—River, Dios —gimió ella cuando la cabeza del hombre estaba entre sus muslos, lamiendo y masturbándola—. ¡Oh Dios! Serena estaba en el borde de la cama con las manos apretando la sábana y su cintura meneándose contra la boca hambrienta de River. Él usó su lengua y sus dedos para hacer que la mujer se meneara contra él y rebotara sus tetas de forma seductora. Ella tenía su mano derecha en los rizos mojados de River, mientras él hombre la hacía gemir y alzarse en puntillas. La forma en la que movía su lengua contra su clítoris, como hundía los dedos y la hacía gotear, la estaba llevando al delirio. No había una parte de su cuerpo que no estuviera excitada, pero necesitaba más, quería más, quería sentirlo duro y grueso dentro de ella, bombeándose. —Cógeme, River —dijo elevándolo hacia ella

