Luego de que se refrescaran y se sintieran más ligeros, la pareja vuelve a encontrarse en el exterior de la casa donde decidieron comer para deleitarse con el paisaje. Ella lleva puesto un hermoso vestido largo, ceñido al cuerpo, con mangas en tiras de color amarillo, mientras que él utiliza una camiseta blanca y unos vaqueros. Vestimentas adecuadas para estar tranquilos, si es que se puede.
Rogelia, junto a dos empleadas más, comienza a servirles la comida a la pareja. A Luciana le ponen en frente una ensalada verde con aderezo de pesto acompañada de pechuga de pollo al vapor y una copa de vino, mientras que en el plato de Guillermo deslumbra un suculento churrasco con papas salteadas y vegetales a la parrilla, acompañado con una cerveza. Son dos comidas muy diferentes que no reflejan lo que eran antes.
Ella también disfrutaba la comida. Amaban ir después de un arduo día de trabajo a degustar una hamburguesa sin muchos protocolos, ni exigencias.
—No es de mi incumbencia, pero, ¿consideras que eso te alimentará? No creo que una hoja de lechuga sea suficiente.
Guillermo lanza el comentario sin que su intención sea molestarla. Luciana, que se siente algo perdida en ese momento, decide responderle de una manera no tan afable…
—Como ya dijiste, no es de tu incumbencia.
Pronuncia sin dejar de ver su plato. Él, que no tiene ganas de discutir, hace un ademán de rendición. A Guillermo solo le gustaría saber de dónde su esposa sacó la idea de que necesita una estricta dieta para estar en forma. Cuidar lo que comemos para estar saludables, no es lo mismo que matarse de hambre por capricho. Es lo que él piensa y que, por lo susceptible que está ella, nunca se lo dirá.
Por su parte, Luciana se reprende así misma por la forma en que le habló. No suele estar a la defensiva, así que no entiende por qué se comparta de esa manera. Reconoce que su esposo no ha hecho o dicho algo para incomodarla, de hecho, todo el vuelo se mantuvo en silencio, solo hablaron cuando iban de camino hacia la cabaña y eran para conversar acerca de la reunión que tendrán mañana. Así que es totalmente su responsabilidad haber sido grosera.
—Disculpa por el tono, es que… creo que tanto trabajo me tiene estresada - dice volteando a verlo.
—Está bien, igual, no tenía el derecho de inmiscuirme en tus asuntos.
Responde mirándola, luego vuelve a concentrarse en su plato. Ella asiente y hace lo mismo. Ambos quedaron en silencio por cuarta vez en ese día.
Es evidente que los dos perciben que llegó la hora de hablar a «Calzón quitao», como dicen. Hablo de platicar sin rodeos, ¿entienden? No de forma literal, ya que se supone que no se aman, no se gustan, no se atraen. Así que hacerlo de otra manera sería… ¿Saben qué? Mejor volvamos a la historia.
Una vez que terminan de comer, las empleadas retiran los platos y tiempo después le sirven una taza de café, sin crema y amargo, como les gusta a los dos. En la mente de la pareja ronda cuestionamientos como: ¿qué pasará cuando ya no estén bajo el mismo techo? Pueden que de vez en cuando duerman en otros lugares; sin embargo, hasta el momento disfrutar de la bebida caliente, es algo que, inconscientemente, hacen por la mañana.
Luciana desvía su vista hacia las colinas, mientras se deleita con la imagen frente a ella. Guillermo mira a su esposa por unos escasos segundos, pero con rapidez se obliga a observar el mismo paisaje. La cabaña está retirada del pueblo, ese era su plan. Ellos querían tener toda la privacidad que ofrece la montaña cuando fueran de vacaciones. Así que eso incluye que, después de que las empleadas dejen todo limpio en la propiedad, pueden marcharse y volver al día siguiente.
Sí, mis queridos lectores, en unos cuantos minutos ellos se quedarán completamente solos. ¿Qué pasará en la intimidad que le ofrece el lugar? Estamos a punto de saberlo…
—Señor y señora Draco, ya hemos terminado. Todo está limpio. Antes de irnos, ¿podemos servirles en otra cosa? - pregunta el ama de llaves.
—Gracias, Rogelia, pero estamos bien, ya se pueden retirar - responde Guillermo con amabilidad.
—Está bien, nos vemos mañana - dice e intenta irse, pero la voz de Luciana la detiene…
—No es necesario, Rogelia, mañana estaremos todo el día entre reuniones. Pueden venir el lunes y revisar que todo esté en orden - informa y el ama de llaves asiente.
Una vez que se marchan, la pareja toma conciencia de que están solos, completamente solos, en medio de una montaña. No hay una casa a kilómetros, es decir, ellos podrían agredirse y nadie escucharía sus gritos. El uno está a merced del otro, y ellos están conscientes de aquello. Ambos aún permanecen en el mismo lugar donde estuvieron almorzando, tratando de buscar las palabras para empezar la conversación. Así que de forma espontánea a Luciana le sale decir:
—Llamé a las gemelas, están bien, bueno, entre lo que cabe - dice y suspira. —También hablé con Esmeralda, dijo que se vería con Mateo.
Le comenta la mujer a su esposo. Mateo es el novio de su hija mayor, un chico apuesto con un futuro brillante en los negocios, cuyo único defecto es ser arrogante. Un atractivo que le encanta a Esmeralda. A Luciana le gustaba lo mismo de Guillermo.
¿Será cierto que a las hijas mayores terminan buscando una pareja con un carácter parecido al de su papá? Bueno, eso es otro tipo de historia. Continuamos…
—Mateo no termina de convencerme, es un poco… no sé, supongo que ningún hombre será suficiente para mi hija.
—Supongo que no - responde ella esbozando una sonrisa. Luciana se dio cuenta de que Mateo tiene un temperamento parecido al de su esposo y por eso los dos no se llevan bien. —Quien me sigue preocupando es Jade, sé que la doctora dijo que en algún momento hablara con nosotros, pero llevamos cinco meses en terapia y aún no dice nada.
Dice cambiando el humor de la conversación. Cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando con Jade, miles de ideas, no tan buenas, pasaron por sus mentes. Llegaron a pensar que ella pudiese haber sido víctima de algún tipo de agresión; sin embargo, no es lo que la jovencita ha expresado en consulta.
—Lo sé, es frustrante, pero tenemos que ser pacientes. Cuando ella esté lista, conversará con nosotros - expresa en modo reflexivo. —¿Tú crees que en este instante estamos para hacerlo nosotros?
Pregunta Guillermo con la mirada fija en ella. Luciana intenta sostenerle la mirada, no obstante, algo dentro de ella le grita que corra lejos de allí. Es la primera vez que no se siente con las fuerzas suficientes para enfrentarse al hombre que ha amado desde su niñez. Aun así, la audaz arquitecta se llena de valor, respira profundo, y dice:
—No sé si lo estamos, sin embargo, no tendremos otra oportunidad para hacer esto - comenta en un tono que ni ella logra reconocer. Son muchas las emociones que la empieza a invadir y le está costando controlarlas. —Tenemos un año prácticamente separados, los dos tenemos parejas diferentes y… - Lucían es interrumpida por la varonil voz de su esposo
—¿Y quién es el responsable de eso?
Cuestiona él en un tono que refleja frustración. Por el ambiente de hace unos minutos, pensó que la plática sería pacífica y llena de comprensión; sin embargo, al ella mencionar a las nuevas personas que han llegado a sus vidas, su sistema se llena de rabia, porque Guillermo tiene por seguro que si de él dependiera, nada de eso hubiese pasado.
—¿A qué te refieres? Ambos decidimos estar con otras personas.
Reclama ella en tono acusatorio. Guillermo suelta una risa sin gracia y le responde…
—Yo no recuerdo haber pactado eso. Solo recuerdo que vi una noche a mi esposa besar a otro hombre y cuando le pregunté, me dijo que no sentía lo mismo por mí. Eso lo respeté, pero mi error fue no enfrentarte para que me dijeras la verdadera razón por la que ya no te sentías igual conmigo.
Cuestiona en tono airado, mientras se reclama por el papel que ha asumido en los últimos meses frente a su relación matrimonial. Luciana frunce el ceño, no sabe si sentirse culpable u ofenderse por el comentario de su esposo. Sí, recuerda aquel beso con Edward; sin embargo, su intención no era engañarlo ni todo lo que vino después. Solo fue una confusión que ella no supo manejar en el momento.
—¡No seas idiota! - le grita molesta. —No vi que te doliera o costara mucho tomar la decisión de estar con otra mujer.
—Cierto, pero escucha esto, porque te diré cómo está nuestra sociedad… vi a mi esposa con otro hombre, la enfrente y me dijo que no me amaba. De haberte insistido, todos me hubiesen tildado del marido abusivo que no deja que la madre de sus hijas sea feliz con la persona con quien quiere estar. Eso hubieran dicho de mí. Justamente, para ese momento salió en la noticia que un famoso empresario mató a su esposa por celos. Yo no iba a caer en eso. Así que te solté, luego regresas para decirme que no podíamos divorciarnos, y sabes lo que hice, acepté. He dejado que tomes cada decisión en cuanto a nuestra relación solo porque no quiero que me vean como el malo de la historia.
—Entonces, ¿la mala soy yo?
—Sí, lo eres. Eres la desvergonzada que se acostó con otro hombre y arrojó a su marido a los brazos de otra mujer, ¿eso es lo que querías escuchar de mí?
Comenta Guillermo, sintiendo cómo esas palabras se sienten asidas en su boca. No es lo que piensa de Luciana, jamás lo haría; sin embargo, la impotencia y el dolor de cómo se han dado las cosas lo lleva a pronunciar palabras que no siente.
Molesto por su falta de control, el arrogante hombre se levanta de su silla y camina hacia el interior de la cabaña. Ella, que le sorprenden las palabras de su esposo, aunque no las siente verdaderas, también se levanta molesta y va tras él. Ambos sienten que la sangre le hierbe, saben que están furiosos, aunque no saben contra quién o quiénes. ¿Será contra ellos mismos, con el otro, o con las personas que llegaron a irrumpir en sus vidas cuando vieron una g****a en su matrimonio?
Enojada, Luciana toma del brazo de Guillermo para detenerlo.
—¡Eres un idiota! - exclama. —Tú no me enfrentaste, después de que viste ese beso, solo diste todo por sentado. Te fue muy fácil dejarme ir. ¿Cómo querías que interpretara esa acción? Nunca me reclamaste, recuerdo que dijiste: «si no quieres estar conmigo, divorciémonos». Ni siquiera preguntaste si fui forzada a besarlo. Te das cuenta de que una vez más pude haber sido acosada y tú ni te hubieses enterado.
Reclama con lágrimas en los ojos, desbloqueando viejos recuerdos de su niñez, de cuando vivía con una madre despreocupada y un padrastro que era todo menos una buena persona. Guillermo agranda sus ojos, amas no poder. Ellos vivían en la misma cuadra de su barrio, fueron muchas las veces que la defendió y la resguardaba para que no le hicieran daño. Él tampoco tenía muchas opciones; su casa, al igual que la de Luciana, era un completo infierno. Esas fueron las situaciones que los hicieron unirse.
—Tú solo asumiste y yo lo interpreté como que ya había llegado el fin de nuestra historia.
Vuelve a hablar Luciana con más calma, mientras se sienta en el sofá beige que queda frente a una chimenea. Santa Bárbara es un país tropical, sin embargo, hay pueblos, como Montenegro, con climas fríos y cálidos. Guillermo aún está parado en el mismo lugar de espaldas a ella. Su mente revive dolorosos recuerdos de su adolescencia y eso lo lleva a empuñar sus manos y cerrar los ojos con fuerza.
—Tienes razón, mi ego de hombre herido no me dejó ver todo el panorama y aún… - detiene sus palabras para tomar aire. —Aún es la fecha en que no logro analizar la situación por completo. - él se da la vuelta y se sienta en el otro extremo del mueble. —Pero, Luciana, yo no soy adivino, tú siempre has sido una mujer firme que sabe cómo hacerse escuchar. Yo todo el tiempo te he brindado los medios para que hablaras de todo conmigo, ¿dónde falló nuestra comunicación?
—No lo sé, quizás muy dentro de nosotros queríamos vivir una nueva aventura y solo tomamos esas excusas para salir de la monotonía. Tenemos que ser sinceros, Guillermo, para ese momento, solo teníamos un buen sexo, lo demás estaba confuso.
Afirma mirando la leña que está dentro de una chimenea apagada. Él voltea a verla con ganas de abrazarla, pero trata de contenerse y le dice:
—Yo te amaba, te amo y te amaré. ¿Acaso eso no es suficiente? - cuestiona y ella voltea a verlo.
—En un momento sí, pero yo necesitaba espacio para… no sé, para mí y contigo, siendo el padre y esposo perfecto, no lo iba a tener. Creo que se necesitaría un terapeuta que explique lo que pasa con una pareja que, prácticamente, lo tiene todo: hijas maravillosas, éxito en los negocios y amor. Si está eso, ¿en dónde está el problema?
—Tienes razón - comenta y también mira hacia la chimenea. —Quizás nuestro problema fue haber sido muy perfectos el uno con el otro - dice tirando una risa sin gracia. —Qué ironía, ¿no? Tener amor y dinero no es suficiente para mantener un matrimonio vigente. Bien, entonces no lo posterguemos más. Si no podemos ser los más grandes amores, por lo menos seamos los mejores padres - él se levanta de su asiento, extiende sus manos y dice: —No debemos culparnos por haber reaccionado de la forma que creímos que era la correcta, ya es tiempo de decir adiós.
Luciana voltea a verlo. Guillermo está parado frente a ella con sus casi seis pies de altura y con expresión indescifrable; aun así, se ve exageradamente guapo. Una belleza de piel morena que le extiende sus manos para despedirse de ella. La incomprensible mujer se levanta y corresponde aquella despedida, mientras intenta decirle algo. No obstante, lo que ninguno de los dos tenía en cuenta era la corriente que iban a sentir en sus cuerpos cuando sus manos chocaran.
Guillermo es un caballero, nunca obligaría a una mujer a hacer algo que no quiere, eso no lo aprendió de su padre; sin embargo, el momento se presta para ser imprudente, así que hala a Luciana hacia su pecho y antes de que ella lo frene, la besa con vehemencia y furor. Ella no puede hacer nada más que dejarse llevar de los carnosos labios que desde hace varios años la han llevado a conocer el cielo como ningún otro hombre.
Es una situación en que ninguno puede parar, aunque su lado más sensato quiera. Entonces, ¿cómo terminará ese beso? Lo sabremos más a delante… Lo sé, todos queremos saber qué pasa después, pero debo tomar una llamada, es de un chico, ustedes entienden, ¿no?…