Los días en el mar eran más largos, exhaustivos e irritantes. Daslan extrañaba estar en tierra firme, su estabilidad y tener noticias sobre lo que pasaba en su mundo, porque mientras estaban en el barco no podía saber sobre nada, todo lo que había era la gente que los acompañaba y los murmullos del viento.
Ya se había reunido con la bailarina y el músico, ambos accedieron a un contrato beneficioso con él, faltaba la reina arrogante y Daslan lo estaba posponiendo, sabía que con ella debía ser diferente, sobre todo después de la última “conversación”. Tenía que comenzar a deshacerse de la extraña debilidad que lo invadía cuando estaba cerca de ella, en Tierra Santa no podía permitir que los demás se dieran cuenta de eso, allá él era un rey, aunque más se acercaba a un dios.
Extrañaba eso.
La sensación de poder sobre la tierra que lo rodeaba.
Observó el horizonte, buscando el inicio de la tierra, ansiándola, pero todo lo que pudo conseguir fue más azul, tanto que el cielo y el mar se fundían. Daslan suspiró con fuerza, todavía les quedaban al menos unos dos días más antes de ver tierra. El pensamiento lo hizo sacar un cigarrillo y llevárselo a su boca. El olor de la nicotina y el humo le resultaban familiares y reconfortantes.
Se giró cuando escuchó a una voz femenina quejarse en francés. El ruido venía del pasillo de los camarotes, se puso de pie y se lanzó hacia las escaleras. Lo primero que vio fue a uno de sus hombres inmovilizando a Nicolle contra la pared, la mujer tenía los dientes apretados y las uñas clavadas en el brazo de su hombre.
Daslan le arrancó al hombre de encima, casi tirándola al suelo a ella en el proceso.
—¿Qué pasa?
Su mirada oscura repasó a La petite Mort.
—¡Ese cerdo me amenazó! —reclamó ella.
—Lo que sea que le esté diciendo, señor, es mentira —se defendió el hombre. No hablaba francés. Era probable que el único que lo hiciera fuera Daslan.
Cuando el hombre quiso acercarse la mirada de Daslan lo detuvo. Buscó al tercer observador, el que había recogido un cuchillo del suelo. Sus ojos se encontraron y Daslan hizo su petición sin decirla.
—La…señorita iba saliendo, quería ir a cubierta —tartamudeó—. Yuri la detuvo y…le dijo que no podía subir hasta tener autorización. Forcejearon y el cuchillo se cayó, después…llegó usted.
—¿Usaste el cuchillo para amenazarla? —le preguntó al hombre que se había puesto pálido.
Yuri se sacudió.
—Señor, yo…creí que usted….Pensé en…
Daslan levantó su mano y Yuri calló.
—Ustedes no están aquí para pensar o creer. Están aquí para seguir órdenes, mis órdenes. La próxima vez que se te ocurra tocarla, haré que te quedes sin manos, ¿entendiste? Eso va para todos —los hombres se encogieron—. Si le encuentro un solo rasguño o rojez…—no pudo continuar con su amenaza, no al percatarse de que incluso La petite mort se había encogido—. Llévalo a mi despacho y que no se mueva de allí —le ordenó al compañero de Yuri. Cuando ambos hombres desaparecieron, abrió la puerta de la habitación de Nicolle—. Entra.
Tal vez fue su expresión o su tono, no lo sabía, pero debía haber algo lo suficientemente terrorífico como para que ella obedeciera sin rechistar. Entró en la habitación con cautela, sin quitarle los ojos de encima.
—Muéstrame los brazos —pidió.
—¿Por qué?
Nicolle apretó los labios, molesta por no obtener una respuesta. Extendió sus brazos y dejó que Daslan subiera la tela para examinarlos. No tenía rasguños, pero tenía rojo el brazo que había usado para intentar empujar a Yuri. Subió su mirada hacia su clavícula, donde el hombre había presionado su propio brazo para pegarla a la pared.
—¿Te duele algo?
—No —contestó ella—. Solo quiero salir un rato.
—Está bien.
Suspiró y sus ojos recorrieron la habitación, solo para no mirarla mucho tiempo más. Su atención fue a las bandejas de comida intactas sobre el baúl a los pies de la cama. Reconoció la cena, el desayudo y el almuerzo de hoy.
—¿Por qué no estás comiendo? —espetó.
—Esa comida es muy pesada, si pruebo algo lo vomitaré.
La miró.
Estaba pálida, las manchas oscuras bajo los ojos más profundas y tenía los labios secos. Iba a sufrir un desmayo si continuaba así.
—Ve a cubierta, haré que te lleven caldo de pollo —abrió la puerta y esperó hasta que ella salió—. Espero que cuando te encuentre de nuevo te lo hayas comido todo, si no es así tendremos un problema.
*****
Había acompañado a Nicolle hasta un puesto en cubierta, la dejó sentada y le prohibió caminar cerca de la baranda. Estando tan débil no le sorprendería que en cualquier segundo desfalleciera. Advirtió a sus hombres que la vigilaran, pero que no podían ponerle las manos encimas. También ordenó comida ligera para ella, un caldo y otra taza de té de jengibre para sus mareos.
Habría querido quedarse con ella, cerciorarse por sí mismo de que comiera, pero todavía tenía que ver a Yuri, no planeaba dejar esto pasar. Así comenzaba, sabía Daslan, los hombres pensaban que como esa mujer había sido comprada debía estar acostumbrada a ser tratada como un objeto más. Si no detenía esos impulsos de dominio que querían ejercer sobre ella, pronto los encontraría con ellos creyendo que podía utilizarla a su antojo.
El pensamiento hacía que su sangre bullera.
Bien, eso era bueno, necesitaba de esa ira para saber qué hacer con su hombre.
Lo encontró en su despachó con su compañero.
—Alexei, retírate.
El hombre se retiró, dejando a Daslan solo con Yuri.
—Señor, yo…
—Cállate y levántate —cortó.
Yuri dejó la silla frente al escritorio y se puso de pie frente a Daslan. La habitación se llenó con el ruido que produjo su garganta al tragar saliva. Un parpadeo después el aire había abandonado los pulmones de Yuri gracias a un puñetazo en el estómago. Daslan lo sostuvo para que no se cayera al suelo.
Su mano estaba hecha puño y seguía presionado contra el cuerpo arqueado de Yuri.
—Que sea la última vez que te veo ponerle las manos encima a esa mujer —dijo. Levantó su rostro para que lo mirara y lo dejó sentir el filo de una nava contra su costilla—. Que sea la última vez que pones un cuchillo en su dirección.
—Por favor, señor…
Yuri tenía miedo, por supuesto, todos sabían que cuando Daslan Ivanov sacaba un arma, esta terminaba manchada de sangre.
Daslan clavó la navaja, solo un poco más, lo suficiente como para hacerle un corte que necesitara suturas, pero no tan grave como para que se desangrara. La mano se le humedeció.
—Advierte a los demás —masculló retirándose. Limpió su navaja con un pañuelo y suspiró—. Vete.
Yuri se fue tambaleándose y Daslan sintió satisfacción, sabía que la mente de ese hombre no pensaría en Nicolle de nuevo sin recordar también la navaja cortándole la piel. Confiaba en que su terror lo llevara a compartir la experiencia con sus compañeros, mientras más rápido se extendiera la advertencia de que ella era intocable, sería mejor.
Se tomó un momento en ese lugar, no quería que los demás notaran lo desesperado que estaba por regresar con Nicolle, así que esperó y aunque quiso evitarlo no pudo, terminó contando los segundos.
*****
La pequeña muerte estaba sentada sobre una caja repleta de cuerdas y lonas. Abrazaba sus piernas y observaba hacia el horizonte. Se veía tan pacifica que Daslan dudó al acercarse.
—¿Lo mataste? —no lo miró al preguntar.
—No.
—¿Lo habrías hecho?
—Tal vez.
Tomó una respiración profunda, su delicado cuerpo se estremeció por la fuerza de la brisa marina.
—No me contéstate cuando te pregunté quién era Daslan Ivanov.
¿Qué iba a responderle? Él era muchas cosas. Cosas terribles e inmundas. Sentía que el solo decirlas en voz alta era manchar el aura angelical de ella.
—Tal vez sea mejor que no lo conozcas.
—Quiero saber en manos de quien está mi vida ahora —sus ojos buscaron los de él, solemnes.
—Estás segura, pequeña muerte. Eso es todo lo que necesitas saber por ahora.
—Por ahora —concordó—. Cuando lleguemos a tierra firme necesitaré más.
Y lo dijo como si tuviera el derecho de exigirle algo a él.
Una de las comisuras de Daslan se alzó cuando se retiró.