Hola, he vuelto. Lo siento, es que llamaba un amigo; no vayan a pensar que es otra cosa como, por ejemplo, un novio o algo así porque… Saben, mejor volvamos al punto donde nos quedamos, si en el candente beso que se acababan de dar Luciana y Guillermo…
Pasan los segundos y la pareja es incapaz de soltarse, sienten que si lo hacen, para volver a tocar será imposible y llevan mucho tiempo sin hacerlo. Sin que la miel que desborda sus labios sea consumida por ellos. Así que en ese instante los dos amantes pierden la capacidad para razonar y solo se dejan llevar del deseo que siempre han tenido el uno por el otro.
Guillermo pasea sus grandes y fuertes manos por debajo del vestido de Luciana, tocando sus partes más sensibles. Ese mismo lugar donde tantas veces se sumergió hasta que ambos alcanzaran la gloria. Ella suelta un ligero gemido cuando siente los dedos de su esposo por encima de su ropa interior, mientras que su cerebro se desconecta de la realidad. La excitada mujer, ya se le olvidó que le prometió a un hombre enamorado que le escribiría una vez que llegara a Montenegro. En ese momento no piensa en otra cosa que no sea en la persona que la besa con impetuosidad.
Desesperado por deslizar su hombría dentro de la profundidad de su mujer, sin reflexionarlo mucho, Guillermo la carga y la lleva al amplio mueble en forma en L para lograr su objetivo. Y así, sin darle tregua para que recapacite, él con rapidez la despoja de su vestido, dejándola solo con la prenda que cubre su intimidad. En ese instante, Luciana logra tener un poco de lucidez e intenta cubrir su cuerpo. Su esposo lleva un año sin verla desnuda y ella aún no se siente conforme con su figura. Él, que intuye su intención, le sujeta las manos y con voz agitada le dice:
—Recuerda que soy yo, tu esposo, tu verdadero amante. No tienes que ocultarte de mí, ni apagar las luces para hacer el amor - le dice con seguridad y la vuelve a besar.
Sin querer que fuera su intención escuchar una conversación entre su esposa y su mejor amiga Johana, Guillermo terminó haciéndolo. Ahí se enteró de que Luciana y Edward solo tienen relaciones con las luces apagadas. Es un hecho extraño, ya que la pareja de esposos disfrutaba de ver a plena luz cada movimiento que hacían. Detallar sus cuerpos, aun con sus imperfecciones, era su deleite para los dos, justamente como en ese momento, cuando el hombre utiliza sus labios para recorrer cada extremo de ella.
Luciana cierra los ojos y solo se deja llevar de las delicias que sabe hacer su esposo con su boca. Ella quisiera cubrir su abdomen, lugar donde aguarda las pruebas de sus dos embarazos. Sin embargo, no lo hace, no puede. No podría apartarlo y decirle que no quiere que la bese, porque sí lo deseaba. Ella tenía tiempo que no sentía recorrer por toda su piel; fuego. Un fuego que la consume y que solo su marido podría apagar.
Guillermo no piensa en nada más que no sea llenar a su mujer de satisfacción, por eso lentamente llega a su vientre, y antes de despojarla de la última prenda que la cubre, él deposita un beso allí para que Luciana recuerde que cada marca tiene la historia más bella que los dos nunca podrían escribir. Una vez que le transmite aquello, baja hasta su entre pierna y lentamente, la despoja de sus bragas, dejándola a su merced.
El olor de excitación se desprende de tocando las fosas nasales del hombre, que pareciera transformarse en un animal hambriento cuando lo percibe. La boca de Guillermo comienza a salivar una vez que visualiza el botón rosa de Luciana. Inconscientemente, se relame los labios y antes de empezar la acción, vuelve a hablar…
—Siempre ha sido uno de mis lugares favoritos. Si algún día he de morir, juro por Dios que deseo que sea entre tus piernas.
Revela mientras sus ojos claros se vuelven oscuros por el deseo. Ella quisiera responder el comentario de su marido, pero de su boca solo sale un sonido…
—¡Oh, por Dios! ¡Sí!
Grita con ímpetu cuando siente la lengua de su marido jugar con su botón. Esa sensación nadie la puede superar, es algo que solo Guillermo puede hacerla sentir. No sabe, como diablos lo hace, que hay de diferencia entre su esposo y su amante. Se supone que Edward es más joven, tendría que tener más energías y ser más apasionado; no obstante, ella no lo siente igual.
La confundida mujer abre los ojos, dejando que su mirada tope con un lujoso candelabro que cuelga del techo. Un techo que parece moverse al mismo ritmo que su corazón. Curiosa, baja la vista donde se encuentra su marido con el rostro inmerso entre sus piernas, aun con la ropa puesta. Ella observa cómo él saborea lo que pareciera ser su último manjar. Él, se niega a soltarla aun cuando se ha dado cuenta de que ella se acaba de correr.
—¡Ah! - gime de placer al llegar su primer orgasmo.
Cuando piensa que Guillermo la soltará, él hace lo contrario. Hasta que no siente que se ha tomado la última gota de la dulce esencia de su mujer, no lo hará. Eso la hace sonreír complacida, recordando ese hecho. Él siempre le ha expresado que desperdiciar una gota del néctar más exquisito de la vida es un delito que él no piensa cometer.
Fascinada por lo que está pasando, Luciana comienza a pasar sus manos por la cabeza del hombre llena de placer. Ella acaba de soltar parte de sus temores y complejos, y eso la lleva a tocarse para continuar el juego. Así que vuelve a cerrar los ojos para luego pasar sus manos por su vientre y subir hasta sus pechos y así masajear sus pezones. Esas son de las cosas que solo logra Guillermo. Solo él puede hacer que ella olvide las ideas negativas que rondan por su mente y disfrute de su cuerpo como lo hace él.
Una vez que el hombre se da cuenta de que ya tomó todo de ella, levanta la cabeza para toparse con una escena tan erótica, como alucinante. Su esposa está masajeando sus pezones, mientras sus labios están entreabiertos y sus ojos están cerrados. Ella parece estar en su lugar feliz. A él le encantaría aprovechar el momento, pero no se atreve a continuar, aun si ella lo dejó llegar a ese punto.
Luciana, que parece percibir el dilema de su marido, abre los ojos para observarlo. Él está parado, mientras un enorme bulto súplica ser liberado de su pantalón. Instintivamente, ella muerde sus labios, recordando todos los momentos placenteros que esa lanza la hizo pasar. Luego mira a Guillermo directo a los ojos y le dice:
—Continúa y no pares jamás - le exige y vuelve a cerrar los ojos.
Los labios del ardiente hombre forman una sonrisa lujuriosa que indica su estado de satisfacción. Sin perder el tiempo, él se despoja de su ropa y una vez por toda deja que su hombría quede a la vista, mientras la misma a punta aún solo destino. Guillermo sabe que no tiene que hacer pruebas para percatarse de la humedad de su mujer. La conoce y sabe que está lista para recibirlo, así que va hacia ella para posicionarse en su entrada. Luciana separa, aún más, sus piernas para darle todo el acceso que él necesita.
El apuesto y atlético hombre de piel morena toma entre sus manos su enorme lanza, la lleva a la entrada y lentamente empuja hacia la cueva del placer. Lo hace despacio para que ambos puedan sentir cada estocada. Luciana deja de masajear sus pechos para llevar sus manos al cuello de su marido y así poder besarlo, mientras él invade con fuerza su espacio.
—¡Oh, sí, Guillermo! ¡Quiero más, lo quiero todo, por favor! - le grita con potencia.
Él que no pierde el tiempo en obedecer a su mujer corresponde su solicitud, siendo aún más agresivo en sus movimientos. Ella empuña entre sus manos la manta que estaba sobre los muebles al sentir el vigor de su marido. Guillermo es un hombre de cuarenta y cuatro años que mantiene su estado físico impecable, así que su nivel de resistencia es elevado y ella lo sabe. Él no parará hasta que ella le suplique hacerlo.
Aun cuando la temperatura dentro de la cabaña, está cálida, los cuerpos de la pareja están sudorosos y parece que de ellos saliera vapor. Su sangre está caliente y si no fuera, porque en algún punto él debe dejar salir la prueba de lo placentero que es estar con la mujer que deseas y amas, él hubiese continuado en esa misma posición hasta el día siguiente.
—¡Grrr!
Se le escucha rugir a Guillermo con vigor, mientras derrama su semilla dentro de su esposa. Ella, que fue bendecida con un hombre como él, también deja escapar su esencia por segunda ocasión. Un segundo orgasmo es algo que solo logra él. El problema de los dos nunca se ha radicado en el sexo, pero claro, eso no es lo único para mantener viva una relación.
Gracias a la creatividad decorativa de Luciana, Guillermo cae en el mueble al lado de ella, cansado y sudoroso. La cabaña era para toda la familia; sin embargo, sabían que tendrían sus momentos de lujuria dentro del espacio. Si alguien los observara desde las escaleras, verían a dos personas desnudas, con el pecho agitado, como si su corazón quisiera abandonar su cuerpo.
Una erótica y confusa imagen, dada por dos seres que solo querían “hablar de su divorcio”.