rojo, por favor—, murmuró. —Suena delicioso, gracias.
Y una mierda, pero cuando llegó, nunca me había excitado tanto. ¿La forma en que se comió esa crema batida? Era pura tortura, ver a Lisa meterse en la boca gruesas gotas blancas. Todo el tiempo, imaginé otro tipo de crema goteando de las comisuras de esos labios entreabiertos. Ella tomaría mi v***a tan bien, que la garganta se extendería como un profesional.
Metí la mano bajo la mesa para ajustarme el paquete tieso. Mierda. Mis ojos devoraban cada centímetro de aquel cuerpo curvilíneo, acariciando sus tetas, incluso imaginando de nuevo penetrarla por el culo ¿Me recibiría de nuevo?
Y Lisa podía sentir mi mirada con seguridad. Tragó saliva, dio un respingo y de repente echó la silla hacia atrás con un fuerte chillido.
—Disculpen—, murmuró la chica, negándose a mirar hacia mí. En lugar de eso, la chica se fue hacia la parte trasera del restaurante, prácticamente corriendo.
—¿Está bien?
Su tía frunció el ceño y miró por encima del hombro hacia la espalda de Lisa, que se retiraba.
—Seguro que está bien—, dijo Ana con despreocupación. —Probablemente haya comido demasiado—, murmuró la rubia en voz baja, como si estuviera compartiendo un secreto. —No paro de decirle que se salte la comida y deje de picar, a los universitarios no les gustan las chicas pesadas. ¿Pero mi hija me hace caso? No—, concluyó, revolviéndose el pelo sobre un hombro delgado. —Lisa come como un cerdo pase lo que pase.
Debería haberme indignado ¿Qué madre habla así de su hija? Uno, era una puta grosería, y dos, era de su sangre, por el amor de Dios.
Pero no podía decirlo. Era demasiado pronto y revelaría demasiado. Así que, durante tres minutos, permanecí sentado en mi silla, sorbiendo lentamente el whisky y saboreando el ardor del licor, mientras observaba cómo avanzaban los segundos en mi reloj. Y cuando el segundero marcó las doce, me levanté y me fui al fondo del restaurante.