Era tarde y Daslan estaba frente a su puerta, dudando en tocar. Tenía que hablar con ella, aunque el solo pensamiento de eso hacía que sus hombros se tensaran. Nicolle no confiaba en él y debido a eso tenía que escoger con cuidado sus palabras.
Por dios, estaba actuando tan patético, ¿Dónde mierda estaban sus pelotas?
Tocó la puerta con más dureza de la que quería.
—Nicolle —llamó, pero no hubo respuesta—. Necesito hablar contigo.
El pomo cedió bajo su agarre. Hubiera creído que alguien como ella cerraría cada puerta con seguro.
—¡No te di permiso de entrar! —gruñó la mujer hecha un caos, intentaba cubrir algo sobre su cama al mismo tiempo que limpiaba su rostro.
Estaba llorando.
Daslan se quedó quieto junto a la puerta cuando la cerró. Lo que tenía en sobre su cama eran libros. Diccionarios.
—Vete —exigió ella, interponiéndose entre su visión a la cama—. ¡Vete ahora!
Era como ver a un dios hecho mortal. Tenía el rostro enrojecido, manchado por lágrimas, sus ojos estaban ahogados en la devastación y la ira. Y seguía viéndose tan preciosa que la piel de Daslan se erizó.
—No puedes entender el contrato —le dijo con voz calma.
Más lágrimas corrieron.
—¿Vienes a reírte de mí? —inquirió—. Porque soy estúpida.
—No —espetó—. Sé que no fuiste a la escuela —se acercó y las mejillas de Nicolle ardieron con mayor intensidad—. Sé que apenas sabes leer.
—¿Qué quieres? —preguntó cansada, sus hombros estaban hundidos y su visión en el suelo.
Bajo el camisón blanco para dormir su cuerpo parecía aún más delicado. Daslan arqueó sus dedos, urgiendo en la necesidad de tocarla, de enderezarla y hacerla mirarlo.
—Quiero explicarte el contrato —dio otro pasó más cerca y sintió el olor a lavanda desprender de ella, se había dado un baño—. Sé que no confías en mí, pero tienes los libros para comprobar que mis palabras son ciertas.
Fue incapaz de detenerse cuando estiró su mano para tomar su barbilla, la piel suave bajo sus dedos lo tentaba a seguir tocando, pero sabía que ella no quería eso, así que solo la empujó hacia arriba.
Sorbió por la nariz al mirarlo.
—Una vez conocí a una adivina —murmuró, sus dos manos apartaron la de Daslan de su rostro, pero la mantuvo cautiva entre ellas—, ella me enseñó un poco sobre la lectura de manos —sus ojos fueron a parar en la palma expuesta de Daslan. Intentó no estremecerse cuando ella presionó sus pulgares en su piel, falló—. Estás líneas dicen mucho, pero ella me enseñó que si quería impresionar a mi cliente, tenía que prestar atención a otras cosas.
Un segundo después Nicolle le había subido la manga de la camisa para revelar diversas y el tatuaje de la mafia Ivanov. Se trataba de una calavera con balas en los agujeros de los ojos y el tallo de una rosa entre los dientes.
—Tantas cicatrices —musitó, Daslan sacó su brazo de su tacto y acomodó su manga mirándola con advertencia. Quien le devolvía la mirada era su pequeña muerte—. Tanto dinero y…ese tatuaje, ¿a qué mafia perteneces?
Daslan se rió asegurando el botón de su muñeca.
—Estás haciendo la pregunta equivocada, pequeña muerte.
Nicolle se cruzó de brazos y volvió a sorber por su nariz.
—¿Vas a negar que perteneces a la mafia?
Pertenecer.
Tal vez alguna vez les perteneció, pero eso se había acabado.
—La mafia me pertenece —corrigió, inclinándose hacia ella—. Y estás cicatrices solo son pruebas de lo mucho que me costó llegar hasta donde estoy.
Su garganta se movió y él siguió el movimiento, maravillado con su piel enrojecida.
—¿Y dónde estás?
Ah, ella quería saber su posición, no era tonta.
—Soy Daslan Ivanov, el que todo lo puede, el dios de Tierra Santa, un ladrón, asesino —cada palabra fue dicha con oscuridad, pero Nicolle no se encogió—. Soy el capo de la mafia de los Ivanov.
Nicolle volvió a tragar y Daslan puso sus dedos allí, contra su garganta, sintiendo como se movía. Debía parar, la había tocado dos veces ya, no podía seguir permitiéndoselo. Cada que sentía su piel se sentía débil, como un mortal que podría caer rendido ante la dulce droga de su olor.
Y ese era el peor error de todo hombre.
—Me he topado a muchos mafiosos antes —su voz era baja y persuasiva—, todos ellos querían algo que tú no me has pedido.
Daslan tenía una idea de lo qué podía haber sido eso.
—Yo no voy a vender tu cuerpo —siseó.
—¿Por qué no? ¿Por qué es diferente contigo?
Se apartó de ella con el corazón quemándole el pecho.
No era la primera vez que le hacían esa pregunta. Vassil se la había hecho hacía mucho tiempo atrás, cuando lo había llevado a un burdel para que se “hiciera hombre”. Daslan vomitó en la entrada del lugar y Vassil lo había llevado de las orejas hacia adentro.
—Escoge una y metete entre sus piernas, ¡muévete!
—No, no puedo, déjame hacer esto a mi modo —le hubiera rogado, pero eso habría hecho que Vassil enloqueciera.
—¿Por qué no puedes? ¿No te parecen atractivas?
Una mujer con el pecho desnudo ya estaba sentada sobre el regazo de Vassil, le acariciaba el rostro y besaba su cuello. Él no iba a entenderlo, nadie lo haría si Daslan no le decía la verdad.
—Mi madre era una prostituta —contestó, a ambos, a Vassil y a Nicolle—. Yo crecí en el burdel donde era una esclava.
A veces Vassil lo obligaba a hacer cosas que lo hacían inmunes a sus traumas y miedos, pero esa vez solo se levantó y le dijo: —Las madres son sagradas.
Porque si había algo que respetaban los Ivanov era a la familia.
—¿Dónde está ella? —preguntó Nicolle.
—Muerta.
Una enfermedad desconocida la había matado tan solo dos años después de que Daslan hubiera sido llevado por la mafia.
—Dijiste que no vas a vender mi cuerpo —carraspeó la pequeña muerte—. ¿Tampoco me quieres para ti?
—No voy a tocarte a menos que tú me lo permitas.
—Eso quiere decir que…
—Que no voy a tocarte a menos que tú me lo permitas —cortó—. Ahora, ¿puedo explicarte el contrato?
Nicolle resopló.
—Bien, pero…yo no soy rápida para entender las cosas —confesó en voz muy baja.
—Acabas de descubrir mi identidad por un par de cicatrices y un tatuaje, yo creo que entiendes demasiado rápido de qué se trata todo, solo que no has tenido practica para hacerlo con lo escrito —señaló su cama—. Dime por donde comenzamos.
Estuvieron sobre su cama durante horas, Daslan tenía que repetirle en ocasiones más de dos veces ciertas definiciones que ella no lograba comprender, hasta que usaba ejemplos simples. Cuando la había hecho leer en voz alta algún acuerdo en el contrato se dio cuenta de que era lenta y vacilaba con cada palabra.
En algún punto de la madrugada se quedó dormido pensando en que debía conseguirle un tutor.
Cuando despertó tenía dolor de espalda y estaba sobre una cama que no era suya. Encontró a Nicolle rendida sobre el sofá de la habitación, aferrada a una gruesa manta color salmón. Daslan se levantó y los huesos de su cuello crujieron. Maldijo el haberse quedado dormido en la cama de ella.
Fue hacia la puerta para salir de la habitación antes de que ella despertara, pero el movimiento de un papel sobre el tocador lo hizo detenerse. Era el contrato oficial. Y estaba firmado con una letra temblorosa.
Nicolle.