Capítulo 5

3561 Words
La morena estaba allí, seguro, justo en el estrecho pasillo detrás de los baños. Y cuando me vio, sus ojos marrones brillaron con furia. Atrás había quedado la chica tímida y achispada que me había suplicado mas la noche anterior. Sin presentación, siseó en cuanto me acerqué lo suficiente, casi escupiendo fuego. —No puedes mirarme así. Arqueé una ceja mirándola con pereza. —¿Qué quieres decir?—, dije. Pero sabía exactamente cómo la había estado mirando. Sólo que no me había dado cuenta de que había sido tan obvio. Pero entonces se abrió la puerta del baño de mujeres y salió una camarera, obligándome a detenerme un momento. Pero una vez que la intrusa se marchó, volví a ello. —¿Me estás diciendo que no puedo mirar a mi nueva hijastra?—. pregunté suavemente, mirando de nuevo esa forma curvilínea. Claro, estaba siendo un patán, pero había algo en esos pechos turgentes y esas mejillas sonrojadas que realmente me excitaba. —¡No! ¡Quiero decir sí!— Lisa siseó. —¿Qué demonios? Le enarqué una ceja. —Dímelo tú, guapa—, dije, divertido. —Dímelo tú. Parecía enfadada como para escupir, llena de fuego y vida. —No lo entiendo—, dijo. —¿Follas conmigo y luego apareces aquí?—, preguntó, gesticulando furiosamente con una mano. Aquellos rizos castaños volaban, las mejillas sonrojadas. —¿Qué está pasando? ¿Qué demonios? Pero de nuevo, yo soy el patán. —No me digas—, volví a decir. —Estoy aquí. Me voy a casar. ¿Y qué? —¡Pero te vas a casar con mi MADRE!—, casi gritó esta vez. —Cierto—, dije, provocándola, acariciándome la mandíbula como si estuviera pensando. —Cierto, cierto. Buena observación. Resopló y se alejó, con el dobladillo del vestido revoloteándole alrededor de las rodillas. Pero lo peor era que Lisa parecía a punto de pegar otro grito, y no podía permitirme que su familia la oyera. Era hora de controlar esta mierda. Tras echar un rápido vistazo, la agarré del brazo y arrastré a la furiosa muchacha al baño de hombres. Sí, no es exactamente el lugar más romántico. Azulejos industriales fregados de blanco reluciente, con cabinas de metal. Incluso en un garito de cinco estrellas, un baño es un baño. Pero al menos estaba limpio y vacío. Y sin decir una palabra más, arrastré a Lisa hasta el gran compartimento para minusválidos y cerré la puerta tras nosotros. —Ahora que no estamos parados en un pasillo público teniendo una conversación privada, dime qué estás tratando de decir—, dije firmemente. —Déjalo salir todo, princesa, déjalo salir. Entonces la morena enseñó literalmente los dientes, y tuve que reírme. Mierda, ¡esta chica estaba llena de espiritu! Tenía que entrar en ella, más pronto que tarde. Así que lo intenté de nuevo. —¿Por qué estás tan alterada?—, volví a decir. —Anoche éramos dos personas, hombre y mujer. Nos llevamos bien. ¿Y qué? Me lanzó una mirada furiosa, resoplando de frustración. —Ni siquiera es eso—, espetó Lisa, con esos ojos caramelo chispeando. —¡No deberías haber estado con nadie anoche! Eres un hombre comprometido. Hmm, eso era cierto, pero estaba claro que esta muchachita no conocía los detalles de mi acuerdo con su madre. ¿Debería decírselo? No, mejor no. Eso era prerrogativa de Ana. Así que me lo tomé con calma. —No hay necesidad de que te preocupes con quien ni cuando follo, princesa. ( Aunque mi v***a aprecia tu preocupación) Lo cual no era estrictamente cierto. Quería que se involucrara íntimamente, sobre todo después de aquella comida. Verla comer y lamer el tenedor sensualmente, retorciéndose en su silla y agitándose de placer, me había mantenido duro durante una hora. Prácticamente tenía marcas de cremallera a lo largo de mi pene de estar tan dispuesto a follar. Y todavía quería. Con ella en particular. La lujuria corría caliente por mis pelotas, haciéndolas chisporrotear, llenando aún más mi v***a. Y antes de que me diera cuenta, mi enorme cuerpo se había amontonado cerca de la morena, forzándola contra la fría pared. Aquellos ojos marrones se clavaron en la parte delantera de mis pantalones, un grito ahogado salió de su garganta. —Tienes que estar bromeando—, susurró. Estaba a punto de disculparme por ser un viejo cabrón tan cachondo cuando la muchachita se lamió los labios, sin dejar de mirar el enorme bulto en mis pantalones. Entonces se acabó el juego. A la mierda con esto. Porque no soy Dios. No soy un ángel, ni un santo, ni mucho menos. Gruñendo como un animal, la apreté contra la pared y aplasté sus labios con los míos. Mierda, fue increíble. Porque anoche no probé su boca. Fui directo a su coño mojado y luego a su culo. Pero ahora... mierda, esto era el paraíso. Su boca era deliciosa y caliente. Apretada contra la pared, la muchacha se retorcía contra mí y emitía ruidos desesperados y necesitados en lo más profundo de su garganta. Pero Lisa da tanto como recibe. Sus uñas se clavaron en mi estómago, arañándome como si me deseara tanto como yo a ella. Mierda, esta pequeña zorra estaba justo en mi callejón. Pero soy un hombre hasta la médula. Nunca dejo pasar una oportunidad. Apartando mi boca de la suya, susurré con dureza, con ojos voraces. —Date la vuelta, princesa. Déjame ver ese trasero. Y como una buena chica, la morena se giró, poniendo las palmas contra la pared. Oh sí, esa posición era buena. La postura de "manos arriba, tú ganas" era perfecta porque iba a tomarla justo aquí. Le quité las bragas de un tirón y, efectivamente, la chiquilla ofreció aquellas nalgas gigantes, deliciosas y tentadoras. Rebotaba en todos los lugares correctos, haciendo que mi v***a palpitara y se retorciera, chorreando liquido preseminal. Tenía que tenerla. Ahora mismo, Dios. Me bajé la cremallera, me bajé los pantalones con la v***a en la mano y rocé el agujero de su coño con la punta de mi v***a más rápido de lo que podía pronunciar su nombre. Y ahora tenía un nombre que iba con la fantasía que había estado disfrutando toda la mañana. Lisa. Era tan acertado a pesar de que estábamos en el baño de hombres durante mi almuerzo de compromiso, preparándonos para hacer guarradas. ¿Pero me importaba? Claro que no. —Abre bien las piernas, dulzura—, fue mi ronco gruñido. Gimoteó como la perfecta putita, echando la cabeza hacia atrás mientras su enorme culo empujaba aún más. Estaba claro que la chiquilla ya no pensaba, sólo se dejaba llevar por las sensaciones. Gimiendo, sus caderas giraron hacia mí, esparciendo jugo de coño por toda la cabeza de mi dolorida v***a. Maldita sea, la morena aprendió rápido. Pero ella me tenía atado. Iba a disparar semen en un instante si no entraba ahí rápido. Así que, gimiendo, me mojé los dedos en aquel coño que manaba a borbotones y le preparé el culo con las mínimas exigencias. Sus pliegues se movieron por reflejo, el agujero del culo se cerró y la chica se volvió para mirarme por encima del hombro, con los ojos muy abiertos. —¿Otra vez?— fue su grito ahogado. —Por el coño esta vez, por favor. Pero no, hay demasiado riesgo. Ya sabes, quedarse embarazada y toda esa mierda. No con una adolescente "virgen" que además iba a ser mi hijastra. Así que negué con la cabeza. —No bebé. Lo mío es la parte de atrás. Y con eso, comenzó. Lentamente, introduje mi cabeza en su ano. El sonido que hizo, en parte de dolor y en parte de placer, me disparó directamente a la luna, era tan malditamente bueno. —Eso es, princesa.— Empujé mi v***a más profundamente en su culo. —Exactamente así. ¿Qué era todo ese refuerzo positivo? Debería estar dándole por el culo y penetrando su apretado agujero como si fuera una puta cualquiera. Pero la forma en que Lisa tragó mi gruesa carne, ansiosa y sin aliento, me agarró fuerte por las pelotas. Me deslicé dentro de su culo con un profundo gemido y agarré con fuerza aquellas caderas en busca de algo sólido a lo que aferrarme mientras el placer me hacía girar la cabeza. —Tómalo todo de mí, nena—, gemí. —Cada puto centímetro. Echó las caderas hacia atrás, gimiendo y gimiendo, pero ese culo absorbió toda mi longitud, con las pelotas golpeando su joven y hermoso trasero. —Oh, sí—, gruñí. —Claro que sí. Y entonces la morena hizo algo tan sucio que prácticamente me corrí de gusto. Gimiendo profundamente, con los ojos cerrados, la chica echó ambas manos hacia atrás, agarrando una nalga con cada mano. Y entonces se abrió, exhibiéndose para mí, dejándome entrar más profundamente. —Sí, papi, así—, jadeó, con los ojos cerrados mientras yo le daba por detrás. —Justo así. ¡Mierda, esta dulce princesa era tan jodidamente sexy! ¿Suplicando por una v***a en su culo? Maldita sea. Pero la chica se agarró fuerte mientras yo bombeaba profunda y lentamente. Lisa se sentía tan bien, su ano apretando mi v***a como un guante de terciopelo. Juro que nunca había follado mejor. No sabía si era porque ella era más joven que el tipo de mujer con que yo solía hacerlo, o porque estábamos en el baño de hombres mientras su madre esperaba fuera. Me dolían las pelotas, apretadas y a punto de derramarse dentro de la caverna caliente. Pero no empecé esta mierda para acabar tan pronto. Tensando cada músculo, pensé en todo lo posible para retener el semen que bajaba por las vías. Y cuando se ralentizó, volví a acelerar, follándola como una máquina, llegando a un clímax que sabía que me iba a hacer temblar los dientes. Mis caderas avanzaban y retrocedían con fuerza y rapidez y, con cada movimiento, Lisa jadeaba y gemía. Si alguien hubiera entrado en el cuarto de baño en ese momento, no habría ningún secreto sobre lo que estábamos haciendo, el fuerte sonido de carne contra carne era inconfundible. Pero como en el club, me importaba una mierda. Su coño estaba húmedo y mi v***a no había tenido un agujero tan bueno en años, quizás nunca. Mierda, si su culo era tan bueno, sólo podía imaginar cómo se sentiría su coño alrededor de mi carne. Sólo pensar en su coño me hacía gemir desesperadamente. Gruñendo con cada empujón, intenté frotar su clítoris. Oh sí, Lisa estaba tan mojada. Su coño prácticamente empapó mi mano mientras frotaba ese dulce nódulo. Por impulso, le di una palmada en el clítoris y la chica soltó un grito agudo. El húmedo sonido de la bofetada llegó directamente a mi v***a, y ella volvió a gritar. Entonces le tapé la boca con la mano para amortiguar los ruidos, para mantener las cosas en secreto. Mierda, sí. Le di palmadas en el clítoris una y otra vez, siguiendo un ritmo constante de palmadas en su gordo clítoris mientras le penetraba el culo al mismo tiempo. —¡Mwmwf!— Su grito sonó en el baño, desesperado y jadeante. —¡Mwmwmf! Mierda, lo que estábamos haciendo estaba jodidamente mal. Pero ella gritó y empujó mi v***a como si no tuviera suficiente. Apartando la cabeza, jadeó. —Ya voy. Estoy... ¡unnnnggggh! Sí, lo estaba. Mierda me encantaba cuando las chicas lo hacían primero. Eso significaba que podía soltarme de verdad mientras ellas se apretaban más a mi alrededor, sus agujeros casi aplastando mi v***a mientras la tormenta se arremolinaba. Gruñí su nombre y penetré con más fuerza, la v***a embistiendo como una máquina de follar de una película porno. El sudor me corría por la espalda bajo el traje de dos millones, las pelotas altas y apretadas. —¡Toma mi v***a, princesa!— Acerqué mi boca a su oído, jadeando con fuerza mientras el baño resonaba con el sonido de mis pelotas golpeando su culo. El sonido desesperado de sus gritos resonaba en el baño, prácticamente destrozándome los tímpanos. ¡Le encantaba! Y a mí también, yo... Sin previo aviso, el semen salió disparado de mi v***a, caliente y burbujeante. —¡Maldita sea!— Gruñí en su oído mientras me corría. Los chorros eran implacables e inquebrantables, ráfaga tras ráfaga de viril semen masculino. Mierda, Mierda, me iba a desmayar, esta follada era demasiado buena. Pero todo tiene que terminar en algún momento. O eso, o enviarían un grupo de búsqueda. Así que cuando volví a la tierra, lamí la oreja de la morena mientras la sacaba lentamente. Oh, sí, mi pene estaba brillante, goteando sudor anal y vetas de masa blanca. Pero Lisa aún no había terminado. —¡Sólo un poco más!— Sus súplicas eran amortiguadas, pero yo las oía alto y claro. Movía frenéticamente sus carnosas caderas entre mi v***a y mis dedos. —¡Por favor, Enrique! Por supuesto, accedí. —¿Quieres esto?— Empujé mis dedos contra su clítoris y ella chilló de nuevo, un sonido más suave esta vez. —¿Quieres que te folle un poco más?—. No dejé de mover la mano. —¡Sí, Enrique! ¡Sí! ¡Fóllame! Era insaciable. Como un loco, mis dedos bajaron hasta ese agujero húmedo y dispuesto, y penetraron. Dios, estaba caliente, tan suave y dispuesta. Y segundos después, la morena se corría de nuevo y jadeaba mi nombre en el gran baño. —¡Enrique! ¡Papi, sí! Mierda, esto de ser papi era tan jodidamente tabú e incorrecto, pero sonaba un poco bien viniendo de sus labios. Mi v***a se agitó, la lefa goteaba salvajemente contra sus muslos. Y sin pensarlo, la agarré y tiré de ella para que se pusiera frente a mí antes de dejarme caer para meterle la cara en el coño. —¡Enrique! ¿Qué haces?—, gritó. Pensé que era bastante obvio. No tenía ninguna razón para hacerlo, pero quería ver esa corrida suya de cerca y ver su cara cuando se soltara. Y esta era la mejor manera de hacerlo. Me metí su clítoris en la boca como una gota de limón, acariciándolo con la lengua. Gemía y jadeaba como un perro bajo el sol abrasador. Su cabeza se hundió contra la pared y sus caderas se agitaron salvajemente. La sujeté con fuerza y empujé sus anchas caderas contra la pared para que no se hiciera daño con mis dientes. O me hiciera sangrar la nariz. —¡Oh Dios, Enrique!— fue su grito. La lamí por todas partes, devorando hambriento la dulce crema que manaba de aquel coño hinchado. Sabía jodidamente deliciosa, mi postre tras un largo y doloroso almuerzo. Gimiendo fuerte para que pudiera sentir las vibraciones en su clítoris, le di el doble juego de mi lengua en su clítoris y mis dedos acariciando el apretado agujero de su coño. Sí, princesa. Bombea tu dulce coño por toda mi cara. Era como si me hubiera leído la mente. Lisa frotó su raja sobre mi boca y mi barbilla, follándome la cara con movimientos frenéticos. Ella gimió para mí entonces, y luego trató de ahogarlo. Pero no iba a dejar que se aguantara. Agachado entre sus piernas, aspiré el olor salado y dulce de su coño, observando a Lisa como si fuera mi propio espectáculo s****l privado. Volvió a respirar con dificultad y jadeó, con los ojos apretados y las mejillas sonrojadas por el esfuerzo. Sí, eso era. Lamí con más fuerza su coño chorreante, lo chupé y me lo bebí. Su clítoris estaba a reventar. Debió de sentir mi mirada porque abrió los ojos y se estremeció sin control antes de emitir una dulce súplica. —Fóllame, Enrique. Fóllame con tu lengua. Haz que me corra. Lisa se corcoveó y su dulce coño se apretó y explotó entonces sobre mis dedos, húmedo y jugoso. La chica se corrió tan fuerte que juro que debieron oírla allá en el Olimpo. Y mierda, era jodidamente precioso. La chica que se deshacía ante mí era exuberante y madura, perfecta para mis necesidades. Su culo tenía forma de corazón, el coño era pura magia. Si hubiéramos tenido más tiempo, la habría inclinado sobre el retrete y me habría follado ese coño húmedo y dispuesto hasta que los dos nos hubiéramos desmayado. Pero no siempre conseguimos lo que queremos, ¿verdad? Después de todo, estábamos en mi comida de compromiso, con su familia esperando fuera. Mierda. Haciendo caso omiso de mi v***a cada vez más dura, froté esos gordos labios del coño, y luego más atrás hasta su tierno e hinchado culo. Mi esperma goteaba de ella, espesa y caliente. Mierda, lo que daría por meterle otra vez mi v***a y llenarla aún más de mi semen. Pero ya habíamos estado suficiente tiempo en el baño. Ana empezaría a sospechar. Demonios, todos empezarían a sospechar. Así que me puse en pie, subí la cremallera y me alisé el traje. No era para tanto. Aparte de los jugos en la barbilla, por lo demás tenía un aspecto completamente normal, un alfa en una comida elegante. Pero con Lisa era otra cosa. Todo su ser tenía ese aura de "acabo de follar", los ojos ligeramente aturdidos, el cuerpo blando, suelto y relajado. Y oh mierda, pero el olor. Había ese olor a coño caliente y pesado, recién follado, mezclado con el sabor viril del semen. ¿Cómo íbamos a arreglar eso? Tomé sus bragas y se me ocurrió una idea. Metí la mano entre sus piernas y pasé la suave tela entre sus muslos, recogiendo el esperma y tratando de limpiarla. Luego las olfateé y me las metí en el bolsillo. Sus ojos parpadearon lentamente. —¿Qué vas a hacer con mis bragas?— susurró, con voz suave. —¿Para qué las necesitas? ¿Para qué las necesitaba? Mierda, esta era la prueba de nuestro amor, algo que atesoraría en el apartamento. Quizá no pudiera follarme a mi hijastra a la intemperie, pero podía oler sus bragas de encaje en la intimidad de mi casa y correrme como un huracán. Así que me encogí de hombros. —Es sólo cosa mía—, fueron mis vagas palabras. —No te preocupes. La morena negó lentamente con la cabeza, pero no dijo nada, sino que trató de enderezarse. Aquellos rizos castaños eran salvajes y encantadores, su vestido ahora un poco arrugado. Y gruñendo de aprobación, volví a asentir. —Vamos, cariño. Tenemos que volver. Al abrir la puerta de la caseta, afortunadamente todo estaba despejado. Me deslicé por el pasillo, paseando de vuelta a la mesa principal como si no pasara nada. —Tenía que atender una llamada—, dije a nadie en particular, sentándome sin problemas. Pero la excusa era innecesaria porque Ana estaba contando una historia que a ella le parecía divertidísima, pero que a todos los demás les parecía dolorosamente aburrida. Pero no es que ella se diera cuenta, o le importara. Y finalmente, el largo monólogo terminó. —Oh, Enrique.— Ana se inclinó hacia mí con una sonrisa falsa. —Siempre te ríes de mis bromas, somos perfectos juntos—, arrulló, dándome palmaditas en la mano. Más bien tenía una sonrisa falsa en los labios, la cara congelada en una mueca. Pero gruñí. —Sí, una historia muy divertida, cariño. Muy graciosa. Ana soltó una leve risita, despeinándose. —Como dije, somos perfectos juntos. Ahí estás, cariño—, le dijo a Lisa, que acababa de volver a la mesa, evitando mis ojos. —¡Llegas justo a tiempo para enterarte de mi viaje! Ya sabes, empezó cuando... El segundo monólogo fue aún peor, todos los invitados asintiendo y sonriendo en sus sillas, prisioneros involuntarios. Pero observé atentamente a Lisa. Efectivamente, se retorcía incómoda en su asiento, deslizándose hacia delante y hacia atrás. Tenía que ser su ano dolorido. Tenía que ser. —¿Estás bien, cariño?—, susurró Sandra, la tía de Lisa, con una mirada de preocupación en los ojos. —Estoy bien—, respondió la morena, aclarándose la garganta, con la voz ronca. Oh sí, había estado gritando en el baño, esas cuerdas vocales destrozadas. —Sólo mi estómago—, murmuró la morena. —No me encuentro muy bien. Ana hizo una pausa y miró a su hija con el ceño fruncido. —Es el postre—, dijo en voz alta para que todos en la mesa pudieran oírla. —Dos postres no son buenos para nadie, no deberías haberte comido todo eso—, proclamó Ana. Pensé que Lisa se lo tomaría con calma, diciendo algo sobre que era una ocasión especial. Pero en lugar de eso, la morena levantó la cabeza, con expresión apacible. —No es eso, mamá—, me dijo con voz dulce. —Es algo totalmente distinto—, dijo, mirándome a los ojos. Y mis labios se abrieron en una sonrisa lenta y cómplice, sin importarme quién la viera. Porque sí, era mi cuerpo el que hacía cantar al suyo, y aunque estuviera mal, tenía que conseguir más. Así es, Lisa es mi futura hijastra, pero sólo estábamos empezando... si me salía con la mía.
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