Capítulo 6 "Contrato"

2248 Words
Tierra Santa estaba en pleno invierno, el viento que tropezó con el rostro de Daslan Ivanov lo envolvió como si le diera la bienvenida, frío y letal, al menos así lo sintió él. El puerto estaba llenó y sus hombres ya tenían dos carruajes esperándolo. Había una mujer apoyada en uno de ellos, tenía un abrigo rojo que combinaba a la perfección con sus labios maquillados con carmín. Estaba mirándolo y sonriéndole con intimidad.   Esa era Elena, su amante de turno. Daslan contuvo un suspiro incomodo, había tenido varias conversaciones con ella sobre sus límites, pero los ignoraba todo el tiempo. Creía que podía ir paseándose por allí presumiendo ser su dama y que era intocable. Tal vez había pasado demasiadas noches con ella, tal vez no debió haber dejado que se quedara en su casa una vez, tal vez su amabilidad había sido confundida con algo tan absurdo como el enamoramiento. ¡Que los dioses la ayudaran! Esa mujer estaba equivocada si pensaba que Daslan Ivanov se había enamorado de ella. Reprimió una mueca cuando la vio acercarse.  —¡Daslan, qué gusto que estés de vuelta, te he extrañado tanto! Elena le saltó encima con efusividad. Su perfume dulce penetró sus fosas nasales con violencia, el cabello rubio le pegó en el rostro como una bofetada. La mujer tenía brazos fuertes, Daslan intentó retirarla de su cuerpo con suavidad, pero ella se resistió. —Espera un momento, Daslan, sé que no te gustan las muestras de afecto, pero has estado fuera por una semana, déjame abrazarte un poco más —se quejó la mujer. —Elena —dijo, sonando firme—. Estoy cansado, solo quiero llegar a casa. —Oh, mi pobre chico. Cuando ella aflojó sus brazos, la apartó. Miró hacia uno de los hombres que custodiaban los carruajes y se acercó. —¿Y mi tío? —le preguntó. Isaak, uno de los fieles perros de su tío, le dedicó un asentimiento de saludo. —Ocupado. Por supuesto, Gavrel Ivanov siempre estaba ocupado, pero aun así conseguía tener ojos y oídos en todas partes. —¿Qué trajiste contigo, Daslan? —cuestionó con burla el hombre, su atención estaba puesta en las tres figuras cubiertas con gruesas capas que estaban siendo guiadas a los carruajes—. ¿Solo tres bailarinas? —No voy a discutir estrategias o negocios contigo, Isaak —contestó con tranquilidad—. Encuentro eso una pérdida de tiempo. El aludido tuvo que quedarse callado, tenía la confianza para molestar a Daslan algunas veces, pero incluso él sabía que existían límites. La puerta de uno de los carruajes fue abierta y le ordenaron a las tres figuras ocultas bajo las capas subir. Elena estiraba su cuello intentando mirar debajo de ellas, Daslan carraspeó. —Nicolle, vienes conmigo —anunció en francés.  Si La petite mort no quería hablar español, entonces él le hablaría solo en francés. —Claro, mi señor. Daslan saboreó el veneno en sus palabras. Abrió la puerta de su carruaje y la ayudó a subirse. —Elena —detuvo a la chica que pretendía subirse al carruaje—, entiendo que necesitas que te lleven a tu casa, puedes ir con Dimitri, te llevará antes de dejar a los demás en el cabaret. —Pero…—el rostro de la mujer se pintó con el mismo color de su abrigo. —Te enviaré una carta —fue todo lo que dijo él como despedida. Se subió al carruaje y cerró la puerta, sintiéndose al fin cómodo con la distancia y el silencio. En ocasiones su voz lo irritaba, pero no podía negar que era hermosa y tierna y había sido bueno con él muchas veces, todas en la cama. —Pobre mujer —murmuró Nicolle. —Te sugiero que no comentes sobre nada de lo que no tienes idea —advirtió Daslan. Su puño impactó contra la pared del carruaje e iniciaron movimiento. Nicolle llevó sus manos a su capa y se retiró la capucha, como si supiera la influencia que tenían sus ojos sobre él y pensara usarlo para su beneficio. —Cuéntame entonces —pidió en voz baja—. ¿Quién es esa dulce criatura y por qué Daslan Ivanov no corresponde su amor? Maldita voz persuasiva. —Se llama Elena, la ayudé a salir de las calles —su ceja levantada lo hizo añadir: —. No es lo que estás pensando. —No sabes lo que estoy pensando —atajó ella. —Ella no es mi prostituta personal, no le hice eso —gruñó. —Nunca dije eso —se encogió de hombros—. Continua. Se sintió como un perro recibiendo ordenes cuando continuó. —Le di trabajo en mis oficinas y ella se interesó por mí, nosotros compartimos la cama a veces, pero ya no. —¿Por qué no? ¿Era correcto hablar de esto con ella? Era una mujer muy joven, la mayoría de las chicas de su edad se sonrojarían con solo mencionar besos y roces, pero Nicolle permanecía seria, interesada, pero no tanto como para lucir sospechosa. Y ella había crecido en las calles, vendida y comprada, probablemente las cosas que había visto iban más allá de solo besos y caricias. Quiso reírse de sí mismo, ¿Cuándo se había comportado él como un caballero? —Creo que notaste sus verdaderas intenciones —dijo—. Ella quiere algo que yo no puedo ofrecerle.  —Tiene tu cuerpo, pero quiere tu corazón —sus ojos brillaron como si la tragedia en sus palabras fuera real. —Ella no tiene nada. —Los hombres son tan raros —musitó para sí misma. Daslan se rió con amargura. —Mira por la ventana, pequeña muerte. Conoce Tierra Santa. ***** Tierra Santa era una ciudad llena de calles adoquinadas, Daslan se encontró hablándole sobre todo su terreno, sin mencionar que de hecho, tenía poder sobre todo el piso que recorrían. El recorrido corto que hicieron pasaba por los caminos más bonitos de toda la ciudad, se trataba de todo aquello que veían los turistas de primera mano. Todavía existía el otro lado de la moneda, aquel de donde había salido Daslan, pero cuando miró los ojos agrandados de La petite mort, prefirió no arruinarle el encanto. Ella venía de un lugar espantoso, no necesitaba seguir viendo esas cosas. No tardaron demasiado en llegar al cabaret, para su satisfacción, Nicolle abrió su boca con asombro. —¡Un teatro! —exclamó, viéndose de repente como una niña. —No, este es mi negocio, una especie de cabaret —explicó—. Aquí es donde quiero que bailes. Nicolle pegó su rostro al cristal de la ventana. —Nunca he bailado en un lugar tan elegante. —Ven, te mostraré donde vas a quedarte y discutiremos sobre tu contrato. La petite mort pareció recordar qué era lo que la había llevado hasta allí, borró las emociones de su rostro, sus ojos vacíos de demonio estudiaron a Daslan antes de subirse la capucha de la capa y esperar a que le abriera la puerta. Había visto venir eso. Daslan estaba preparado para persuadirla, enseñarle que su mejor opción era aceptar el trato, pero temía que el orgullo de ella fuera más poderoso de lo que tenía previsto. «Eres el que todo lo puede», se recordó a sí mismo. Y estaba en su cielo, en su casa, no había forma de que esta mujer, aunque fuera una diosa, lo rechazara en reino. ***** El cabaret había nacido de un viejo teatro abandonado, Daslan mantuvo su forma original en la reconstrucción, le gustaba que el escenario fuera grande y que tuviera un aspecto trágico. Los colores que reinaban eran rojo y n***o, había reflectores y el resto de las luces eran bajas, dando la sensación de intimidad. El bar ya estaba terminado y las mesas esparcidas por todo el lugar, faltaban detalles, pero nada que no se pudiera pulir en un mes o dos. —Yo no bailo en tubos —advirtió Nicolle al ver los tubos dorados sobre el escenario. —No quiero que bailes en ellos —contestó Daslan—. Los mandaré a quitar. —Pregúntale a la otra bailarina, tal vez ella sí lo haga. No le interesaba la otra bailarina, solo quería que ella se sintiera cómoda y a gusto, lo suficiente para aceptar. La llevó a través del escenario hasta la parte oscura de atrás. —Te llevaré al área de las residencias —tranquilizó al sentirla tensarse. Siguieron por un largo pasillo de varias puertas y terminaron al aire libre frente a una especie de puente que conectaba dos edificios. —Pensé en esta conexión para que la llegada de los artistas fuera más discreta —comentó. El edificio de las residencias no tenía nada de especial, era común, cocina, recibidor y varias habitaciones con baño privado. Daslan le asignó a Nicolle la más grande, antes de que llegaran las otras dos personas que habitarían en el edificio. —¿Esta es mi habitación? —preguntó Nicolle sin aliento. —Sí —aclaró su garganta—. Sobre el tocador encontraras una copia del contrato que te ofrezco. Quiero que trabajes para mí durante dos años, te daré todas las comodidades que te mencioné antes, tendrás un sueldo y días libres. Nicolle fue hacia donde estaba el papel, dejando su capa sobre la cama en el camino. —¿Cómo pagaré por todo esto? —En la tercera página puedes ver el sueldo que quiero darte, está dividido en dos, una parte es para ti y la otra es para pagar por… —Mi libertad —terminó ella. Él no habría podido decirlo en voz alta, la idea le era repugnante, pero no podía hacer nada para cambiarlo. Las leyes exigían que los esclavos pagaran por su libertad a sus compradores. Al menos Daslan le estaba dando un monto que permanecería fijo y no uno que se inflaría con intereses inalcanzables. —Y solo quieres que baile…—meditó. —Quiero que te quede algo muy claro, Nicolle —habló con firmeza—. Nadie te va a poner las manos encima, esto no es una casa de placer ni un burdel. Mi visión es que este lugar se convierta en un suspiro de alivio, quiero que la belleza sea celebrada y que las fantasías sean lo único que exista. Tenía los ojos en el papel, ninguna expresión en su rostro. —¿Debo decidir ahora o al menos puedo pensarlo? Su tono rígido lo mordió. —Mañana —espetó—. Tienes hasta mañana. —¿O si no qué? —inquirió con altanería. Daslan caminó hacia la puerta de la habitación. —Si dices que no, entonces no sé qué diablos haré contigo, pequeña muerte. ***** No había planeado que sonara como una amenaza, pero todo lo que salía de la boca de Daslan sonaba así, agresivo y sin compasión. La verdad era que si ella decía que “no” iba a estar perdido, porque no tenía planes para esa posibilidad. Tragó el Whisky con una mueca, le gustaba su propia habitación en la residencia, pero hubiera preferido ir a su casa. No sabía por qué no había ido allí o quizás sí, pero no quería aceptarlo. La vista al río Rebeka lo tranquilizaba en numerables ocasiones, pero esta vez sus curvas lo hacían pensar en una mujer obstinada que bailaba como una pecadora que no tenía nada que perder. Se acabó el contenido de su vaso y restregó su rostro, tenía mucho que hacer, debía ponerse al día con sus otros negocios, ¿y qué estaba haciendo en cambio? Pensándola. Fantaseando. Odiándola.  Era un maldito tonto fracasado. Vassil lo habría mandado a un poso de pelea sin armas como castigo por ser tan idiota. Toques suaves en la puerta lo hicieron enderezarse. —Pase. La persona que entró era baja y delgada, uno de los nietos de la cocinera que todavía no tenía las agallas para mirarlo a los ojos. —¿Qué pasa? —exigió irritado. El niño habló en francés muy bajo. Había contratado extranjeros para que sus artistas no se sintieran asustados y fuera de lugar. —Habla más alto, niño, no te entiendo. —La señorita Nicolle bajó a cenar —tartamudeó. —¿Se comió todo? —Sí y pidió más consomé de gallina —dijo con más seguridad el niño, sintiéndose orgulloso. —Bien. Daslan movió su mano, despidiéndolo, pero el niño no se movió. —Mi abuela me pidió que le contara algo —retorció sus manos frente a él—. La señorita estaba haciendo preguntas. —¿Sobre qué? —Ella…—el niño dudó—, estaba preguntando por…definiciones. Tenía una hoja con palabras subrayadas, dijo que se trataba de un cuento, pero yo creo que era otra cosa y…mi abuela dijo que la señorita no conocía esas palabras. Daslan se quedó inmóvil cuando la comprensión lo golpeó. No era que Nicolle necesitara tiempo para pensar su decisión, era que no entendía del todo lo que Daslan le estaba ofreciendo, ella…tampoco confiaba en él como para creer solo en sus palabras. Quería entender su contrato, asegurarse de que todo estuviera en orden. Y por supuesto que ella no iba a decirle que no lo entendía, porque otro hombre, uno que quisiera aprovecharse de ella, lo utilizaría a su favor. 
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