Lisa Atravesé las puertas giratorias del edificio de oficinas del centro y me dirigí directamente a la recepción, con unas zapatillas que no hacían ruido en el pulido suelo de mármol. —¿Puedo ayudarla, señorita? —Sí, soy Lisa. ¿Puede decirme dónde está la oficina de Enrique Humbser? La mujer parecía sorprendida, mirándome de arriba abajo. Sí, sobresalía entre los trajes grises de los zánganos corporativos que pululaban por allí. Pero bueno. Mi salvaje pelo castaño rizado siempre sería así, mi figura demasiado exuberante para encajar en un aburrido traje de tres piezas. Pero la recepcionista era una profesional y no me delató. Después de comprobar en el computador que mi nombre figuraba en la lista de visitantes autorizados, asintió con un gesto neutro. —Aquí tiene—, dijo suavemente.

