CAPÍTULO 1: EL CONTRATO QUE QUEMA
El silencio en la oficina del notario pesaba, denso y cargado. Valeria Vance se sentó derecha, entrelazando los dedos con fuerza sobre la mesa. Su vestido verde oscuro ceñía su figura con elegancia sobria; reflejaba exactamente lo que quería mostrar al mundo: imparable, imperturbable. Sus ojos color miel recorrían el documento con calma aparente, pero la piel le ardía como si alguien la observara sin verla solo a ella, sino desnuda de todo disfraz.
A su lado, Elena, su madre, mantenía la cabeza alta. Había sido la mente estratégica detrás del imperio de Eduardo; ahora, sin él, parecía más frágil de lo que dejaba ver.
Frente a ellas, Dante Sterling se recostaba en la silla con indiferencia calculada. Alto, hombros anchos, esa postura que ocupaba demasiado espacio, como si el aire mismo se rindiera ante él. Sus ojos grises la recorrían despacio, sin prisa, deteniéndose en su cuello, sus labios, las manos entrelazadas… no con cortesía, sino con un escrutinio hambriento que le hizo erizar la piel bajo la seda. Valeria sabía su reputación: fortuna propia, lejos de todos, y una lista de amantes que se decía nunca repetía. Era peligroso no solo por el poder, sino por la forma en que la miraba como si ya supiera cómo se estremecía.
El notario carraspeó y rompió la tensión.
—El fallecimiento de Don Eduardo Vance ha dejado la dirección vacante. La junta exige una resolución inmediata. Leo la cláusula del Pacto Fundacional:
Abrió el sobre y leyó:
"Si la dirección queda vacante… Valeria Vance y Dante Sterling deberán casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año… Si alguno se niega, se liquidan los activos y se anulan todos los derechos hereditarios."
Dante soltó una risa seca y se inclinó hacia adelante. El movimiento acercó su rostro, y Valeria sintió el calor de su presencia antes de oírlo hablar.
—Una trampa impecable —dijo, sin apartar la vista de sus labios—. Tu padre ocupó la presidencia… ¿y ahora me obligan a atarme a ti para que los Vance no pierdan el control?
Valeria sostuvo la mirada, aunque el corazón le golpeaba contra las costillas con fuerza inquietante.
—Mi padre dirigió porque la junta reconoció su visión… No reescriba la historia para justificar su orgullo.
—Reconozco el valor de la empresa —respondió Dante, suavizando la voz hasta que sonó grave, íntima, como si le susurrara al oído—. Pero no permitiré que el apellido de mi padre desaparezca…
—Nadie borró a nadie —intervino Elena—. La junta eligió capacidad…
—¡No hables de capacidad! —cortó Sebastián—. Le diste todo a él… Me dejaste en la sombra.
La mandíbula de Dante se tensó. Valeria aprovechó ese instante.
—Mi padre ya no está para defenderse —dijo ella, bajando la voz hasta que solo él pudo oírla—. Y hay personas que ganaron demasiado con su muerte.
Él entrecerró los ojos, y esa cercanía se volvió peligrosa.
—¿Me estás acusando?
—Digo que eres implacable —respondió ella, y tuvo que tragar saliva antes de seguir—. Frío, calculador, famoso por no dejar nada interponerse en tu camino. El vacío de poder te dio la puerta abierta.
—Si quisiera destruirlo, lo haría en la bolsa —replicó él, acercándose más, hasta que el aire entre ambos se calentó—. Soy duro en los negocios, Valeria. Pero juego limpio.
—Se le conoce por no tener apego a nada —insistió ella, sintiendo cómo su mirada le bajaba por el escote y regresaba a sus ojos—. Su lealtad empieza y termina en el dinero.
—¿Eso te asusta? —preguntó, y la voz se le hizo más ronca, cargada de algo oscuro y lento—. ¿Esperabas que te mirara con devoción durante 365 días?
—Espero profesionalismo —respondió ella, apretando las manos bajo la mesa para no alargar la mano y tocarlo—. No soy un adorno ni una mujer enamorada.
Entraron los directivos. El hechizo se rompió, pero el calor quedó suspendido en el aire.
—Si no se unen, perdemos la mitad del valor en horas —dijo el presidente—. O juntos, o nada.
Dante la miró. Ella no apartó la vista.
—Acepto —dijo él—. Pero con condiciones: misma casa, sí. Sin fingir intimidad. Un año y nos separamos. Sin reclamos.
—Acepto —respondió ella—. Pero no destruirá lo que mi padre construyó. Y no me juzgará sin conocerme.
Firmaron. Cuando le pasó la pluma, sus dedos se rozaron por un instante. Fue un roce breve, pero Valeria sintió la corriente eléctrica subirle por el brazo, caliente y vergonzosa. Él no apartó la mano de inmediato; la sostuvo un segundo más, sus ojos grises fijos en ella, como midiendo si ella también lo sentía.
Al salir, Elena y Sebastián quedaron atrás.
—Sabías que esto pasaría —dijo él—. Lo planeaste.
—No planeé su muerte —respondió Elena—. Y no te culpo, aunque a veces me pregunto.
—Puedes dudar —dijo él dándole la espalda—. Pero no digas que no sufrí.
Elena se acercó a su hija.
—Será difícil —le dijo—. Pero no bajes la cabeza.
Tres días después, el registro civil no era fiesta, sino un trato sellado ante el mundo. Sin flores, sin música. Valeria entró con un traje blanco de líneas severas, el cabello recogido dejando el cuello al descubierto, consciente de que él la miraba desde el fondo de la sala.
Dante la esperaba de pie. Esmoquin n***o, porte imponente, y esa mirada que la recorría entera como si la desvistiera lentamente sin prisa, sin pudor. Cuando ella se detuvo a su lado, el aire se volvió denso.
—Estás hermosa para firmar tu condena —le susurró, tan cerca que su voz rozó su oído y le envió un escalofrío por la columna.
—Llevo el uniforme para salvar mi empresa —replicó ella, aunque la piel le quemaba donde su aliento la tocó—. No se confunda.
El juez comenzó. Cada palabra sobre fidelidad sonaba a mentira, pero también a algo prohibido que ambos querían y se negaban.
—Dante Sterling, ¿acepta a Valeria Vance como su esposa?
Hizo una pausa, la miró a los labios, y respondió con voz profunda:
—Acepto.
—Valeria Vance, ¿acepta a Dante Sterling como su esposo?
Miró a su madre, luego a él, y encontró esos ojos grises que la miraban como si ya la poseyera.
—Acepto.
Firmaron. Esta vez, al intercambiar la pluma, sus manos se rozaron más tiempo. Él no apartó la suya. La sostuvo un instante, y sus pulgares rozaron levemente el dorso de su mano, un gesto que no era necesario, que no era formal, que era pura provocación.
Afuera destellaron las cámaras. La farsa era oficial.
Dante se inclinó hacia ella. En lugar de besarla en los labios, rozó su mejilla lentamente, su boca acercándose tanto que ella sintió el calor de sus labios contra la piel, y susurró con voz baja, cargada de promesas oscuras:
—Bienvenida a mi infierno, esposa mía. Empieza nuestra guerra. Y cuídate… porque yo no voy a fingir que no te deseo.
Valeria le sostuvo la mirada, con el corazón desbocado, sintiendo cómo esas palabras la recorrían entera. La limusina los esperaba para llevarlos a la Mansión del Bosque. El imperio se había salvado, pero algo mucho más peligroso acababa de empezar: vivir bajo el mismo techo con el único hombre que podía destruirla… y al que no lograba dejar de desear.